El amor de Dios para con los santos pone en marcha su poder. El que tiene el corazón de Dios, no carece de su brazo. El amor reúne todos los demás sentimientos y pone en marcha todos los poderes del ser. Así, en Dios, el amor hace obrar sus otros atributos; todos están listos para ejecutar su voluntad. Dios considera a todas sus criaturas, pero el alma creyente es el objeto de su amor más cariñoso, el mismo que siente por su Hijo (Jn. 17:26).

Cuando un alma cree, entonces el propósito eterno de Dios y su voluntad para con ella, escogida en Cristo antes de la fundación del mundo, se lleva a término. ¿Te imaginas el amor de Dios por un hijo que ha llevado tanto tiempo en el vientre de su eterno propósito? Si Dios se deleitaba en su plan antes de dar forma al mundo, cuánto más se deleita al ver la plena fruición de su labor en el alma creyente. Habiendo obrado hasta aquí su voluntad, seguramente despertará todo su poder para aquel creyente, antes que dejarse robar su gloria a pocos pasos del hogar.

Dios nos demostró el valor de un alma por el precio que pagó. Le costó mucho, y lo que se gana tan duramente no se rinde con facilidad. Él derramó la sangre de su Hijo para comprarte, y derramará su propio poder para guardarte.

Un padre terrenal se goza en ver sus buenas cualidades reproducidas en sus hijos. Dios, el Padre perfecto, anhela ver sus atributos reflejados en sus santos. Es esta imagen de Dios reflejada en ti lo que enrabia tanto al Infierno, y contra ella lanzan los demonios sus armas más potentes. Cuando Dios te defiende, también se defiende a sí mismo. Sabiendo que la lucha es de Dios, ¡seguramente no te dejará salir a la guerra a tus propias expensas!

Sobre El Autor

William Gurnall

William Gurnall nació en Walpole, Norfolk, Inglaterra, en 1617 y murió en Lavenham, Suffolk, el 12 de octubre de 1679. Fue educado en la escuela Lynn y en Emmanuel College, Cambridge (licenciatura en filosofía y letras, 1635; máster en filosofía y letras, 1639). Nada se sabe de su vida tras dejar la universidad hasta el año 1644, cuando le fue concedido el beneficio de Lavenham por Sir Symonds D’Ewes. El 16 de diciembre de ese año el parlamento ordenó que el “entendido teólogo” fuera “rector vitalicio y disfrutara de la rectoría y diezmos como los rectores antes de él.” En la Restauración firmó la declaración exigida por el Acta de Uniformidad, continuando en Lavenham hasta su muerte. Conocido principalmente por su obra “El cristiano con toda la armadura de Dios.”

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