La oración, más que cualquier otra actividad de nuestra profesión religiosa, requiere una continua vigilancia. Y es que fue por la oración donde empezó nuestra vida religiosa, es por la oración que puede florecer y madurar y es por la falta de oración que puede decaer. Decidme cómo son las oraciones de una persona, y os diré cuál es su estado espiritual. La oración es el pulso espiritual del creyente y por este pulso la salud espiritual del creyente puede observarse. Vigilemos, pues, continuamente nuestras oraciones privadas; ellas son el tuétano, médula y columna de nuestra profesión cristiana. Los sermones, los libros, los tratados, las reuniones de comité, la compañía de gente buena, etcétera, todo esto es importante y de provecho, pero no son sustitutos de la oración. Dáos cuenta de aquellos lugares, de aquellas compañías y demás, que os apartan de vuestra vida de comunión con Dios, y hacen que vuestras oraciones sean muy pobres. Estad en guardia. Buscad aquellas amistades y compañías que puedan contribuir a que vuestras almas se preparen mejor y con más celo para la vida de oración; no os apartéis de las tales. Si cuidáis y vigiláis vuestras oraciones, os puedo decir que nada irá mal en vuestras almas…

La oración es la necesidad apremiante de nuestro tiempo. Los creyentes de nuestro tiempo deberían ser hombres y mujeres de oración. La Iglesia de nuestro tiempo debería ser una Iglesia de oración. El deseo y oración de mi corazón al Señor es que, a través de este escrito, se promoviera más el espíritu de oración. ¡Oh! cuánto deseo que los que hasta aquí no han orado, se levanten ahora a orar y a suplicar a Dios; y que los que oran, y han orado, continuamente mejoren y perfeccionen su vida de oración. Amén.

Sobre El Autor

J. C. Ryle

John Charles Ryle, nació en Inglaterra en el año 1816. Sus padres fueron John y Susana Ryle. Terminó sus estudios en las Universidades de Eton y Oxford donde, además de adquirir una buena educación, Su conversión tuvo lugar en el año 1837 después de haber quedado fascinado por una lectura en público del capítulo dos de Efesios Esto es lo que Ryle oyó: “Porque por gracia habéis sido salvados — por medio de la fe — y esto no de vosotros — sino que es don de Dios”. La justificación por la fe, la verdad que transformó a Lutero tuvo el mismo efecto sobre Ryle. En el año 1880, después de cuarenta años en el ministerio, cuando ya tenía sesenta y cuatro años, fue nombrado primer obispo de la populosa ciudad de Liverpool. Allí, Ryle trabajó arduamente e hizo mucho bien hasta que no pudo más y renunció a la edad de ochenta y tres años, unos cuantos meses antes de su muerte, el diez de junio del año 1900.

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