Permíteme exhortarte, cristiano, a aumentar tu amor a Dios. Haz que tu amor se eleve más alto. “Esto pido en oración, que vuestro amor abunde aún más y más” (Fil. 1:9). Nuestro amor a Dios debería ser como la luz de la mañana; primero tiene lugar la aurora, luego brilla cada vez más hasta el mediodía. Los que tienen unas pocas chispas de amor deberían soplar estas chispas divinas hasta convertirlas en una llama. Un cristiano no debería contentarse con una porción tan pequeña de gracia que le haga preguntarse si tiene gracia o no, sino que debería estar incrementando su provisión. El que tiene un poco de oro querría tener más; tú que amas a Dios un poco esfuérzate por amarle más. El hombre piadoso se contenta con poco de este mundo; sin embargo, nunca está satisfecho, sino que quisiera tener más de la influencia del Espíritu, y se esfuerza por añadir un grado de amor a otro. A fin de persuadir a los cristianos a poner más aceite en la lámpara, e incrementar la llama de su amor, permítaseme proponer estos cuatro incentivos divinos:

(1) El crecimiento del amor evidencia su veracidad. Si vemos que el almendro echa renuevos y florece, sabemos que hay vida en la raíz. La pintura no crece; un hipócrita, que no es sino una pintura, no crece. Pero donde vemos el amor a Dios aumentando y desarrollándose, como la nube de Elías, podemos deducir que es verdadero y genuino.

(2) Mediante el crecimiento en amor imitamos a los santos en la Biblia. Su amor a Dios, al igual que las aguas del santuario, se elevaba cada vez más. El amor de los discípulos hacia Cristo era débil al principio, huyeron de Cristo; pero tras la muerte de Cristo se volvió más vigoroso, e hicieron una confesión pública de Él. El amor de Pedro era al principio más débil y lánguido, negó a Cristo; ¡pero con qué denuedo le predicó después! Cuando Cristo puso a prueba su amor: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” (Jn. 21:16), Pedro pudo hacer esta humilde, pero confiada, apelación a Cristo: “Sí, Señor; tú sabes que te amo”. De esta manera, aquella tierna planta que antes fuera doblegada por el viento de una tentación, creció hasta convertirse en un cedro, que todos los poderes del Infierno no pudieron sacudir.

(3) El crecimiento del amor amplía la recompensa. Cuanto más ardamos en amor, tanto más brillaremos en la gloria; cuanto más elevado sea nuestro amor, tanto más brillante será nuestra corona.

(4) Cuanto más amemos a Dios, tanto más amor recibiremos de Él. ¿Queremos que Dios nos descubra los dulces secretos de su amor hacia nosotros? ¿Queremos recibir las sonrisas de su rostro? ¡Oh, entonces esforcémonos por alcanzar mayores grados de amor! S. Pablo consideraba el oro y las perlas como basura por amor de Cristo (Fil. 3:8). Sí, estaba tan inflamado de amor a Dios que podía haber deseado ser él mismo anatema, separado de Cristo, por sus hermanos los judíos (Ro. 9:3). No es que él pudiera ser anatema y separado de Cristo; sino que tal era su ferviente amor y piadoso celo por la gloria de Dios que hubiera estado dispuesto a haber sufrido aun más allá de lo que es correcto hablar, si con ello Dios hubiera tenido más honra. Aquí había un amor elevado al más alto grado que le es posible alcanzar a un mortal; ¡y qué cerca llegó a estar del corazón de Dios! El Señor le llevó al Cielo por un tiempo y le tomó en su seno, donde tuvo una visión tan gloriosa de Dios y oyó aquellas “palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Co. 12:4).

Nadie salió perdiendo jamás por amar a Dios. Si nuestro amor a Dios no aumenta, pronto menguará. Si no se sopla el fuego, pronto se apagará. Por tanto, los cristianos deberían, por encima de todo, esforzarse a fomentar y estimular su amor a Dios. Esta exhortación estará desfasada cuando lleguemos al Cielo, pues entonces nuestra luz será clara, y nuestro amor perfecto; pero ahora es oportuno exhortar que nuestro amor a Dios abunde más y más.

Sobre El Autor

Thomas Watson

Thomas watson probablemente nació en Yorkshire. Él estudió en Emmanuel College, Cambridge, obtuvo un diplomado de licenciatura en Artes en 1639 y una Maestría en Artes en 1642. Durante su tiempo en Cambridge, Watson fue un especializado erudito. Después de completar sus estudios, Watson vivió por un tiempo con la familia puritana de Lady Mary Vere, la viuda de Sir Horace Vere, varón de Tilbury. En 1646, Watson fue a St. Stephen’s Walbrook, Londres, donde sirvió como profesor durante unos 10 años, y como rector por otros 6 años, cubriendo el lugar de Ralph Robinson. Alrededor de 1647. Watson se casó con Abigail Beadle, hija de John Beadle, un ministro de Essex de convicciones Puritanas. Ellos tuvieron por lo menos 7 hijos en los siguientes 30 años; de los cuales 4 de ellos murieron jóvenes. Durante la guerra Civil, Watson comenzó a expresar sus fuerte convicciones Presbiterianas. Watson fue formalmente reincorporado a su pastorado en Walbrook en 1652. Cuando el Acto de Inconformidad se aprobó en 1662, Watson fue expulsado de su pastorado. Él continuó predicando en privado -en graneros, casas, y bosques- siempre y cuando tuviera la oportunidad. Watson obtuvo una licencia para Crosby Hall, Bishopsgate, el cual perteneció a John Langham, un líder de los no-conformistas. Watson predicó allí por 3 años antes de que Stephen Charnock se le uniera. Ellos ministraban juntos hasta la muerte de Charnock en 1680. Watson siguió trabajando hasta que su salud se vio afectada. El entonces se retiró a Barnston, en Essex, donde murió repentinamente en 1686 mientras se dedicaba en privado a orar. La profundidad de Watson en doctrina, claridad de expresión, intensidad de espiritualidad, amor en la aplicación… hacen de su reputación como excelente predicador y escritor. Fue enterrado el 28 de julio 1686.

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