“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,
Así clama por ti, oh Dios, el alma mía”.

Salmo 42:1

¿No se nos justifica inferir que David vio a un ciervo “herido”, o imaginarnos que él lo vio en busca de los arroyos? ¿El ciervo golpeado por los arqueros, con gotas de sangre sobre su costado, y sus ojos vidriosos expresando debilidad, agotamiento y muerte? Pero si no fuera por estas heridas nunca hubiera llegado al valle. Pudo haber sido un ciervo recién nacido y que aun habitaba en su nativa colina rodeada de arbustos llenos de espinas, cubierto por la altura de las montañas de Galaad. Pero fue la flecha del arquero que se movió con rapidez y precisión hacia su objetivo; aquel ciervo tenía uno de sus orificios de la nariz dilatado y sus piernas temblaban, se apresuraba para aliviar su rabia y sed de muerte. Este es el cuadro de David y de muchos que se han conducido a beber de aquel “río, en el cual sus corrientes van acompañadas de alegría y gozo hacia la ciudad de Dios “. Ellos han sido heridos de espíritu, las flechas han penetrado sus almas derramando su sangre de vida. El desmayo, temblor, desespero, cansancio; ellos han abandonado la tierra alta (las alturas de la vanidad y la indiferencia, el fariseísmo y el pecado) y han buscado el valle humilde de la humillación.

¿Cuáles son algunas de estas flechas? Hay flechas que provienen del HOMBRE y flechas que provienen de DIOS. Las flechas del hombre son a menudo las más crueles de todas. “Porque he aquí, los malos tienden el arco, disponen sus saetas sobre la cuerda, para asaetear en oculto a los rectos de corazón” (Salmo 11:2). La envidia es como un arquero. Su flecha está bañada en hiel y ajenjo. Los celos son como un arquero, cuyas armas de púas no pueden aguantar la prosperidad de un rival. La venganza tiene su aljaba llena de flechas puntiagudas de acero, ardiendo para contraatacar el daño real o imaginario. La malicia es como un arquero que busca su presa en una emboscada. Él está al acecho detrás de la roca. Él inflige su herida irreparable (violenta) como si fuera una travesura de niños inocentes. El desprecio es como un arquero que apunta con una exactitud por encima de lo normal. Él mira abajo con un desprecio arrogante que demuestra una indiferencia hacia los demás. “Mi vida está entre leones; estoy echado entre hijos de hombres que vomitan llamas; sus dientes son lanzas y saetas, Y su lengua espada aguda” (Salmos 57:4.) El engaño es, en nuestros días, un cazador de reputación, un Nimrod moderno con flechas doradas guardadas en su aljaba y una corneta, alardeándose de cosas grandes lanzadas desde su faja. Él hace que su objetivo no se percate de la presencia del peligro, los atrae con señuelo y con una mirada de sirena dentro de su red y luego los abandona dejándolo herido e indefenso en “las montañas de la presa”.

“Libra mi alma, oh Jehová, del labio mentiroso,
Y de la lengua fraudulenta. ¿Qué te dará, o qué te aprovechará,
Oh lengua engañosa? Agudas saetas de valiente, con brasas de enebro”. (Salmo 120:2-4)

Pero hay flechas también que vienen de DIOS. “Porque las saetas del Todopoderoso están en mí, cuyo veneno bebe mi espíritu; y terrores de Dios me combaten (Job 6:4). “Entesó su arco, y me puso como blanco para la saeta. Hizo entrar en mis entrañas las saetas de su aljaba” (Lamentaciones 3:12-13). ¿Y quién no respirará la oración del exilio de Galaad en otro tiempo? “Entonces David dijo a Gad: En grande angustia estoy; caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas, mas no caiga yo en manos de hombres”. Fieles son las heridas del que ama; pero importunos los besos del que aborrece. (2 Sam. 24:14; Prov. 27:6.) No tenemos que pararnos para enumerar en particular estas flechas. Hay flechas blanqueadas de enfermedad, flechas oxidadas de pobreza, flechas que producen laceración y pérdida; manchadas y saturadas con lágrimas, creando una marca distintiva en nuestra intimidad. También hay otra flecha, (aunque de una clase diferente,) de parte de la propia bendita Palabra de Dios, “rápida y poderosa.” “Tus saetas agudas, con que caerán pueblos debajo de ti, penetrarán en el corazón de los enemigos del rey” (Salmo 45:5) Aun así, bendito sea Dios, éstas flechas son a menudo las que sólo hieren para curar; o mejor dicho, estas heridas creadas: sangrado, jadeo y alma sedienta enviándonos a buscar los lugares de agua que conforta en Dios mismo. ¡Has sufrido!, esté agradecido de tus heridas. Por causa de estas pudieras haber sido, o estado en este momento durmiendo en las alturas de la montaña de la autosuficiencia, mundanería o pecado sin pensar en tú alma, negando las corrientes de la salvación, abandonando y siguiendo abandonando… “La Fuente de las Aguas Vivas”.

¿Déjeme preguntarle, ha sido este el resultado de sus heridas? ¿Las mismas le han conducido “de la cisterna rota (agujereada) que filtra” a decir, “Todas mis fuentes están en TI?” Recuerda que la aflicción, la calamidad mundana y la pérdida tienen un doble efecto. ¡Esto es una alternativa solemne! Estas pueden conducirle más cerca o llevarle más lejos de Dios. También, pueden conducirle hacia abajo de una corriente efusiva o hasta más lejos, hacia una ladera helada.

El ciervo herido que se presenta en este Salmo pudo haberse sumergido a una mayor profundidad en la red de los cazadores o en la soledad del bosque. También él mismo pudo haber ido con su ojo herido y corazón quebrado, desangrándose hasta sepultarse entre las hojas marchitadas. Cuántas veces las aflicciones parecen conducir a esta consecuencia triste, quienes cuando la misericordia y las bendiciones le son quitadas se dirigen al desasosiego malhumorado y mórbido; estos en vez de doblarse en sumisión a la mano que hiere y que es capaz de curar, se sienten como si ellos fueron despojados de sus derechos. Su lenguaje es parecido al reproche amargo de Jonás quien dijo: “hago bien en estar enojado, hasta la muerte.” Cubriéndose con una incredulidad endurecida, su consuelo desgraciado es el de la desesperación “para mi es mejor morir que vivir.” “Bendito es el hombre que SOPORTA la tentación,” no quién alarga el sufrir, sangrar, y morir; o permanecer alimentándose con cáscaras y basura del páramo, pero aquel quién hace la resolución noble, “me levantaré e iré a mi Padre”. Bendito el hombre cuyo grito, al igual que la del niño, es contestada por su padre Celestial inclinado sobre la cuna de su dolor, que se siente, al igual que el salmista, que su bondadoso Padre y Dios nunca está tan cerca de él, como en el momento de la prueba. “Cuando mi espíritu fue abrumado, TU ya sabias mi camino.”

Se dice que el ave del desierto sepulta su cabeza en la arena cuando se acercan sus enemigos, exponiéndose a la destrucción; pero bendito es el hombre quien se parece al ave de la arboleda que, cuando sus primeras ramas de su nido han sido despiadadamente destruidas en pedazos por la mano de la violencia. ¡Ella vuela un rato sobre su casa robada, llena su lamento quejumbroso de madera y luego se eleva lejos del lugar predilecto del destructor para comenzar uno fresco, en un lugar seguro localizado en la rama superior de un cedro de Dios! Tal fue el caso con David en relación a este Salmo. Él había leído el sermón sobre las implicaciones morales más conmovedoras que el mundo podría leer durante la tenencia precaria de las bendiciones terrenales. Su autoridad, su corona, su familia, parecían burbujas en aquella corriente espumante en la cual él miró fijamente, bailando por un momento en su superficie, entonces se fue, y cuando se fue para siempre él se rinde y se sumerge a una desesperación deshonorable ¿Debe él concluir que el Señor lo ha hecho un blanco para agotar las flechas de Su bolsa, o que Él “se ha olvidado de ser misericordioso?” Acaso Dios se unió a los jefes merodeadores que son saqueadores salvajes, convirtiéndose en un aventurero de montaña por las fronteras de los gentiles para olvidar a Sion y al Dios de Sion? ¡No! la corona terrenal puede desaparecer, pero las personas sin hogar, sin coronas, destronadas, tienen un mejor Rey y una mejor casa sobre ellos; con las paredes invisibles y fortificadas, mejor que todas las trincheras y los fosos de una fortaleza terrenal, cercan al vagabundo. David con sus ojos puestos en esto fue que tejió su salmo de guerra:

“Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador;
Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré;
Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” (Salmo 18:2.)

¡Lector! ¿Déjeme preguntarle, antes de cerrar este capítulo, estás dirigiéndote a Dios ante su agotamiento y debilidad? Este no es el camino ni la historia de muchos. ¡Ellos están agotados sin poder respirar, pero no van a Dios! Ellos prefieren quedarse encima de la colina, así como hizo Sísifo con su piedra enorme. La ambición la exhausta sin darles tiempo para respirar. El placer los agota mientras suben a la colina en busca del fantasma (el porqué) de su existencia; así como las mariposas que se precipitan en una persecución de flor en flor, extrayendo todos los dulces deliciosos que ella puede. La fama produce sufrimiento encima de la colina, donde la trompeta suena impacientemente antes que ella para erigir su propio monumento en el ápice codiciado. El Mammon empuja encima de la colina con su equipo agotador, para erigir el templo de riqueza. Las multitudes de caminantes desdichados van en la misma subida imprudente y han caído en grietas, gritando por ayuda. Las ruedas de Mammon están cerradas con llave, sus cajas de tesoro se han caído en el fango; y aun así, él va conduciendo a los que están cansados como el pobre, el débil, el indefenso, aquellos mismos que le asistieron a cargar antes de que él comenzara en la base de montaña. Él debe llegar a la cumbre de todos modos sin importarle los riesgos, así es como mejor él puede; ¡y él será coronado un héroe, también, y alabado por su hazaña! ¡Ah! extraño que los hombres todavía continúan persiguiendo aquella persecución del fantasma. O mejor dicho, es extraño que ellos debieran vivir inmensamente bajo la grandeza de su propio destino; agarrando la orilla cuando ellos deberían estar en el mar profundo; aferrándose y navegando hacia la inmortalidad, teniendo cada yarda de las velas de sus veleros disponibles como una extensión de la brisa del cielo. La búsqueda de estos objetos terrenales es perecedera, podrán hacer que el mundo brille, que el corazón no este herido y sus ojos intactos. Éstos pueden hacer que los brillos de sol estén despejados en nuestro firmamento cuando nuestros campos se agitan o cuando la fortuna teje su telaraña de oro, y la corteza de la existencia con sus velas blancas sostienen su camino por los mares en el verano. Éstos pueden hacer que el círculo de la casa no este roto; cuando no extrañamos ninguna cara que amamos, cuando no marcamos ninguna voz silenciosa y ninguna silla vacante. Pero cuando el tambor sordo toma el lugar de la música alegre de la vida; cuando nuestros cielos son robados en la harpillera, cuando la naturaleza toma su línea de la palidez pálida; ¡cuándo cada flor, chamuscada y congelada parece inclinarse su cabeza en tristeza y pena y esconde sus rasgones entre hojas marchitadas y tallos atizonados, exudando sólo la fragancia de decaimiento! ¿Qué pasa entonces? La voz del profeta toma la lección, “la voz dijo, Grita; y él dijo: ¿Qué gritaré? ¡Toda la carne es hierba y toda la gloria del hombre es como la flor de la hierba!”

Su valor es muy pobre que usted ha estado por mucho tiempo burlado y engañado por un mundo muerto y agonizante; solitario, sin amigos, desesperado, sin pertenencia; ¡como un buque que se suelta de su ancla y que está sin piloto en un mar tempestuoso! Pero hay un asilo para el sacudido por la tempestad. El Salvador que usted ha despreciado y rechazado por mucho tiempo, es un puerto proporcionado para usted. “Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa”. (Isaías 32:2) ¿Está usted anhelando el arroyo de la salvación? El pastor que alimenta a su rebaño por estas “aguas” dirigidas a ti: “El que tiene sed, venga” ¡Sed! ¿Quién no tiene sed? Es el atributo de la humanidad universal. ¿Quién no siente que este mundo les presenta flujos de corrientes llenas de lodo y cisternas que padecen de filtraciones? ¿Quién no se siente en sus momentos de reflexión profunda y tranquila, cuando nosotros estamos cara a cara con el gran enigma de la existencia, a la que el mundo le ofrece flores descoloradas en lugar de los sabores de una fragancia imperecedera y brillante con flores que no se marchitan? ¡Los que no tienen ni un amigo! tu que estas solo como un árbol solitario en el bosque y quien se ha librado del hacha del leñador, mientras tus compañeros cortan a tu lado. ¡Ven niño de la calamidad! a quien la mano de la privación le fue puesta en sus comodidades terrenales; el crucero de la viuda que va fallando rápidamente, mientras el personal que sirve pan va disminuyendo. ¡Ven hijo del duelo! los pilares en tu corazón están desmoronándose mientras decaen, tu cabeza sobresale como la de un junco. Tu quien conoce que la fortuna puede otra vez sustituir y reponer tus paredes desmanteladas pero que nada puede reanimar su mármol todavía o rellenar el nicho vacante en su corazón de corazones — ¡Ven Pródigo! Vagabundo de Dios, exiliado de la paz, vagabundeando en el bosque del pecado, hundiéndote más y más profundamente en la medianoche de la ruina y la desesperación ¿cuentas con una flecha, ya sea de la aljaba del hombre o de Dios que ha herido tu corazón? ¿Estás buscando descanso en medio de tu agonía y no encuentras ninguno, ¿con un fuerte sentir de insatisfacción con todas las cosas creadas y un anhelo indefinido de un consuelo que no te pueden dar? Si para ti también, para esa herida abierta que sangra hay un “bálsamo en Galaad y un médico allí.” Repito, Jesús en este día está parado junto a las gloriosas corrientes de su propia salvación comprada y grita diciendo: “Cualquier hombre que tenga sed, que venga a mí y beba!” “Sí señor” sea esta tu respuesta: “¡Señor, vengo!; con sed, débil, triste, herido, cansado vengo tal como soy… rogándote. Eres todo lo que necesito, todo lo que requiero, en la enfermedad y salud, en la alegría y en la tristeza, en la vida y en la muerte, en el tiempo y a través de la eternidad.

Las colinas de la nieve pueden dejar de alimentar a los arroyos; y el sol puede dejar de brillar, la luna puede cesar de cantar noche tras noche despojando a la tierra de escucharla; los pájaros pueden dejar de cantar a la voz de la mañana; las flores pueden caerse en lugar de sonar sus mil campanas en la época jubilosa del verano; el peregrino que jadea puede precipitarse a la corriente y preferir el horno ardiente y brilloso de las arenas del desierto, pero “Este Dios será mi Dios por siempre y para siempre;” y, aun cuando la muerte selle mis ojos y la fiebre de la oscuridad venga sobre mi espíritu, aun así retornare a la vieja cepa del exilio, al gran suspiro de la cansada humanidad y mezclare sus notas junto a la canción del cielo, “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía”( Salmo 42:1)


Sermón original: The Heart Wounded
Fuente: Gracegerms.org
Traducción: Kelvin Rodriguez
Edición: Carlos Aguilar

Sobre El Autor

John MacDuff

John Ross MacDuff nació el 23 de Mayo de 1818 en Bonhard, Escocia. Murió en su casa en Chislehurst, Kent, Inglaterra el 30 de Abril de 1895.  John MacDuff fue un ministro Presbiteriano y prolífico escritor de excelente libros y materiales Cristiano. El fue especialmente conocido por la calidad práctica, poética y devocional de sus obras. El fue también un poeta y escritor de himnos. John MacDuff tuvo un Doctorado en Divinidad de la Universidad de Glasgow y la Universidad de New York. El Sirvió como Pastor por muchos años en varias iglesias, incluyendo la Iglesia de Escocia.  Charles Spurgeon escribió de él: "MacDuff escribe generalmente, sin embargo, de ninguna manera él es poco profundo o superficial." Para una lectura agradable y santa de una hora, encomendemonos a MacDuff!

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