El secularismo siempre ha sido difícil de definir. Aunque muchas veces es proclamado con claridad algebraica, su lógica desordenada frecuentemente es tan incomprensible como el latín estropeado de los hexámetros monásticos. En la práctica, es un intento extraño de forzar un consenso cultural en el hecho de que realmente no puede existir un consenso cultural. Es la asunción sobreentendida de que una sociedad feliz y en armonía puede mantenerse por tanto tiempo sola, siempre que la creencia común (general) sea que no hay creencias comunes (generales) significativas. Es la afirmación reacia de que el único absoluto moral es el que no debe haber ningún absoluto moral. Es la afirmación descarada que el significado y propósito en la vida se puede encontrar en el sin sentido y en el sin propósito.

Los filósofos e historiadores quizás argumenten que el secularismo es el fruto inevitable del materialismo, escepticismo, pragmatismo y utilitarismo de la Ilustración (movimiento cultural).  Pero los teóricos sociales apuntan a la influencia asfixiante de la ideología tendenciosa, que ahora es evidente en todo lugar. Luchando por el control de cada disciplina académica, de cada tendencia cultural, de cada impulso intelectual, incluso de cada reavivamiento religioso de nuestro tiempo, las ideologías se han convertido en el constructo organizador de la sociedad secular. Desde el Nazismo y el Estalinismo al Pluralismo y Multiculturalismo, de Liberalismo y Conservacionismo al Monopolismo y Socialismo, la nuestra ha sido una época de movimientos cautivado por las seducciones temporales de políticas ideológicas. Prácticamente todos los historiadores sociales concuerdan que éste es de hecho uno de los aspectos más distintivos de nuestra era: la incorporación de todos los demás intereses para el surgimiento de movimientos políticos masivos basados en sistemas intelectuales extensos, seculares, universo-cerrado y milenarios. Vivimos en lo que muchos han llamado una “Era de la Ideología”, donde las políticas ideológicas conducen todo.

Casi toda pregunta, todo problema, todo dilema social ha sido y continúa siendo llevado a términos legales, económicos o políticos y provisto de soluciones burocráticas, matemáticas o sistémicas. Si hay algo malo con el clima laboral, valores familiares, asistencia médica, o educación, el gobierno debe corregir la situación. Cualquiera que sea el problema, pareciera que la política es la solución. Ese es el motivo del porqué cada elección es representada en los más rigurosos términos apocalípticos – tanto dentro como fuera de la iglesia.

El nombre del juego ideológico del secularista es el poder. Con frío desapego cualquier consideración es relegada a una farsa pirata. G. K. Chesterton observó, Existe, como elemento dominante en la vida moderna, un apetito ciego y necio por el mero poder. Existe un espíritu externo entre las naciones de la tierra que lleva a los hombres incesantemente a destruir lo que no pueden entender, y a apresar lo que no pueden disfrutar.

Esta es la cosmovisión del secularismo – y da forma a casi todo lo que pensamos y hacemos. Como Herb Schlossberg ha argumentado en “Ídolos para la destrucción”, es simplemente una forma de idolatría actualizada y americanizada. Es una cosmovisión tan amplia y dominante en nuestro tiempo como era la fe durante la época de la Cristiandad.

Y, a menos que pensemos que los Cristianos están de una u otra forma exentos del dominio asfixiante de tal secularismo, solo recuerda la retórica ideológica y feroz que dió vueltas en nuestros blogs, publicaciones en Facebook, memes, y tweets durante la más reciente elección presidencial en EEUU. Se volvió muy evidente cuando muchos de nuestros hermanos y hermanas pusieron su esperanza inmediata en la vida, si no en la muerte.

Como pastor, sé de primera mano sobre la atracción de la sirena del secularismo – de aislar herméticamente los intereses teológicos del “lado de las operaciones diarias” de administrar el ministerio. En la iglesia, ésta generalmente toma la forma de moldear el ministerio de acuerdo a “lo que funciona”. La tentación de perseguir planes, programas, y políticas fundadas en pragmatismo; el asumir que el éxito puede medirse mejor en números, en dólares, en patrones de influencia mundanos – todas éstas son trampas en las que muy fácilmente nos enredamos. Rápidamente nos volvemos más pragmáticos, personas sin principios, encontrando el poder en lo cuantificable y no en los medios de la gracia de Dios. Formamos nuestro ministerio basado en la más reciente información sociológica, innovaciones de negocio, y métodos de marketing, y no en el completo consejo de Dios.

Si somos como peces nadando en el mar secular, ¿Cómo organizamos nuestra alabanza, nuestro discipulado, nuestro ministerio al mundo sin recurrir al modo secular predeterminado? Merle d’ Aubigne nos da la respuesta: La Palabra de Dios es el único poder que puede someter la rebelión de nuestro corazón. Hay un poder en nuestra naturaleza caída que se rebela contra la verdad divina, y que ningún humano puede vencer. Ninguna enseñanza de hombre lo hará, ni siquiera la enseñanza de tu padre o tu madre. La enseñanza de la iglesia y de los más amados pastores no lo harán, ni las tradiciones deterioradas por el tiempo, la cual es la enseñanza por siglos. Todo esto no tiene poder así como el hilo más delgado para levantar el peso que nos presiona. Para que el Reino de Dios entre a nuestros corazones necesitamos un ariete que pueda derrumbar los muros más fuertes, y ese ariete es la Palabra de Dios.

En estos asfixiantes días seculares en los que vivimos, nuestro mejor recurso para combatir el secularismo en la iglesia es cantar, orar, leer, y enseñar la Palabra de Dios. Como Thomas Chalmers escribió. “La Biblia es la Carta Magna de nuestra libertad; cuando es negada, no sólo es su moralidad la que se pone en peligro; no es simplemente su virtud la que es minada; desde luego, todo lo bueno que ha causado es de esta manera despreciada. Por lo tanto, como el exhortó, “Seamos rápidos para estar en el camino de la gracia”.

 

Traducción: Mauro Arellano
Edición: Dario Sanabria
Fuente: www.ligonier.org

Sobre El Autor

George Grant

George Grant (nacido en Houston, Texas en 1954) es un escritor evangélico, y un pastor de la Iglesia Presbiteriana en América (PCA). Fue pastor de iglesias y pastor en Texas durante diez años. Luego sirvió como asistente de D. James Kennedy en la Iglesia Presbiteriana Coral Ridge y enseñó en el Seminario Teológico Knox . Después de su mudanza a Tennessee en 1991, Grant fundó el Centro de Estudio King's Meadow y Franklin Classical School en Franklin . Es el autor de más de 60 libros y cientos de artículos. Actualmente está involucrado en la plantación de iglesias en Middle Tennessee y sirve como pastor de la Iglesia Parroquial Presbiteriana en Franklin, Tennessee.

Artículos Relacionados