Piensa por un momento: ¿Cuáles pecados tiendes a minimizar? ¿Los de tus amigos? ¿Los de tu cónyuge? ¿Los de tus vecinos? ¿Los de tu familia política? ¿Los de tu papá o tu mamá? ¿Los de tu jefe?

Para muchos de nosotros, no es que no subestimemos los pecados de otros. No, tendemos a hacer lo opuesto. Normalmente estamos muy concentrados en los fracasos de los demás. Encontramos muy sencillo apuntar a sus defectos. Todos somos tentados a llevar un registro continuo de los pecados específicos de las personas a nuestro alrededor.

Si somos honestos, la mayoría de nosotros confesaríamos humildemente que tendemos a estar más preocupados por los pecados de las personas a nuestro alrededor que por los nuestros. Tendemos a ser muy conscientes de las debilidades de los que están a nuestro alrededor mientras estamos ciegos a nuestros propios pecados.

Por esta razón, se nos olvida que somos muy parecidos a ellos, hay pocas cosas que podemos ver en la vida de los demás que no están presentes en nuestras propias vidas. Ahora, no está bien esta dinámica negativa de preocupación externa/interna. La ceguera frente a tus propios pecados es negar la presencia de una necesidad espiritual. Tal negación siempre conduce a una devaluación y a una resistencia a la gracia de Dios.

Negar la necesidad de la gracia y subestimar el poder de lo que la gracia puede hacer nunca conduce a nada bueno. He aquí el problema —de este lado de la eternidad somos muy buenos haciendo ambas cosas. Somos muy buenos en ver nuestro pecado y minimizarlo, y tendemos a degradar la gloria de lo que la gracia ha hecho, está haciendo y hará. Las personas que niegan el pecado tienden a no conquistarlo progresivamente, y las personas que devalúan la gracia tienden a no correr hacia ella por ayuda.

De lo que estamos hablando es sobre los dos lados de una saludable vida cristiana. Confiesas que aunque estás en Cristo, la presencia del pecado sigue estando dentro de ti. Sin embargo, está siendo progresivamente derrotada y humildemente aceptas el hecho de que Dios te ha entregado la gloriosa gracia que puede hacer por ti lo que tú, por ti mismo, no puedes.

La aceptación del pecado no te lleva a un sitio oscuro y deprimente, porque sabes que se te ha dado una gracia mayor que tu pecado, y tu celebración de la gracia es real y cordial porque se realiza en el contexto de tu confesión de cada pecado que la gracia encuentra.

La confesión de pecados sin la celebración de la gracia nos lleva a la culpa, al odio por uno mismo, a la timidez y a la parálisis espiritual. Aceptar la gracia sin aceptar el pecado nos dirige a una teología de “siempre estoy en lo correcto”, pero no lleva a un cambio en tu corazón ni en tu vida. Así que hoy deja de minimizar el pecado, rechaza la tentación de desmeritar la gracia, y corre a Jesús.

Para profundizar y ser alentado: 1 Juan 2:1-17

Sobre El Autor

Paul David Tripp

Paul David Tripp es pastor, autor y conferencistas. Él es el presidente de los Ministerios Paul Tripp y trabaja para conectar el poder transformador de Jesucristo a la vida cotidiana. Esta visión ha llevado a Paul a escribir 17 libros sobre la vida cristiana, producir 14 series de enseñanza y viajar alrededor del mundo hablando en eventos. La pasión motriz de Paul es ayudar a la gente a entender cómo el evangelio de Jesucristo habla con esperanza práctica en todas las cosas que la gente experimenta en este mundo roto.

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