“Endereza delante de mí tu camino”.
Salmo 5:8

Querido Padre, este clamor asciende hasta Ti esta mañana desde muchas almas cansadas y perplejas que temen vagar por el desierto, donde no hay camino. ¿Inclinarás con misericordia tu oído y escucharás su oración, y otorgarás la deseada dirección y guía?

“Endereza […] tu camino”. Querido Señor, no es que tus caminos sean alguna vez torcidos o que desvíen, sino que mis ojos se inclinan a ver pequeñas y agradables circunvalaciones, donde el camino no es tan accidentado o el caminar no es tan arduo como en la carretera del Rey. Mi camino parece muy atractivo, muy agradable a la vista. Tu camino significa abnegación, llevar la cruz, y la renuncia a mucho de lo que mi corazón desea. ¿No son precisamente esas cosas los indicadores que me muestran el camino correcto?

Ahora, querido Señor, escucha mi clamor: “Endereza delante de mí tu camino”. Oblígame, por el poder de tu amor y tu ejemplo, a ir por el camino estrecho; rodea mi camino de espinos para que no dé yo ni un solo paso fuera de tu camino, el cual Tú has establecido para mí.
¿Y si, a veces, hay brumas y nieblas tan espesas que no me dejan ver el camino? Es suficiente con que Tú me tomes de la mano y me guíes en la oscuridad, ¡porque caminar contigo en la penumbra es mucho más dulce y seguro que caminar a solas a plena luz del Sol!

Querido Señor, dame la gracia de confiar en Ti plenamente, a pesar de lo que pueda suceder, sometiéndome a mí misma a tu guía y apoyándome fuertemente en Ti cuando los temores se interpongan en el camino. Tu camino para mí ha sido marcado desde la eternidad, y conduce directamente hasta Ti y hasta el hogar. Ayúdame a fijar mis ojos en el gozo que está puesto delante de mí (cf. He. 12:2), y líbrame hasta del más vago deseo de darme la vuelta y quedarme en las floridas praderas que tantas veces han hecho caer en peligro y aflicción los pies de los pobres peregrinos.

Padre, Tú has dicho: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos” (Is. 55:8). Es verdad, querido Señor; pero entonces Tú puedes elevar mis pensamientos hasta los tuyos, y exaltar mis caminos hasta que alcancen la cumbre de la montaña de la obediencia a tu bendita voluntad. Haz este milagro para mí en este día, oh Señor; utiliza esa dulce compulsión que deleitará mi corazón mientras dirige mis pasos. Hazme correr en el camino de tus mandamientos y yo correré alegremente, con la bendita certeza de que al fin alcanzaré la meta (cf. 1 Co. 9:24). ¿Acaso no me has dado un supervisor interno que toca una tierna nota de advertencia cuando mis pies se desvían, aunque sea un instante, del camino recto?

Pero mejor que nada, querido Señor, acompáñame Tú mismo a lo largo del camino de la vida, ¡hoy y todos los días! Que la permanencia de mi alma en Ti sea tan real y constante, tan verdadera y tierna, que siempre sea yo consciente de tu dulce presencia y nunca dé ni un solo paso apartada del apoyo y la liberación de tu mano.

Oh, ven, porque Tú sabes el camino:
Y si no puedo moverme hacia Ti,
llévame donde no haya de decir:
¡Oh, ven, mi Señor, ven, mi amor bendito!

Sobre El Autor

Susannah Spurgeon

Susannah Spurgeon (1832–1903) —de soltera, Susannah Thompson— fue la esposa del famoso príncipe de los predicadores C.H. Spurgeon. Plenamente identificada con el ministerio de su marido, compartió su obra durante los treinta y seis años que duró su matrimonio. Tras la muerte de Spurgeon en 1892, escribió varias obritas de carácter devocional.

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