“Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar,
levantando manos santas…”
1 Timoteo 2:8

La primera condición para la oración es que debemos levantar “manos santas“. No nos referimos ahora a la postura en la oración, ni tampoco al hecho de que los judíos generalmente oraban de pie elevando sus manos a Dios. No nos detendremos en el hecho de que era una costumbre judía lavarse las manos antes de tomar parte en un acto de adoración. Eso era un mero símbolo exterior utilizado para enfatizar el principio que el apóstol desea destacar. Las manos limpias, las “manos santas” indican y representan un carácter santo. Eso siempre debe ser lo primordial al acercamos a Dios. “La santidad sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14).” “Muy limpio eres de ojos para ver el mal” (Hab. 1: 13). Nada hay más contrario a toda la enseñanza de la Biblia como la premisa de que cualquiera en cualquier momento, sin reunir condición alguna, puede acercarse a Dios en oración. En verdad, el primer efecto del pecado y el principal resultado de la caída, fue quebrar la comunión que existía entre Dios y el hombre. El hombre, por medio del pecado, perdió el derecho de acercarse a Dios y en verdad, dejado a sí mismo jamás podría acercarse. Pero Dios en su maravillosa gracia abrió el camino para que el hombre se acerque a Él. Ese es el significado de toda la enseñanza acerca de las ofrendas y los sacrificios en el Antiguo Testamento, como también del ceremonial del tabernáculo, del templo, y el sacerdocio aarónico. Sin estas cosas el hombre no puede acercarse a Dios. Podemos tener comunión con Él sólo de este modo y de acuerdo a lo que Él ha dictaminado. No hay otro acceso. Pero más allá de todo lo que encontrarnos en el Antiguo Testamento, el pleno significado de su venida, y de la vida, muerte, resurrección y ascensión de nuestro bendito Señor es que nos proveen de un “camino nuevo y vivo” (He. 10:20) a la misma presencia de Dios. “Yo soy el camino, la verdad, y la vida, nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). Es evidente, por tanto, que lo primero que tenemos que considerar cuando nos acercamos a Dios en oración es nuestro propio pecado.

La primera pregunta debe ser: “¿Cómo puedo acercarme a Dios? ¿Qué derecho tengo de hacerlo? Para el cristiano la respuesta surge de inmediato y es que por “la sangre de Jesucristo” hay propiciación por nuestro pecado y nos limpia permitiendo que nos acerquemos a Dios. Pero eso no significa que porque hemos creído en Cristo podemos vivir como nos place y encontrar que el camino a Dios está abierto. Transgredimos, somos pecaminosos y por tanto necesitamos arrepentirnos y pedir perdón nuevamente. El arrepentimiento no es mera tristeza por el pecado, ni es sólo remordimiento. Es una tristeza divina que incluye un elemento de odio al pecado y una determinación de abandonarlo y vivir una vida santa. En otras palabras, comprender esta necesidad de limpieza y esta determinación de mantener nuestras “manos santas” son esenciales para acercamos a Dios y evidentemente tienen prioridad en toda cuestión relacionada con respuestas a nuestra oración.

Esto se enfatiza con frecuencia en la Biblia. ¿Recordamos las palabras del salmista? “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Sal. 66:8). Significa que si abriga pecado en su corazón y rehúsa dejar de lado ese pecado en verdad no tiene derecho de esperar que Dios escuche su oración. Si su propio corazón le condena “el que escudriña los corazones” (Ro. 8:27), por cierto lo hará también. Tomemos otra ilustración. ¿Recordamos esas palabras significativas que Dios habló en Jeremías 15:1? Jeremías estaba orando por su pueblo y esto es lo que Dios le dijo: “Si Moisés y Samuel se pusieran delante de mí, no estaría mi voluntad con este pueblo; échalos de mi presencia, y salgan“. ¿Por qué Moisés y Samuel? Porque eran hombres santos. Es como si Dios dijera a Jeremías: “Si los mejores hombres que jamás han rogado ante mí por este pueblo pidieran, no podría concederles su petición“. Hay un pasaje similar en Ezequiel 14: 14 donde leemos: “Si estuviesen en medio de ella estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas, dice Jehová el Señor“. Nuevamente la explicación es la misma.

Hay una hermosa ilustración del mismo punto en el relato de la sanidad del ciego en el capítulo 9 del evangelio de Juan. El hombre que había sido sanado era examinado e interrogado por los fariseos y estaban procurando que dijera que Jesús no podía haberle sanado porque Él era “un pecador“. El hombre responde: “Sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye” (Jn. 9:31). Con el mismo énfasis, recalca nuevamente la vital importancia y necesidad de “manos santas” si queremos que nuestras oraciones sean contestadas. Recordamos también la conocida frase de Santiago 5:16: “La oración eficaz del justo puede mucho”. Un espíritu ferviente y un deseo profundo no son suficientes. Es el “justo” que tiene derecho de esperar los resultados que desea. Las promesas de Dios nunca están exentas de condiciones. Dios no nos ha prometido concedernos todas nuestras peticiones incondicionalmente; y la primera condición siempre es ésta de “manos santas“. Es sólo al procurar conformar nuestras vidas a su patrón y decidir vivir de acuerdo con su santa voluntad que verdaderamente tenemos derecho de orar a Dios y de llevar nuestras peticiones ante su trono. ¿Todavía nos sentimos con derecho a hacer preguntas acerca de Dios y de por qué no ha respondido a nuestras oraciones?

Sobre El Autor

Martyn Lloyd Jones

David Martyn Lloyd-Jones (20 diciembre de 1899 – 1 marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en el la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Artículos Relacionados