“Yo soy tuyo, y todo lo que tengo”.
—1 Reyes 20:4

Ya hace tiempo, querido Señor, que Tú me permitiste firmar un contrato para la edificación de una casa de oración para la honra de tu nombre. Esta mañana, sobre la mesa de mi corazón yace otro pacto, uno que de buena gana renovaré contigo, y en el cual oro que Tú pongas tu sello y tu firma. Oh mi Señor, acércate, te ruego; mírame con tu gran amor a la vez que escribo estas solemnes palabras: “Yo soy tuyo, y todo lo que tengo”, y deja que mi alma oiga tu tierna respuesta: “Te puse nombre, mío eres tú” (Is. 43:1).

No hay nada en la Tierra, oh Señor, Tú lo sabes, que yo desee tanto como estar totalmente rendida a Ti y a tu servicio. Quiero la bendición espiritual más plena que Tú consideres adecuada para mí; y para obtenerla, de buena gana entrego cuerpo, alma y espíritu —todo lo que soy y todo lo que tengo— en tus amantes manos, para que Tú reines en mí y gobiernes dentro de mí como mi Rey y Maestro absoluto.
¿Me preguntas si he considerado el costo? Sí, Señor; significa: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). Este es el costo, pero tu gracia es suficiente para cumplirlo y para llenar el corazón de tu hija de gozo indescriptible ante el pensamiento de que ella ya no se pertenece a sí misma, sino que ha sido “[comprada] por precio” (1 Co. 6:20).

“Yo soy tuyo”. ¿Quién tiene tanto derecho a mí como el que tienes Tú? Creada por Ti, pertenezco por necesidad a Aquel que me formó. Diariamente protegida por Ti, la vida que Tú mantienes debiera ser consagrada a tu servicio. Pero el vínculo más íntimo de todos es que Tú me has amado, me has redimido de la muerte, me has comprado con el precio de tu propia sangre, y de esta manera me has unido a Ti para siempre. Oh, increíble y divino amor, ¿por qué hiciste todo eso por alguien tan feo e indigno? No es sino otro ejemplo de “Sí, Padre, porque así te agradó” (Mt. 11:26), y ya que a Ti te agradó mostrar así tu misericordia, y has hecho posible que yo diga: Yo soy tuya, de manera natural se deduce que yo debiera añadir:

“y todo lo que tengo”, poniendo toda posesión y capacidad ante tus pies; ¿porque qué tengo yo, Señor, de bueno o excelente que no sea un don que Tú me has dado?
Te pido que me concedas que mi entrega sea real, práctica y completa; no solamente en palabras, sino en obras y en verdad; no simplemente una sumisión espiritual, la cual podría ser considerada fácil y agradable, sino esa constante negación del yo y de sus demandas, manteniendo el cuerpo bajo control y llevándolo al sometimiento que encuentro tan difícil lograr.

Si Tú no me has dado más que un solo talento, que sea utilizado para darte el más alto interés posible de gloria a Ti. Mi tiempo no debe desperdiciarse sin propósito o emplearse meramente en la falta de moderación, sino que cada hora debiera llevar en sus rápidas alas el testimonio de algo dicho, o hecho, o pensado para Ti, mi Maestro, o para tu servicio. Todo mi dinero te pertenece a Ti, y cada moneda debiera gastarse como ante tus ojos y con tu aprobación. Te pido que me capacites, en este sentido, para dar buena cuenta de mi administración; libérame de la maldad de considerar el dinero como un regalo para utilizarlo según mi voluntad y placer en lugar de recibirlo de Ti como un sagrado préstamo para emplearlo y gastarlo solamente para tu gloria. Sea mucho o poco lo que Tú me concedas, ayúdame a decir de corazón: Todo lo que tengo es tuyo.

Oh misericordioso Señor, recordarás que mi más querida y más preciosa posesión ya está bajo tu segura protección, y que Tú desde hace mucho tiempo me has enseñado, por medio de la triste experiencia, a medir las pérdidas terrenales según las ganancias celestiales. Sí, Señor, puedo bendecirte porque Tú no has hecho sino pasar mi tesoro a tu propia tesorería y reunir mi inestimable joya junto a tus propias insignias. “De lo recibido de tus manos te [he dado]” (1 Cr. 29:14) cuando abandoné en tus manos a ese ser tan querido que ahora está contigo en la gloria.

Querido Señor, al llevártelo a él, Tú pareces haberte llevado todo lo que tengo, de manera que ya no es una cuestión de “rendición” sino solo de tranquila y feliz sumisión, a medida que tu voluntad se revela diariamente y dirige mi trabajo y mi camino.
Señor, guárdame siempre de esta manera en el secreto escondite de tu amor “como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo” (2 Co. 6:10); ¡es un refugio muy seguro para un alma cansada y que espera, y un camino muy dichoso de ser hecho apto para la herencia venidera!

Sobre El Autor

Susannah Spurgeon

Susannah Spurgeon (1832–1903) —de soltera, Susannah Thompson— fue la esposa del famoso príncipe de los predicadores C.H. Spurgeon. Plenamente identificada con el ministerio de su marido, compartió su obra durante los treinta y seis años que duró su matrimonio. Tras la muerte de Spurgeon en 1892, escribió varias obritas de carácter devocional.

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