1. Es terrible ver que muchos que se jactan de ser cristianos, en lugar de anhelar la muerte, están tan llenos de temor que tiemblan aun a su sola mención, como si fuera la mayor calamidad que pudiese caer sobre ellos. No deberíamos de sorprendernos si nuestros sentimientos naturales se pusieran en actitud de alarma al oír hablar de nuestra separación de esta vida. Sin embargo, es intolerable que no haya suficiente luz y devoción en el corazón del cristiano para suprimir todo ese temor con una consolación que lo sobrepase por amplio margen. Si consideramos que este cuerpo inestable, depravado, corruptible, desdeñable, frágil y corrupto será deshecho, para que pueda luego ser restaurado y transformado en uno perfecto, eterno, incorruptible y lleno de gloria celestial, ¿no debería, entonces, nuestra fe inducirnos a desear ardientemente aquello que nuestra mente natural tanto teme? Si recordamos que por medio de la muerte somos llamados de vuelta del exilio a nuestro verdadero hogar, ¿no se llenará nuestro corazón de consolación?

2. Pero, como se ha dicho, no hay nada en este mundo que no quiera ser permanente. Por esta misma razón, hemos de mirar adelante hacia la inmortalidad futura, donde podremos obtener una estabilidad de vida tal como no es posible encontrar en esta tierra. Pablo enseña claramente a los creyentes a tener un santo anhelo con respecto a la muerte, no para ser despojados de este cuerpo, sino para ser vestidos con las nuevas vestiduras de la inmortalidad. ¿Es posible que los animales, y el resto de la creación, apercibidos de su vanidad presente, estén aguardando la resurrección de aquel día para ser librados de la vanidad junto con los hijos de Dios; y nosotros, dotados de la razón y con la luz superior del Espíritu Santo y conscientes de nuestra existencia futura, no seamos capaces de elevar nuestras mentes por encima de la corrupción de este mundo?

3. Sin embargo, no creo necesario o aconsejable para mi propósito presente discutir contra una ridiculez tan extrema como el miedo a la muerte. En el principio ya he declarado que no entraría en una discusión complicada sobre los tópicos vulgares. Yo persuadiría a esos corazones temerosos a que leyeran el tratado de Cipriano sobre la Mortalidad, a menos que merezcan hablar con los filósofos, para que se sonrojen cuando descubran cómo los paganos desprecian a la muerte. Declaramos, pues, positivamente, que nadie ha hecho ningún progreso en la escuela de Cristo, a menos que espere gozosamente el día de su muerte y de la resurrección final.

4. Pablo pone esta señal en todos los creyentes, y cuando la Escritura desea darnos un motivo para que sintamos un auténtico gozo, nos llama a menudo la atención hacia ella. “Erguíos y levantad vuestra cabeza”, nos dice el Señor, “porque vuestra redención está cerca.” ¿Es razonable esperar que las cosas que el Señor planeó para que nos den felicidad y nos eleven a un éxtasis espiritual sean motivo de pena y consternación? Si éste es nuestro caso, ¿por qué, entonces, seguimos gloriándonos en Él como nuestro Maestro? Volvamos, pues, a un sano juicio, soportando la oposición de los ciegos y necios deseos de nuestra carne. No dudemos en anhelar ardientemente Su segunda venida, como el acontecimiento más deseable e inspirador de todos. No solamente hemos de desear la venida de nuestro Señor, sino gemir y esperar (el día del juicio).

5 Él vendrá otra vez como un Salvador, para librarnos de este torbellino sin fin de maldades y miserias, y nos guiará a la herencia bendita de Su vida y gloria. Ver 2Cor. 5:4; Tit. 2:13; Luc. 21:28.

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l’Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l’Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

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