“Y cada uno que tiene esta esperanza en Él se purifica así mismo, así como Él es puro”.
1 Juan 3:3

Una esperanza purificadora

La ESPERANZA está compuesta de un deseo y una expectativa. Podemos desear lo que no esperamos, pero nunca esperamos lo que no deseamos. Yo deseo algo bueno: el evangelio lo revela; Dios lo promete; por lo tanto, yo lo espero. A consecuencia, la esperanza es descendiente de la fe.

Yo no puedo esperar algo que yo no crea que exista o que no hay ninguna posibilidad de obtenerlo. Creo en la existencia de un futuro bueno y percibo que es alcanzable, por lo tanto es necesario tomar el camino indicado y esperar disfrutarlo. Sin fe, no hay ninguna esperanza. Una fe fuerte es igual a una esperanza vigorosa; ya que nuestra esperanza es siempre lo que nuestra fe es.

Este es el efecto de la adopción. Esta es la expectativa de un niño. Percibimos que Dios es nuestro Padre, que como tal Él nos ama, se goza de bendecirnos y quiere conferir todas las cosas buenas sobre nosotros; por lo tanto, esperamos cosas buenas y grandes de Él. Esto es una expectativa de ver a Jesús como Él es, en toda Su gloria; de ser como Él en santidad, felicidad y espiritualidad; y estar para siempre con Él en paz, en toda actividad y satisfacción. Este principio es llamado “una esperanza viva” por el Apóstol y es funcional (tiene un efecto), por lo tanto, se dice que nosotros somos “salvos por la esperanza” y la misma estará con nosotros hasta el final de nuestros viajes en el mundo, a través de terrenos salvajes y nunca nos abandonará, hasta que seamos llevados ante un gran resplandor lleno de la gloria eterna (eternidad).

Una esperanza buena purifica el corazón. Es la purificación que sólo la sangre de Cristo podría efectuar; y conlleva una purificación que es exclusivamente el trabajo del Espíritu Santo; pero aquí se dice que el Hijo de Dios se purifica. Él sabe que debe ser santo. Él desea ser santo. Él ora para ser hecho santo. Él se esfuerza por ser santo.

La esperanza de ver a Jesús, siendo como Él es, y ser igual a Él lo mueve a purificarse, sobre todo del egoísmo. Él ve que el egoísmo está directamente opuesto a gloria de Dios, al honor del Salvador, al trabajo del Espíritu, al bien de la sociedad y a su propio bienestar; por lo tanto, el procura descubrirlo, él se aflige sobre ello, el busca el perdón de ello y procura triunfarlo. El desea vivir para Dios, vivir a Jesús, beneficiar Su generación. En vez de hacer su “YO” el objeto final, el desea amar a Dios intensamente y a su vecino como a él mismo.

ÉL PROCURA PURIFICARSE DE LUJURIAS MUNDANAS — como la lujuria de la carne, la lujuria de los ojos y la vanagloria de la vida; crucifica su carne con todos sus afectos y lujurias.

ÉL PROCURA PURIFICARSE DE LAS NOCIONES ERRNÓEAS — él trae sus otras creencias a la Palabra de Dios para corregirlas, perfeccionarlas, se despoja de lo que es contrario al volumen inspirado; puede añadirle en absoluto lo que él ha omitido y que esté registrado allí.

ÉL PROCURA PURIFICARSE DE LA INMUNDICIA MENTAL— el corazón desahoga inundaciones de inmundicia en la imaginación, las cuales el hombre carnal saborea y complace, pero el creyente lo aborrece, se odia así mismo por esto y procura ser liberado de esta inmundicia. Mientras el que ha tenido grandes y gloriosos privilegios y que han excedido promesas grandes y preciosas, él procura realizar la advertencia del apóstol, “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Cor 7:1).

ÉL PROCURA PURIFICARSE DE LO QUE ES IMPURO Y PROFANO — ya que la oración del Apóstol para los Tesalonicenses, que lleva su corazón con ello al cielo cuando él pronuncia: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Tes 5:23). Su corazón es puesto sobre la santidad perfecta, y sólo crecerá en cuanto esté bajo la influencia de una esperanza viva. Él trabaja para purificarse así como Cristo es puro.

ESTA ESPERANZA PURIFICA— levantando la mente carnal a las cosas espirituales; de lo terrenal a alegrías divinas.

ESTA ESPERANZA PURIFICA — fijando los ojos sólo en Jesús, su santidad, pureza, en un cielo santo junto a un Dios santo.

ESTA ESPERANZA PURIFICA— atando nuestro afecto a las cosas que están arriba, en donde Cristo se sienta a la mano derecha de Dios. En nuestra naturaleza los afectos son separados de lo divino y están atados a la carne y a la depravación. Pero la gracia produce una separación, proclama un divorcio y lo devuelve a sus objetos apropiados y legítimos.

ESTA ESPERANZA PURIFICA — despertando la conciencia, haciéndola y manteniéndola tierna. La conciencia del pecador duerme y sueña profundamente, no considera la voz de la ley de Dios o las llamadas del evangelio de Cristo, ni los indicadores de una providencia sabia y santa. Pero la gracia lo despierta, le da la sensibilidad, y se hace un juez, que da reprimenda y mantiene la guardia.

ESTA ESPERANZA PURIFICA— usando la Palabra y la sangre de Jesús. Esta Palabra discierne, instruye y anima; mientras la sangre remueve la culpa, el miedo indigno y la penumbra triste. La Palabra alimenta la esperanza y la sangre de Jesús la impulsa a toda acción.

ESTA ESPERANZA PURIFICA— crucificando al viejo hombre y mortificando los deseos de la carne; en vez de complacer sus pasiones o ser conducido por sus apegos.

De modo que con…
La mente elevada de la tierra al cielo,
El ojo fijado en Jesús,
Las aficiones colocadas en las cosas de arriba (cielo),
La conciencia mantenida en alerta y sensible,
La Palabra y la sangre de Jesús usada constantemente,
Crucificando al viejo hombre,
Mortificando nuestros miembros terrenales
— el trabajo de purificación continúa, nuestra adopción es probada, la naturaleza de nuestra esperanza es manifestada y nuestro título de la vida eterna se hace innegable.

Jesús es el modelo en cual los creyentes deben de trabajar y tener la esperanza ; aún como Él es puro, Jesús es presentado como…nuestro modelo que debemos copiar, nuestro ejemplo que debemos imitar, nuestra copia en la cual nosotros debemos escribir y el estándar que debemos procurar alcanzar.

Ningún creyente puede mirar la vida de Jesús, sin ser aprobado esa vida en su propio juicio. Tampoco puede él estar bajo la influencia de la gracia, sin admirar aquella vida y desear ser conformado a ella.
Él nunca preguntaría: ¿Qué hacen los otros? Pero él se pregunta: ¿Qué haría Jesús? ¿Cómo actuaría Jesús en este caso? ¿Qué diría Jesús en tales circunstancias? Y luego él seriamente desea, cordialmente ora y con energía procura hacer cuanto él cree que Jesús haría. Este recorrido corrige muchos males, previene muchos fracasos, lo estimula constantemente para negarse y lo levanta a un tono de pureza y espiritualidad, que él no alcanzaría por otra parte.

Querido lector, ¿Tiene usted esta esperanza? ¿Vive usted esperando el regreso de Jesús, de verlo y ser hecho como Él y estar para siempre con Él? ¿De ser así, cuál es su deseo y practica diariamente? ¿Desea usted crecer en santidad? ¿Es usted diligente de manera que pueda encontrar paz en Él, sin mancha e intachable? ¿Están sus lomos ceñidos, sus lámparas encendidas, sus ropas blancas como un siervo que espera por la llegada de su Señor?
¿Cuál es su modelo o patrón? ¿Es Jesús? ¿Su vida santa, Su conducta intachable, Su conversación llena de gracia, Su objetivo habitual de glorificar a Su Padre?
¿Se purifica usted en la fuente de Su sangre, se lava con Su Palabra, mediante la separación de la gente impía, sus principios, y prácticas? ¿Se puede decir con certeza de usted según la verdad de los santos en el tiempo de Santiago: “Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones” (Santiago 4:8)? ¡Oh las palabras de Santiago deben ser más aplicable a usted, limpie sus manos, usted es pecador y purifique su corazón, usted de doble ánimo!

Una fe que no trabaja por el amor — ¡Es falso!

Una esperanza que no purifica el corazón — ¡Es carnal!

Una religión que no nos hace santos — ¡Es una desilusión!

Una santidad y/o semejanza a Jesús es el fin que Dios tiene en mente en todo lo que Él ha hecho o que está haciendo por Su gente; y si no somos santos, entonces no tenemos el Espíritu de Cristo y por lo tanto, no le pertenecemos.


Traducción: Kelvin Rodriguez
Edición: Dario Sanabria
Fuente: www.gracegems.org

Sobre El Autor

James Smith

James Smith (1802—1862) fue predecesor de Charles Spurgeon en New Park Street Chapel en Londres desde 1841 hasta 1850.

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