Hermanos, tengamos un corazón sabio; temamos a Dios; Él promete cosas grandes y amenaza con otras terribles. Algún día finará la vida esta. Veis a diario salir hombres del mundo; la muerte puede dilatarse, ahuyentarse no. De grado, a la fuerza, la vida concluirá; suspiramos por la que no tiene fin, adonde no se pasa sino por la muerte.

No temamos, pues, lo que de todos modos ha de venir; temamos lo que, si viene y nos toma en pecado, nos arrastrará, no a la muerte temporal, sino a la eterna, de la que Dios nos libre a todos nosotros. Hombre que obras como para ser castigado y morir eternamente, ¿no recelas morir para siempre? Ese tu miedo a la muerte de acá enséñate cuánto debes temer la venidera. Temes la muerte; ¿por ventura hurtarás el cuerpo a la muerte? Lo quieras o no, necesario es que venga. Temes la muerte; más debes temer el pecado; por el pecado muere el alma, el pecado es el enemigo del alma.

Del pecado serás desatado alguna vez, el pecado se absuelve; pero desatado de los grillos corruptibles de la carne, mira no seas atado con los grillos del fuego eterno. Desatado, debes ser libre, no esclavo. Huid los fraudes, hijos de la concupiscencia, que se dice avaricia; huid los negocios torpes; la codicia es raíz de todos los males, según dice la Escritura. Guardaos de la embriaguez, guardaos del adulterio, del hurto, de la mentira, de los falsos testimonios. Guardaos de las blasfemias, de las hechicerías, de los encantamientos y de toda suerte de supersticiones. Guardaos de la usura y del interés; no tengáis compañía con quienes dan su dinero a rédito, dejadlos.

Día vendrá en que se les diga: Que vuestro dinero sea con vosotros para muerte. Vendrá el día del juicio, cuando con el dinero y por causa del dinero arderán en el fuego inapagable, donde habrá llanto y desesperación. Aquel dinero dará testimonio contra ellos. No deis ni recibáis de modo que el día del juicio hayáis de dar mala cuenta de vosotros. ¿Qué les aprovecha el dinero, que vivos han de perder o muertos han de dejar, si no es para perder el alma, que de ningún modo podrán rescatar? Como dice el santo Evangelio: ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si su alma sufre detrimento? ¿O qué dará el hombre por su alma? Guardaos, pues, hermanos míos, de la usura y del interés, y no digáis: ¿De qué viviremos? Hay otros medios de negociación.

Lo que prohíbe el decoro no queráis hacerlo, ni vivir de ello. ¡Oh miserable, oh digno de lástima, oh desdichado, atiendes a que vives de ahí y no atiendes a que mueres por ahí! ¿Y de dónde, dices, voy a vivir? Eso me lo puede también decir un alcahuete, eso puede también decírmelo un ladrón; ¿por ventura se ha de ejercer el robo o el lenocinio por vivir de ahí quienes lo ejercen? ¡Ay de los miserables que de ahí viven, pues por ahí mueren! Es preferible mendigar a vivir de lo ilícito.

Y en último caso, mejor fuera morir que, viviendo de lo ilícito, hacer lo que le ha de producir el eterno tormento. Esta muerte acaba con el dolor, aquella muerte perdura entre dolores eternos. Creed, atended, temed, absteneos de toda cosa mala, aplicaos a la palabra de Dios, gustad de oír lo que Dios quiere y lo que Dios promete a los hacedores de su voluntad. Y para hacer lo que manda, ruéguese a Dios, porque Dios ayuda.

(Serm. 33, 4)

Sobre El Autor

Agustin de Hipona

Agustín de Hipona (354-430), conocido también como San Agustín, fue, padre y doctor de la Iglesia. El «Doctor de la Gracia» fue el máximo pensador del cristianismo del primer milenio y uno de los más grandes genios de la humanidad. Autor prolífico, dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo Confesiones y La Ciudad de Dios sus obras más destacadas.

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