La victoria es la evidencia más satisfactoria de que tu profesión de fe es genuina. Quizá te deleitas en la buena predicación, lees la Biblia, diriges el culto familiar y contribuyes con tus donativos a la obra misionera. Todo ésto está muy bien, y gracias a Dios que sea así; ¿pero cómo va la batalla? ¿Cómo se desarrolla el gran conflicto? ¿Estás venciendo el amor al mundo y el temor del hombre? ¿Estás conquistando las pasiones, impulsos e inclinaciones de tu propio corazón? ¿Resistes al diablo y le haces huir de ti? ¿Cómo va la batalla? No hay otra alternativa: o tu gobiernas sobre el pecado, el mundo y el diablo, o eres esclavo de los tales. En esto no hay término medio. O tú conquistas, o tú pierdes.

Bien se que es una batalla muy dura de librar, y quiero que tú también lo sepas. Debes pelear la buena batalla de la fe, y sufrir penalidades, para conseguir la vida eterna. Cada día has de ser consciente de que habrás de luchar. El hombre ha inventado caminos cortos y fáciles, pero el único que lleva al cielo es la antigua senda cristiana, el camino de la cruz, el camino del conflicto. Hay que mortificar, resistir, y vencer al pecado, el mundo y el diablo. Este es el camino por el cual los santos de antaño andaron, y bien alto dejaron su testimonio. 

Al rehusar los placeres del pecado en Egipto, y escoger, a cambio, las aflicciones con el pueblo de Dios, Moisés venció; venció al amor a los placeres.

Al negarse a profetizar cosas agradables ante el rey Acab, aún sabiendo que sería perseguido por decir la verdad, Micaías venció; venció al amor a la vida fácil. Daniel venció al negarse a abandonar la oración, aún sabiendo que le esperaba el foso de los leones. Venció al temor a la muerte. Mateo venció al levantarse de la mesa de los públicos tributos y seguir a Jesús, abandonándolo todo. Venció al amor al dinero. Pablo venció, cuando abandonando todas las ventajas y ganancias entre los judíos, predicó a aquel Jesús que antes de su conversión había perseguido. Venció al amor a la alabanza humana.

Y si tú deseas ser salvo, debes hacer las mismas cosas que hicieron estos hombres. Ellos eran hombres con las mismas pasiones que nosotros, sin embargo vencieron. Tuvieron tantas pruebas como tú puedes tener, sin embargo vencieron. Ellos lucharon, pelearon y se esforzaron. Tú debes hacer lo mismo.

¿Dónde estaba el secreto de su victoria? En su fe. Creyeron en Jesús, y creyendo se hicieron fuertes y se mantuvieron firmes. En todas sus batallas fijaron sus ojos en Jesús, y Él nunca los abandonó ni los desamparó. “Ellos han vencido por medio de la sangre del Cordero, y de la palabra del testimonio.” (Apocalipsis 12:11.) Y de la misma manera puedes vencer tú. Por la gracia de Dios, decídete a ser un cristiano vencedor.

Sobre El Autor

J. C. Ryle

John Charles Ryle, nació en Inglaterra en el año 1816. Sus padres fueron John y Susana Ryle. Terminó sus estudios en las Universidades de Eton y Oxford donde, además de adquirir una buena educación, Su conversión tuvo lugar en el año 1837 después de haber quedado fascinado por una lectura en público del capítulo dos de Efesios Esto es lo que Ryle oyó: “Porque por gracia habéis sido salvados — por medio de la fe — y esto no de vosotros — sino que es don de Dios”. La justificación por la fe, la verdad que transformó a Lutero tuvo el mismo efecto sobre Ryle. En el año 1880, después de cuarenta años en el ministerio, cuando ya tenía sesenta y cuatro años, fue nombrado primer obispo de la populosa ciudad de Liverpool. Allí, Ryle trabajó arduamente e hizo mucho bien hasta que no pudo más y renunció a la edad de ochenta y tres años, unos cuantos meses antes de su muerte, el diez de junio del año 1900.

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