Y dijo Manoa a su mujer: Ciertamente moriremos, porque a Dios
hemos visto. Y su mujer le respondió: Si Jehová nos quisiera matar,
no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda, ni nos
hubiera mostrado todas estas cosas, ni ahora nos habría anunciado esto.
Jueces 13:22-23

Una crisis nos prueba… en un sentido más profundo, especialmente en cuanto a nuestras profesiones y protestas. La sabiduría del mundo nos recuerda que el verdadero amigo se demuestra en la adversidad. Lo que no hace en momentos de necesidad es lo que realmente proclama lo que él es, y no las promesas y sentimientos generales expresados profusamente durante un período de tranquilidad. En verdad, nuestro Señor nos advirtió repetidamente de este peligro en las siguientes palabras: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 7:21). Nuestro comportamiento en tiempo de necesidad, dificultad y crisis proclama lo que en realidad somos; y es por esto que tales períodos siempre son de triste desilusión, decepción y extrañas sorpresas. Aquellos que han hablado más fuertemente de repente están en silencio y los que prometían hacer tanto desaparecen silenciosamente.

Lo que es más importante de nuestro punto de vista y para el propósito que nos ocupa, es comprender que los períodos de crisis y de dificultad también prueban y demuestran muy claramente en qué creemos realmente y la naturaleza de nuestra fe. Después de todo, sólo ver la grandeza de la madre de Sansón como mujer, y como carácter fuerte, es no comprender lo que es más significativo de esta historia. Lo más notable es la fe, la percepción, la comprensión, el firme dominio de su creencia, que la transformó y que permitió que avergonzara a su esposo y le reprendiera por su debilidad y temor. La Biblia no tiene mucho interés en la grandeza natural del carácter, su tema central es grandeza como resultado de la gracia. Las condiciones de prueba en que Manoa y su mujer se encontraron revelan de inmediato la naturaleza y por tanto, el valor preciso de su profesión de fe. Tenemos aquí otro principio universal que se desarrolla y manifiesta en diferentes formas.

Es posible que hayamos sido criados en un ambiente religioso rodeados desde nuestro nacimiento de enseñanza religiosa. Por ser criados de esta manera hemos recibido ciertas enseñanzas y estamos familiarizados con algunas verdades religiosas. Todos los que nos rodean parecen creerlo y con el tiempo nosotros mismos las repetimos y consideramos que verdaderamente las creemos. Jamás pensamos en la necesidad de examinar estas creencias y menos todavía de dudar de ellas. Aceptábamos todo sin pensar muy profundamente acerca de ello. Descontamos que todo estaba bien y que nosotros mismos estábamos en lo correcto. No habíamos procurado comprender verdaderamente estas declaraciones acerca de la religión y entenderlas. No nos habíamos preocupado realmente en absorber sus enseñanzas. Según le oí decir a cierto hombre, tomamos nuestra religión en la misma forma que diariamente nos servimos de pan y manteca en la mesa. Mientras todo anda bien proseguimos con nuestra religión y sus deberes descontando que tenemos lo verdadero y correcto, sin sospechar siquiera que hubiese alguna necesidad o que falta algo. Pero repentinamente nos enfrentamos con una dificultad, un problema y al encarar esto encontramos que nos comportarnos y reaccionamos precisamente en la misma manera que los hombres y mujeres que jamás afirmaron ser religiosos. Estábamos igualmente indefensos y desesperanzados. Nuestra religión no parecía hacer diferencia alguna en la crisis.

Nada hay más triste y trágico en la vida y experiencia de un ministro que encontrar a personas de este tipo cuya religión no parece proveerles nada, o ser de algún valor cuando se enfrentan con las mayores necesidades y crisis de la vida tales como enfermedad, la pérdida de seres queridos, tristeza, catástrofe, calamidad o guerra. Parecían ser tan excelentes ejemplos de personas religiosas. Jamás habían sido culpables de afirmaciones herejes o de violaciones groseras de la moral. Parecían ser en tiempos normales el tipo ideal de personas religiosas. Sin embargo, cuando su religión fue puesta a prueba y la necesitaron sobremanera demostró ser inútil y sin sentido. Hemos conocido personas así ¿verdad? Hay otros que también pertenecen a este grupo, pero no por las mismas razones. Me refiero a aquellos cuyo interés en la religión ha sido mayormente, y quizá exclusivamente, intelectual. No podemos decir de ellos, como de los que acabamos de considerar, que no han pensado pues sí lo han hecho. Su interés en la religión ha sido su principal pasatiempo intelectual. Han leído y razonado, debatido y argumentado. Tienen interés en ella como un enfoque de la vida y se han interesado en sus diversas posiciones y proposiciones. Pero todo el tiempo su interés ha sido puramente objetivo. La religión era tema de conversación y debate, algo que uno podía tomar o dejar. Nunca se había convertido en parte de su misma experiencia. Nunca había llegado a ser parte de ellos y de sus vidas. No había sido parte experimental y vital de su existencia. Parecían conocerlo todo, pero aquí nuevamente, en la crisis todo su conocimiento y su interés resultó ser inútil y sin valor alguno.

Un ejemplo clásico de esto, fue Juan Wesley antes de su conversión. En un sentido él conocía bien acerca de la religión, pero al cruzar el Atlántico en una terrible tormenta que parecía conducirlos a la muerte sintió que nada tenía. Experimentó el miedo de morir y miedo de todo. Le impactó el contraste presentado por los Hermanos Moravos que viajaban en el mismo barco. En comparación con Wesley eran hombres ignorantes pero su religión significaba algo real y vital para ellos. Los sostuvo en la tormenta, les dio paz y calma, y gozo aun al enfrentar la muerte. La religión de Wesley parecía ser excelente. Daba todos sus bienes a los pobres, predicaba en las cárceles y CRUZÓ el Atlántico para predicar a los paganos en Georgia Era un hombre de vastos conocimientos religiosos. Sin embargo, la prueba le reveló a él y a otros la naturaleza de su religión que demostró ser inútil. Un período de crisis, entonces, nos prueba a nosotros y a nuestra fe, del mismo modo como probó a Manoa y a su mujer.

Sobre El Autor

Martyn Lloyd Jones

David Martyn Lloyd-Jones (20 diciembre de 1899 – 1 marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en el la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Artículos Relacionados