Quizá ya conozcas algo de la batalla cristiana, y seas un soldado probado y experimentado. Si este es tu caso, permíteme te dé, como camarada, unas palabras de aliento y de aviso. Recuerda que si deseas luchar victoriosamente debes ponerte toda la armadura de Dios y no puedes sacártela hasta la misma hora de la muerte. No puedes prescindir de ninguna pieza de la armadura. Tus lomos deben estar ceñidos de verdad y debes estar vestido de la cota de justicia; tus pies han de estar calzados con el apresto del Evangelio; debes tomar el escudo de la fe, la espada del Espíritu y el yelmo de la salvación. Todas y cada una de esas piezas te son indispensables. No hay día, ni aún hora, que ofrezca seguridad; siempre debes llevar puesta toda la armadura. Con razón podía decir un veterano soldado del ejército de Cristo que murió hace más de 200 años:

En el cielo apareceremos con vestiduras de gloria y no con una armadura.
Pero en la tierra nuestras armas deben estar con nosotros noche y día.
Debemos andar, trabajar y aun dormir con ellas, de otro modo no seremos
buenos soldados de Jesucristo.

William Gurnall  [La Armadura Cristiana]

Recordemos las inspiradas palabras de aquel gran guerrero, el apóstol Pablo: “Ninguno que milita se embaraza en los negocios de la vida; a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado“. (II Timoteo 2:4.) ¡No nos olvidemos nunca de estas palabras!

No olvidemos que algunas personas han sido buenos soldados sólo por un tiempo, y que hablaban valientemente de lo que harían y dejarían de hacer en la hora de la batalla, pero tan pronto como la señal de combate sonó, volvieron sus espaldas y huyeron. No nos olvidemos de Balaam, Judas, Demas y la mujer de Lot. Aunque seamos débiles, cuidémonos bien de ser soldados genuinos, verdaderos y sinceros.

Acordémonos de que los ojos de nuestro amante Salvador están sobre nosotros día y noche. Él no permitirá que seamos tentados más de lo que podemos soportar. Él puede compadecerse de nuestras flaquezas, porque Él mismo fue tentado en todo. Él conoce las batallas y los conflictos pues también fue asaltado por el Príncipe de este mundo. “Teniendo, pues, tan gran Pontífice, retengamos nuestra profesión.” (Hebreos 4:14.)

Recordemos que miles y miles de soldados, antes que nosotros, han peleado la misma batalla y han sido más que vencedores por medio de Aquel que les amó. Vencieron por la sangre del Cordero y también nosotros podemos vencer. El brazo de Cristo es tan fuerte ahora como antes. y su corazón también es tan amante como antes. El que salvó a tantos hombres y mujeres antes de nosotros, no ha cambiado. “Él puede salvar eternamente a los que por Él se allegan a Dios.” Abandonemos, pues, nuestras dudas y nuestros temores, y seamos “imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredaron las promesas” (Hebreos 7:25; 6:12).

Finalmente recordemos que el tiempo es corto y que la venida del Señor se acerca. Unas cuantas batallas más y sonará la trompeta, y el Príncipe de Paz vendrá para reinar en una nueva tierra. Unas contiendas más, y unos pocos conflictos más nos restan, y pronto podremos decir adiós para siempre a la batalla contra el pecado, la carne y el mundo, y nos veremos libres de dolor y muerte. Luchemos, pues, hasta el final y jamás nos entreguemos. Estas son las palabras de nuestro Capitán: “El que venciere, poseerá todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo“. ( Apocalipsis 21:7.)…

¡Que nunca nos olvidemos de que sin lucha no
hay santidad durante la vida, ni corona
de gloria al morir!

Sobre El Autor

J. C. Ryle

John Charles Ryle, nació en Inglaterra en el año 1816. Sus padres fueron John y Susana Ryle. Terminó sus estudios en las Universidades de Eton y Oxford donde, además de adquirir una buena educación, Su conversión tuvo lugar en el año 1837 después de haber quedado fascinado por una lectura en público del capítulo dos de Efesios Esto es lo que Ryle oyó: “Porque por gracia habéis sido salvados — por medio de la fe — y esto no de vosotros — sino que es don de Dios”. La justificación por la fe, la verdad que transformó a Lutero tuvo el mismo efecto sobre Ryle. En el año 1880, después de cuarenta años en el ministerio, cuando ya tenía sesenta y cuatro años, fue nombrado primer obispo de la populosa ciudad de Liverpool. Allí, Ryle trabajó arduamente e hizo mucho bien hasta que no pudo más y renunció a la edad de ochenta y tres años, unos cuantos meses antes de su muerte, el diez de junio del año 1900.

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