¿Quién conoce el poder de tu ira, Y tu indignación según que debes ser temido?
Salmos 90:11

¿Quién conoce el poder de tu ira? Moisés vio hombres morir a su alrededor, vivió rodeado de funerales, y se sentía abrumado ante las temibles consecuencias del desagrado divino. Así concluyó que nadie puede medir el alcance de la ira del Señor, ya que según sea el grado de temor, así será el sentimiento con respecto a su ira. Las personas piadosas temen la ira divina más que a nada, pero nunca vinculada terror; mientras que las personas perversas, cuando despiertan a ese sentimiento, se aterrorizan, experimentan un choque violento, aunque ese horror nunca sobrepasa los límites de la realidad, puesto que horrenda cosa es caer en las manos de un Dios encolerizado (Hebreos 10:31). Cuando la Sagrada Escritura describe la ira de Dios contra el pecado, nunca exagera, jamás utiliza hipérboles, puesto que exagerarla para enfatizarla sería no sólo impropio sino imposible. Cualesquiera que sean los sentimientos de santo temor y sagrado temblor que muevan a un corazón tierno, nunca serán excesivos; pues aparte de otras consideraciones, la realidad impresionante de la ira divina desatada en todo su ímpetu, no puede ser excesiva a la hora de impresionar y conmover la mente humana respecto a las horrendas y legítimas consecuencias que derivan de tal contemplación. ¡No hay criatura viviente capaz de concebir el alcance de la explosión de ira divina en el infierno, y que de no ser por la misericordia que la contiene, se extendería por la tierra! Algunos pensadores modernos se burlan de Milton, de Dante, de Bunyan y de Baxter, por su imaginación desatada al describir los horrores del infierno y las penas de la condenación eterna; pero lo cierto es que no hay visión de poeta ni proclama de vidente capaz de alcanzar el nivel de pavor de la ira divina, y menos aún excederla. Las descripciones que con tan negros trazos ha escrito la ficción humana sobre la ira que ha de venir son horrores atenuados y no exagerados: la imaginación se queda muy corta, todo queda por detrás de la realidad. Tened mucho cuidado todos los que olvidáis impunemente que Dios puede haceros pedazos, y que cuando suceda, no habrá quién pueda libraros. Pues fuera de sus lugares santos, Dios es terrible. ¡Recordad Sodoma y Gomorra! (Génesis 19:24-26.) ¡Recordad a Coré y sus seguidores! (Números 26:8-10.) ¡Fijaos bien en las “tumbas de los codiciosos (Números 33:16)” en el desierto! Sí, sospesad bien lo terrible del lugar donde el gusano no muere, y el fuego nunca se apaga. ¿Quién se atreve a enfrentarse a este Dios justamente airado? ¿Quién se atreverá a arremeter contra las gruesas defensas de su escudo o a tentar el filo de su espada? Seamos sensatos, y como corresponde a pecadores agonizantes, sometámonos de inmediato a este Dios eterno, que puede, incluso en este mismo instante, mandarnos al polvo y desde allí directos al infierno.

Sobre El Autor

Charles Spurgeon

Charles Haddon Spurgeon Nacio en Kelvedon, el 19 de junio de 1834 fue un pastor bautista británico. Aún es conocido por la gente como el “Príncipe de los Predicadores”. A lo largo de su vida, Spurgeon evangelizó alrededor de 10 millones de personas y a menudo predicaba 10 veces a la semana en distintos lugares. Sus sermones han sido traducidos a varios idiomas y actualmente, existen más libros y escritos de Spurgeon que de cualquier otro escritor Cristiano de la historia de la iglesia. Tanto su abuelo como su padre fueron pastores puritanos, por lo que creció en un hogar de principios Cristianos. Sin embargo, no fue sino hasta que tuvo 15 años en enero de 1850 cuando hizo profesión de fe en una Iglesia Metodista. Spurgeon fue pastor de la Iglesia Bautista denominada Metropolitan Tabernacule, de Londres durante 38 años. Fue parte de numerosas controversias con la Unión Bautista de Gran Bretaña y luego debió abandonar su título religioso. Durante su vida, Spurgeon sufrió diversos malestares físicos. Sin embargo, en 1857, fundó una organización de caridad llamada Spurgeon’s, la cual trabaja a lo largo de todo el mundo. Spurgeon fallecio el 31 de enero de 1892 en los Alpes Marítimos, Francia.

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