Las misericordias de Dios nos humillan. “Y entró el rey David y se puso delante del Señor, y dijo: Señor Dios, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?” (2 S. 7:18). “Señor, ¿por qué se me confiere el honor de ser rey?; ¿que yo, que iba detrás de las ovejas, entre y salga delante de tu pueblo?”. Así dice un corazón benigno: “Señor, ¿qué soy yo para que me vaya mejor que a otros?; ¿para que beba del fruto de la vid, cuando otros beben no solo una copa de ajenjo, sino una copa de sangre (o sufrimiento hasta la muerte)? ¿Qué soy yo para tener esas misericordias de las que otros carecen, siendo mejores que yo? Señor, ¿cómo es que, a pesar de toda mi indignidad, cada día recibo una nueva porción de misericordia?”. Las misericordias de Dios vuelven orgulloso al pecador, pero vuelven humilde al santo.

Las misericordias de Dios tienen la virtud de ablandar el alma; la derriten de amor a Dios. Los juicios de Dios nos hacen temerle, sus misericordias nos hacen amarle. ¡Qué efecto tuvo la bondad sobre Saúl! David le tenía a su merced, y podía haberle cortado no solo la orla de su manto, sino la cabeza; sin embargo, le perdonó la vida. Esta bondad derritió el corazón de Saúl. “¿No es esta la voz tuya, hijo mío David? Y alzó Saúl su voz y lloró” (1 S. 24:16). Tal virtud para ablandar tiene la misericordia de Dios; hace que los ojos se aneguen de lágrimas de amor.

Las misericordias de Dios hacen fructífero el corazón. Cuanto más se invierte en un campo, mejor cosecha se obtiene. Un alma benevolente honra al Señor con su sustancia. No hace con sus misericordias —como Israel con sus joyas y pendientes— un becerro de oro, sino que —como Salomón con el dinero que se echó al tesoro— construye un templo para el Señor. Las lluvias de oro de la misericordia producen fertilidad.

Las misericordias de Dios infunden agradecimiento al corazón. “¿Qué pagaré al Señor por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salvación” (Sal. 116:12, 13). David alude al pueblo de Israel, que en sus ofrendas de paz acostumbraba a tomar una copa en sus manos, y dar gracias a Dios por las liberaciones. Cada misericordia es una limosna de la libre gracia; y esto llena el alma de gratitud. Un buen cristiano no es una tumba para enterrar las misericordias de Dios, sino un templo para cantar sus alabanzas. Si cada clase de pájaro, como dice Ambrosio, canta con gratitud a su Hacedor, mucho más lo hará un cristiano sincero, cuya vida está enriquecida y perfumada con la misericordia.

Las misericordias de Dios vivifican. Al igual que sirven de piedras de imán al amor, así sirven de piedras de afilar a la obediencia. “Andaré delante del Señor en la tierra de los vivientes” (Sal. 116:9). Aquel que repasa sus bendiciones se considera a sí mismo una persona ocupada en las cosas de Dios. Razona que la dulzura de la misericordia le lleva a la presteza del deber. Gasta y se gasta por Cristo; se consagra a Dios. Entre los romanos, cuando uno había sido redimido por otro, había de servirle desde entonces. Un alma rodeada de misericordia está celosamente activa en el servicio de Dios.

Las misericordias de Dios obran compasión hacia los demás. El cristiano es un salvador temporal. Alimenta al hambriento, viste al desnudo, y visita a la viuda y el huérfano en sus tribulaciones; siembra entre ellos la simiente de oro de su amor. “El hombre de bien tiene misericordia, y presta” (Sal. 112:5). El amor fluye de él libremente, como la mirra del árbol. De la misma manera, las misericordias de Dios obran para el bien de los piadosos; son alas para elevarle al Cielo.

Sobre El Autor

Thomas Watson

Thomas watson probablemente nació en Yorkshire. Él estudió en Emmanuel College, Cambridge, obtuvo un diplomado de licenciatura en Artes en 1639 y una Maestría en Artes en 1642. Durante su tiempo en Cambridge, Watson fue un especializado erudito. Después de completar sus estudios, Watson vivió por un tiempo con la familia puritana de Lady Mary Vere, la viuda de Sir Horace Vere, varón de Tilbury. En 1646, Watson fue a St. Stephen’s Walbrook, Londres, donde sirvió como profesor durante unos 10 años, y como rector por otros 6 años, cubriendo el lugar de Ralph Robinson. Alrededor de 1647. Watson se casó con Abigail Beadle, hija de John Beadle, un ministro de Essex de convicciones Puritanas. Ellos tuvieron por lo menos 7 hijos en los siguientes 30 años; de los cuales 4 de ellos murieron jóvenes. Durante la guerra Civil, Watson comenzó a expresar sus fuerte convicciones Presbiterianas. Watson fue formalmente reincorporado a su pastorado en Walbrook en 1652. Cuando el Acto de Inconformidad se aprobó en 1662, Watson fue expulsado de su pastorado. Él continuó predicando en privado -en graneros, casas, y bosques- siempre y cuando tuviera la oportunidad. Watson obtuvo una licencia para Crosby Hall, Bishopsgate, el cual perteneció a John Langham, un líder de los no-conformistas. Watson predicó allí por 3 años antes de que Stephen Charnock se le uniera. Ellos ministraban juntos hasta la muerte de Charnock en 1680. Watson siguió trabajando hasta que su salud se vio afectada. El entonces se retiró a Barnston, en Essex, donde murió repentinamente en 1686 mientras se dedicaba en privado a orar. La profundidad de Watson en doctrina, claridad de expresión, intensidad de espiritualidad, amor en la aplicación… hacen de su reputación como excelente predicador y escritor. Fue enterrado el 28 de julio 1686.

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