1. Esta palabra parece dura a muchos: “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sigue a Jesús” (Lc 9:23). Pero mucho más duro será oír aquella postrera palabra: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno” (Mt 25:41). Pues los que ahora oyen y siguen de buena gana la palabra de la cruz, no temerán entonces oír la palabra de la eterna condenación. Esta señal de la cruz estará en el cielo cuando el Señor viniere a juzgar. Entonces todos los siervos de la cruz, que se conformaron en la vida con el Crucificado, se llegarán a Cristo juez con gran confianza.

2. ¿Por qué, pues, temes tomar la cruz por la cual se va al Reino? En la cruz está la salud, en la cruz está la vida, en la cruz está la defensa contra los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfección de la santidad. No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la cruz. Toma, pues, tu cruz y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna. Él fue delante “llevando su cruz” (Jn 19:7), y murió en la cruz por ti, para que tú también lleves tu cruz y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con Él, vivirás con Él. Y si le fueres compañero de la pena, lo serás también de la gloria.

3. Mira que todo consiste en la cruz y todo está en morir en ella. Y no hay otro camino para la vida, y para la verdadera entrañable paz, sino el de la santa cruz y continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres y no hallarás más alto camino en lo alto, ni más seguro en lo bajo, sino la vía de la santa cruz. Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la cruz. Pues o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás tribulación en el espíritu.

4. A veces te dejará Dios, a veces te perseguirá el prójimo y, lo que peor es, muchas veces te descontentarás de ti mismo y no serás aliviado ni refrigerado con ningún remedio ni consuelo; mas conviene que sufras hasta cuando Dios quisiere. Porque quiere Dios que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a Él y te hagas más humilde con la tribulación. Ninguno siente así de corazón la pasión de Cristo como aquel a quien acaece sufrir cosas semejantes. Así que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar; no puedes huir dondequiera que fueres porque dondequiera que vayas llevas a ti contigo, y siempre hallarás a ti mismo. Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuélvete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona.

5. Si de buena voluntad llevas la cruz, ella te llevará y guiará al fin deseado, adonde será el fin del padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra tu voluntad la llevas, cárgaste, y hácestela más pesada, y, sin embargo, conviene que la sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y puede ser que más grave.

6. ¿Piensas tú escapar de lo que ninguno de los mortales pudo librarse? ¿Quién de los santos estuvo en el mundo sin cruz y tribulación? Nuestro Señor Jesucristo, por cierto, en cuanto vivió en este mundo no estuvo una hora sin dolor de pasión. Porque “convenía -dice- que Cristo padeciese y resucitase de entre los muertos, y así entrase en su gloria” (Lc 24:26). Pues, ¿cómo buscas tú otro camino sino este camino real que es la vía de la santa cruz?

7. Toda la vida de Cristo fue cruz y martirio, ¿y tú buscas para ti holganza y gozo? Yerras, te engañas si buscas otra cosa sino sufrir tribulaciones, porque toda esta vida mortal está llena de miserias y por todas partes señalada de cruces. Y cuanto más altamente alguno aprovechare en espíritu, tanto más graves cruces hallará muchas veces, porque la pena de su destierro crece más por el amor.

8. Mas este tal, así afligido de tantas maneras, no está sin el alivio de consolación, porque siente el gran fruto que le crece con llevar su cruz. Porque cuando se sujeta a ella de su voluntad, toda la carga de la tribulación se convierte en confianza de la divina consolación. Y cuanto más se quebranta la carne por la aflicción, tanto más se robustece el espíritu por la gracia interior. Y algunas veces tanto es confortado del efecto de la tribulación y adversidad por el amor y conformidad de la cruz de Cristo, que no quiere estar sin dolor y tribulación, porque se tiene por más acepto a Dios cuanto mayores y más graves cosas pudiere sufrir por Él. Esto no es virtud humana, sino gracia de Cristo, que tanto puede y hace en la carne flaca, que lo que naturalmente siempre aborrece y huye, lo acometa y ame con fervor de espíritu.

9. No es según la inclinación humana llevar la cruz, amar la cruz, castigar el cuerpo, ponerlo en servidumbre; huir de las honras, sufrir de grado las injurias, despreciarse a sí mismo y desear ser despreciado; sufrir todo lo adverso y dañoso, y no desear cosa de prosperidad en este mundo. Si te miras a ti mismo, no podrás por ti solo cosa alguna de éstas; mas si confías en Dios, Él te enviará fortaleza del cielo y hará que te estén sujetos el mundo y la carne. Y no temerás al diablo, tu enemigo, si estuvieses armado de fe y señalado con la cruz de Cristo.

10. Dispónte, pues, como buen y fiel siervo de Cristo, para llevar varonilmente la cruz de tu Señor, crucificado por tu amor. Prepárate a sufrir muchas adversidades y diversas incomodidades en esta miserable vida, porque así estará contigo Jesús adondequiera que fueres; y de verdad que lo hallarás en cualquier parte que te escondas. Así conviene que sea; y no hay otro remedio para evadirse del dolor y de la tribulación de los males sino sufrir. Bebe afectuosamente el cáliz del Señor, si quieres ser su amigo y tener parte con Él. Remite a Dios las consolaciones, para que haga con ellas lo que más le agradare. Pero tú dispónte a sufrir las tribulaciones, y estímalas por grandes consuelos, porque “no son condignas las pasiones de este tiempo para merecer la gloria venidera” (Rom 8:18), aunque tú solo pudieses sufrirlas todas.

11. Cuando llegares a tanto que la aflicción te sea dulce y gustosa por Cristo, piensa entonces que te va bien, porque hallaste el paraíso en la tierra. Cuando te parece grave el padecer y procuras huirlo, cree que te va mal, y dondequiera que fueres te seguirá la tribulación.

12. Si te dispones para hacer lo que debes, es a saber: sufrir y morir; luego te irá mejor y hallarás paz. Y aunque fueres arrebatado hasta el tercer cielo con el Apóstol Pablo, no estarás por eso seguro de no sufrir alguna contrariedad. “Yo -dice Jesús- le mostraré cuántas cosas le convendrá padecer por mi nombre” (He 9:16). Debes, pues, padecer si quieres amar a Jesús y servirle siempre.

13. ¡Ojalá que fueses digno de padecer algo por el nombre de Jesús! ¡Cuán grande gloria te resultaría! ¡Cuánta alegría a todos los santos de Dios! ¡Cuánta edificación sería para el prójimo! Porque todos alaban la paciencia, pero pocos quieren padecer. Con razón debieras sufrir algo de buena gana por Cristo, pues hay muchos que sufren más graves cosas por el mundo.

14. Ten por cierto que te conviene morir viviendo; y cuanto más muere cada uno a sí mismo, tanto más comienza a vivir para Dios. Ninguno es apto para comprender cosas celestiales si no se humilla a sufrir adversidades por Cristo. No hay cosa a Dios más acepta, ni para ti en este mundo más saludable, que padecer de buena voluntad por Cristo. Y si te diesen a escoger, más debieras desear padecer cosas adversas por Cristo que ser recreado con muchas consolaciones, porque así le serías más semejante y más conforme a todos los santos. No está, pues, nuestro merecimiento ni la perfección de nuestro estado en las muchas suavidades y consuelos, sino más bien en sufrir grandes penalidades y tribulaciones.

15. Porque si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salvación de los hombres que el padecer, Cristo lo hubiera declarado con su doctrina y con su ejemplo. Pues manifiestamente exhorta a sus discípulos, y a todos los que desean seguirle a que lleven la cruz, y dice: “Si alguno quisiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16:24). Así que leídas y bien consideradas todas las cosas, sea esta la postrera conclusión: “Que por muchas tribulaciones nos conviene entrar en el reino de Dios” (He 14:21).

 

Sobre El Autor

Tomas de Kempis

Tomás de Kempis (1380−1471) fue un canónigo agustino del siglo XV, autor de la Imitación de Cristo, una de las obras de devoción cristiana más conocida desde entonces, redactada para la vida espiritual de los monjes y frailes, que ha tenido una amplia difusión.

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