Jesús dijo: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3 RVR60). Jesús es claro, que si una persona de este mundo quiere ser admitida en este reino -en el reino de los cielos- esta debe ser convertida. En pocas palabras, la conversión es absolutamente necesaria para entrar en el reino de Dios.

¿Qué significa la palabra conversión? En el sentido bíblico, la conversión significa volverse de una cosa hacia otra -un cambio (o giro en derredor) espiritual volviéndose del pecado en arrepentimiento hacia Cristo en fe. Es un abandono dramático de un camino para perseguir uno nuevo completamente. Que implica darle la espalda al sistema del mundo y sus valores anti-Dios. Que supone un abandono a la religión muerta y a la auto-justicia. Y que implica un completo giro, un giro de 180° grados (cambio radical de postura), con el fin de entrar por la puerta estrecha que conduce a la vida.

La conversión también implica la idea de un cambio de dirección. Una verdadera conversión altera radicalmente la dirección de la vida de alguien. No es un cambio parcial en donde uno es capaz de extenderse a ambos lados de la cerca entre dos mundos. No es un cambio superficial, una mera modificación en la fachada exterior de la vida de una persona. La conversión no es un cambio gradual que ocurre sobre un periodo de tiempo, como la santificación. En cambio, una genuina conversión es mucho más profunda en el alma de una persona. Es una ruptura decisiva con los viejos patrones del pecado y el mundo, y el abrazo (o adopción) de la nueva vida en Cristo por fe.

La conversión espiritual es tan profunda que implica muchos cambios en una persona. Implica un cambio de mente, el cual es un cambio intelectual; y un cambio de parecer, una nueva comprensión de Dios, de sí mismo, del pecado, y Cristo. Implica un cambio de afectos, el cual es un cambio emocional, un cambio de sentimientos, dolor (pena) por el pecado cometido contra un Dios Santo y Justo. Implica un cambio de voluntad, el cual es un cambio volitivo (del libre albedrío), un abandono intencional del pecado, volviéndose a Dios a través de Cristo para buscar perdón. La persona entera -mente, afectos y voluntad- es radicalmente, completamente y totalmente cambiada en la conversión.

Teológicamente hablando, la regeneración y la conversión son las dos caras de la misma moneda. La regeneración es la actividad soberana de Dios por el Espíritu Santo en el alma de uno que espiritualmente está muerto en sus delitos y pecados. La regeneración es la implantación de nueva vida en el alma. La regeneración da la gracia del arrepentimiento y fe. En el otro lado de la moneda, la conversión es la respuesta de uno que es regenerado. El estimado pastor Ingles D. Martyn Lloyd-Jones dijo: “La conversión es el primer ejercicio de la nueva naturaleza dejando las anteriores maneras de vivir y comenzando una vida nueva. Es la primera acción del alma regenerada de pasar de algo a algo.” La regeneración antecede y produce la conversión. Hay una relación de causa y efecto entre estas dos. La regeneración es la causa, y la conversión es el efecto. Poniéndolo de otra manera, la regeneración es la raíz y la conversión es el fruto.

Afirmar la verdadera conversión implica que hay también una falsa conversión. En términos simples, Hay (existe) tal cosa como la fe que no salva. “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. (Mt.7:21 RVR60).” Las personas pueden conocer la verdad y pueden haber sentido el dolor en cuanto a sus pecados, pero que es un dolor ególatra (o falso) por lo que sus pecados les han causado sufrir, y no como que ha ofendido a un Dios Santo. El más claro ejemplo de una conversión falsa que tenemos en las Escrituras es el de Judas Iscariote. En una falsa conversión, no hay ninguna muerte a sí mismo, ninguna sumisión al Señorío de Cristo, sin tomar una cruz, sin ninguna obediencia en seguir en Cristo, y sin ningún fruto de arrepentimiento -solo palabras vacías, afectos superficiales, y actividades religiosas estériles. Por el contrario, con una verdadera conversión, el pecado es aborrecido, el mundo abandonado, el orgullo aplastado, a sí mismo rendido, la fe ejercitada, Cristo visto como algo precioso, y la Cruz abrazada como una única esperanza salvadora.

Todo el propósito de la conversión es traer al hombre y la mujer en una relación correcta con Dios. Esto es el por qué Cristo vino, y es la razón por la cual Él murió. Fue Dios quien estaba “en Cristo reconciliando consigo al mundo (2 Cor.5:19 RVR60).” La conversión es la necesidad auténtica del alma. Y hasta que la vida de alguien sea girada del pecado a Cristo, todo lo demás no importa.


Fuente: Ligonier.org
Traducción: Elioth Fonseca
Edición: Lupita Anaya
Imagen: Lightstock

Sobre El Autor

Steven Lawson

Es Director del Programa de Doctorado para el Ministerio; Tiene un B.B.A, de la Universidad Tecnológica de Texas; Th.M, del Seminario Teológico de Dalla; y D. Min, del Seminario Teológico Reformado. El Dr. Steven J. Lawson es el presidente y fundador de OnePassion Ministerios. El Dr. Lawson ha servido como pastor durante treinta y cuatro años en Arkansas y Alabama. Más recientemente, él era pastor de la Iglesia Bautista Christ Fellowship en Mobile, Alabama.

Artículos Relacionados