El Evangelio no es una doctrina de meras palabras, sino de vida

Este es el lugar adecuado para dirigirme a los que no tienen de Cristo más que un título exterior, y con ello quieren ya ser tenidos por cristianos. ¡Qué atrevimiento tienen al jactarse del santo nombre de Cristo, puesto que nadie está en relación con él son conocerle verdaderamente por la palabra del evangelio! Pablo niega que nadie puede de veras conocer a Cristo, sino el que ha aprendido a despojarse “del hombre viejo, que está viciado conforme a los deseos engañosos“, para revestirse del nuevo, que es Cristo (Ef. 4. 20-24).

Se ve pues claro, que estas personas afirman falsamente y con gran injuria de Cristo que poseen el conocimiento del mismo, por más que hablen del Evangelio; porque el Evangelio no es doctrina de meras palabras, sino de vida, y no se aprende únicamente con el entendimiento y la memoria, como las otras ciencias, sino que debe poseerse con el alma, y asentarse en lo profundo del corazón; de otra manera no se recibe como se debe. Dejen, pues, de gloriarse con gran afrenta de Dios, de lo que no son; o bien, muestren que de verdad son dignos discípulos de Cristo, su Maestro.

Hemos concedido el primer puesto a la doctrina en la que se contiene nuestra religión. La razón es que ella es el principio de nuestra salvación. Pero es necesario también, para que nos sea útil y provechosa, que penetre hasta lo más íntimo del corazón, a fin de que muestre su eficacia a través de nuestra vida, y que nos transforme incluso, en su misma naturaleza. Si los filósofos se enojan, y con razón, y arrojan de su lado con grande ignominia a los que haciendo profesión del arte que llaman maestra de la vida, la convierten en una simple charla de sofistas, con cuánta mayor razón no hemos de abominar nosotros de estos charlatanes, que no saben hacer otra cosa que engañar y se contentan simplemente con tener el Evangelio en los labios, sin preocuparse para nada de él en su manera de vivir, dado que la eficacia del Evangelio debería penetrar hasta los más íntimos afectos del corazón, debería estar arraigada en el alma infinitamente más que todas las frías exhortaciones de los filósofos, y cambiar totalmente al hombre.

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l’Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l’Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

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