“…para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” (Santiago 1.4b)

Nadie que haya experimentado la salvación puede negar que la vida cristiana sea maravillosa. Ser partícipes de toda clase de bendiciones, como declara Pablo “…que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” es algo que jamás imaginamos vivir. Disfrutar el gozo de la salvación, a través de la obra de Cristo, es una tarea imposible de dimensionar, menos de explicar con palabras. Más aun, haber recibido la promesa del Espíritu Santo como garantía de la obra de Dios para que seamos su pueblo (Efesios 1:14) permite que tengamos plena esperanza de cara al futuro. La experiencia diaria de la buena providencia de Dios, el compañerismo fraternal con los diferentes miembros del cuerpo de Cristo, sólo confirma que la vida cristiana ¡es simplemente maravillosa!

Sin embargo, en nuestro andar con Cristo experimentamos diversas circunstancias que nos causan dolor y tristeza, que aparentemente contradicen la existencia dichosa que debiéramos vivir. Situaciones que llegan a nuestra vida de forma inoportuna, transformándose en momentos traumáticos, que muchas veces nos pueden llevar a una crisis emocional y espiritual. Los sentimientos de vulnerabilidad se hacen cada vez más patentes. Es como si todos nuestros temores se hicieran realidad. Desde una perspectiva desenfocada y desesperada muchas de las “frases bíblicas” que hablan de la victoria y del gozo cristiano, simplemente dejan de tener sentido para quien no tiene una concepción correcta de lo que está experimentando. Textos como “Jehová es mi pastor; nada me faltará” pareciera ser una frase de humor negro para un hogar que está pasando una difícil situación económica. La frase “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado” se acerca más a una oda a la burla para una familia a la que han asaltado su hogar y le han llevado todas sus pertenencias. Algunos que pueden leer la frase “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” le pierden el sentido a la misma cuando sus vidas parecen caer en un abismo profundo de inseguridad.

Al igual que hoy, los cristianos del primer siglo se sentían consternados frente a las dificultades que debían sobrellevar. Las persecuciones, el boicot económico, las enfermedades, etc. los hacía dudar si realmente Dios estaba con ellos. Frente a esta disyuntiva los escritores sagrados respondieron que estas circunstancias no deberían ser motivo de sorpresa, es más debían esperarlas, ya que son parte de la vida cristiana. Así Pedro afirma “…aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas” (1Pedro 1.6) que repite más adelante: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese” (1Pedro 4.12). Por otro lado Pablo, preocupado por la difícil situación que pasaba la iglesia de Tesalónica, les exhorta: “… a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puestos.” (1Ts. 3.3) y recordándoles que ya les había advertido sobre esto: “Porque también estando con vosotros, os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones, como ha acontecido y sabéis.” (1Ts. 3.4). Por otro lado, Santiago enseña que las pruebas son parte de la vida cristiana, que son diversas y si bien, estas son predecibles, caemos en ellas de manera sorpresiva: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1.2); el término “os halléis” (Santiago 1.4) es el mismo que aparece en Lucas 10.30 “…y cayó en manos de ladrones…”

Así, a pesar de saber que las pruebas son inherentes a la vida cristiana, no podemos vislumbrar el momento exacto cuando estas llegarán. Caemos en medio de ellas sorpresivamente, sin previo aviso, de manera que nuestra tranquilidad no sólo se ve trastornada por lo inesperado de las pruebas, sino que además por la variedad con la cual nos rodean (diversas pruebas). Así que, el ser cristiano no nos garantiza una vida sin problemas. No nos exime del sufrimiento. Las enfermedades, problemas económicos, crisis familiares, persecución, etc., también son parte de nuestras vidas.

Otro problema es que a pesar de que el sufrimiento es una realidad en la vida del creyente, el tiempo que estas duran, siempre es algo que nos perturba, especialmente cuando nos vemos afectados por situaciones dolorosas que, a nuestro parecer se prolongan más allá de nuestras expectativas. Esta perplejidad nos lleva a la desesperación, ya que nos cuesta aceptar que los tiempos de Dios, no son iguales a los nuestros. Vivimos en el mundo de lo instantáneo, inmersos en una sociedad que no está acostumbrada, ni tiene la voluntad de esperar. Incluso la vida de iglesia se ha vuelto tan vertiginosa con todas sus actividades semanales, que poco tiempo tiene para la reflexión. Lo contradictorio de toda esta situación, es que, generalmente nos quejamos cuando vemos que nuestro sufrimiento se extiende más allá de lo que estamos dispuestos a soportar, sabiendo que la paciencia es una virtud que día a día estamos promoviendo. 

La actitud que adoptemos frente a las pruebas, condicionarán nuestra visión sobre ellas. El tenor del Nuevo Testamento es que, las pruebas deben ser recibidas con gozo, porque son parte de la vida cristiana y están diseñadas para fortalecer nuestra fe “…tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Santiago 1.2), “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia” (Romanos 5.3), “en lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas” (1 Pedro 1.6). Es verdad que puede ser difícil para nosotros entender lo contradictorio de esta declaración. Nos preguntamos cómo podemos gozarnos en la muerte de un ser querido, o la pérdida del trabajo, o la enfermedad, cualquiera sea esta. La verdad es que no nos gozamos en las circunstancias como tal, sino en el resultado que traerán las pruebas a nuestras vidas. Por lo que este gozo no nos impide llorar la partida de un ser querido. Tampoco evita que nos sintamos abatidos por diferentes circunstancias que nos ocasionen dolor. El gozo no es una simple emoción de júbilo o contentamiento, sino, la certeza de ver la mano de Dios en todos los ámbitos de nuestra vida, aún si estas nos traen sufrimiento. Es el resultado de verse dentro de la voluntad de Dios, independiente de las circunstancias que estemos viviendo. El gozo no es ausencia de aflicción y sufrimiento, sino una proyección hacia la eternidad, que nos permite soportar los vaivenes de esta vida. Y cuando hablamos de “proyección hacia la eternidad” no nos referimos a un futuro distante; incierto; lejano; sino, a nuestro presente, nuestra vida “aquí y ahora”. Lo que somos en Cristo es de naturaleza eterna y lo que vivimos aquí en este tiempo tiene repercusiones eternas. El gozo es la virtud que el Espíritu Santo nos da, que nos permite decir junto a Pablo “como entristecidos, más siempre gozosos; como pobres, más enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, más poseyéndolo todo” (Colesenses 1.24).

Por lo tanto, las pruebas son la senda a la perfección “sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” (Santiago 1.3-4) Aunque esta vía no siempre es agradable para nosotros, sabemos que es un camino seguro. Las pruebas nos hacen saber que no tenemos el control de las circunstancias. Por lo que ya no confiamos en nuestras fuerzas sino, en la fuerza del Señor, “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu” (Zacarías 4.6). De esta manera lo que debe producir las pruebas en nosotros, es que si bien, no tenemos el control de la situación, sí la tiene nuestro Señor. Esta confianza que depositamos sólo en Él, es la seguridad que tenemos de que pase lo que pase, Dios está con nosotros.

Sin embargo, hay quienes ven en las diferentes vicisitudes de la vida la ocasión para propagar enseñanzas que lejos de bendecir al pueblo de Dios, los hunden cada vez más en el fango de la desesperación. Lamentablemente algunos promueven la negativa de aceptar un no de parte de Dios. Con esto me refiero a aquellos movimientos de fe, prosperidad y sanidad. Ellos han creado a un “dios genio” capaz de conceder nuestros deseos en que las propias ambiciones de las personas están por sobre los propósitos de Dios. Por lo que es más importante lo que yo quiero y no lo que Dios quiere para mí. En estos círculos existe un juicio crítico a cualquiera que diga “si es tu voluntad”. La sola mención de esta frase es vista como un signo de debilidad y poca fe. Como si la victoria de fe solo fuese recibir aquello que tanto anhelamos, actitud tan fuertemente repudiada por la Escritura, “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” (Santiago 4.3) El triunfo de la fe, no sólo se da cuando recibimos sanidad o cuando somos prosperados, sino que surge cuando permanecemos en Cristo, a pesar de no recibir aquello que tanto esperamos. Debemos tener en cuenta que no siempre recibiremos de parte de Dios aquello que tanto deseamos, pero si podemos tener la certeza que Él nos dará lo necesario para nuestra madurez espiritual, aunque lo “necesario” incluya momentos de dolor y sufrimiento.

Generalmente muchos colocan como ejemplo a Job. Este patriarca justo e íntegro que se vio envuelto en una seguidilla de pruebas que lo llevaron prácticamente a la miseria. El punto es que, después de todo el peregrinaje de sufrimiento, él es reivindicado por Dios. El Señor no sólo le restaura, sino que le da el doble de lo que había poseído. Por esta razón muchos enseñan que no importa cuál sea la pérdida (generalmente material), el Señor devolverá el doble (Job 42.10). El problema con esta interpretación es que ignora el tiempo que transcurre desde el comienzo de las pruebas hasta su reivindicación. Si consideramos esto detalladamente, realmente pudo haber pasado muchos años. Por otro lado, y este es el gran problema, es que sólo enfatiza la reivindicación en términos materiales. Ignorando que la principal bendición que Job tuvo en este proceso no fue haber recibido el doble de lo que poseía, sino que conocer a Dios como nunca antes lo había hecho “De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, Y me arrepiento en polvo y ceniza.” (Job 42. 5-6). Si Job no hubiera sido sometido a esta experiencia de dolor, él nunca habría podido dimensionar la profunda realidad de Dios.

Aunque parezca contradictorio tengamos en cuenta que el sufrimiento, también es un tiempo de bendición. El paso por el valle de sombra es la experiencia que el Señor nos da para dimensionar de una manera profunda su grandeza. El propósito de las prueba no es alejarnos de Dios, sino acercarnos a Él; no pretenden debilitar nuestra fe, sino fortalecerla. No buscan disminuirnos, sino que procuran nuestro crecimiento espiritual. Finalmente, las pruebas probarán lo genuino de nuestra fe.

“La virtud es como los buenos olores; son más fragantes cuando arden o son machacados, porque la prosperidad es lo mejor para descubrir el vicio, pero la adversidad es lo mejor para descubrir la virtud.” -Francis Bacon.


Edición: Natalia Solórzano

Sobre El Autor

Carlos Aguilar Piutil. Pecador redimido por gracia. Chileno, nacido en la ciudad de Punta Arenas. Casado con Alba Vargas A.Obtuvo un Bachillerato en teología en el Instituto Teológico Interdenominacional de la Patagonia.. Actualmente reside en la ciudad de Puerto Montt.

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