La seguridad de fe debe desearse por cuanto hace del creyente un cristiano activo. En general, los que hacen más por Cristo son aquellos que gozan de una plena confianza de salvación. El creyente que no tiene seguridad de salvación, empleará la mayor parte de su tiempo escudriñando su corazón y considerando su estado espiritual. Tal como sucede con la persona hipocondríaca, este creyente se sumergirá en sus dolencias, en sus dudas, en sus interrogantes, en sus luchas, en sus conflictos y en su propia corrupción. Es decir, estará tan preocupado con su pelea espiritual, que no le sobrará tiempo para otras cosas ni para hacer un poco de obra para el Señor.

Pero el creyente que, como Pablo, goza de una plena seguridad de salvación, se verá libre de todas estas incómodas distracciones. Su alma no se verá atormentada con dudas sobre su perdón y aceptación delante de Dios; considerará su salvación como algo decidido y estable. Y no podría pensar ni sentir de otro modo, pues el pacto eterno está sellado con la sangre de Cristo; la obra de la redención es perfecta y acabada, y jamás una palabra de su Dios y Salvador ha dejado de cumplirse. Su salvación es un hecho, y en consecuencia puede conceder una atención especial a la obra del Señor aumentar sus esfuerzos para la causa de Su reino.

Para ilustrar lo dicho, imaginémonos a dos emigrantes ingleses que se han establecido en Nueva Zelanda o en Australia, y a los cuales el gobierno les ha concedido en propiedad sendas extensiones ·de terreno para cultivar. La posesión de estas propiedades viene respaldada por un documento público y oficial, y no hay posibilidad de error; las garantías de propiedad no pueden ser más ciertas ni más seguras: los terrenos les pertenecen, son bien suyos.

Supongamos que uno de los emigrantes, sin duda de ninguna clase en cuanto a la realidad y veracidad de la propiedad que le ha otorgado el gobierno, se pone a trabajar para dejar el terreno limpio para el cultivo; trabaja día y noche. Pero el otro emigrante, continuamente deja el trabajo para presentarse a los organismos oficiales preguntando si el terreno es realmente suyo, y si no se ha cometido alguna equivocación, o hay algún error que anule la donación.

El primero, sin dudar de su título de propiedad, trabajará con diligencia. El otro, dudando continuamente de su título de propiedad, poco trabajo hará; la mitad de su tiempo lo pasará yendo a Melbourne, o Sydney, o Auckland, con sus dudas y preguntas superfluas. Después de un año, ¿cuál de los dos habrá hecho más progresos en su trabajo? ¿Cuál de los dos habrá conseguido mejor y más abundante cosecha? Cualquier persona con sentido cumún podrá contestar a esta pregunta. Aquellos cuya atención no está dividida, siempre cosecharán un mayor éxito.

Y algo similar sucede con el título que a las mansiones celestes posee el creyente. Los creyentes que trabajarán más serán aquellos que no tienen dudas sobre la validez del título, ni se distraen en incrédulas conjeturas sobre el mismo. El gozo del Señor será fuente de energía para los tales. “Vuélveme el gozo de tu salvación, entonces enseñaré a los transgresores tus caminos”, nos dice el salmista (Salmo 51 :12).

Nunca ha habido obreros cristianos más activos que los Apóstoles; parecía como si vivieran para trabajar. Verdaderamente la obra de Cristo era su bebida y su comida. N o estimaban para sí sus vidas; éstas eran vividas y eran gastadas en pro del cumplimiento de la misión recibida. A los pies dé la cruz se despojaron del amor a la buena vida, a las riquezas, a la salud y al bienestar del mundo. Y la razón principal de todo esto es que eran hombres que gozaban de una firme seguridad de salvación; podían decir: “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno”. (1 Juan 5:19).

“La seguridad de salvación nos hará activos y briosos en el servicio del Señor; nos incitará a la oración, y nos apresurará en la obediencia. La fe nos hace andar, pero la seguridad de fe nos hace correr, como si nunca hiciéramos bastante para el Señor.” —Thomas Watson.

“La seguridad de salvación hará que el creyente sea ferviente, constante, y que abunde en la obra del Señor. Cuando haya terminado algo, preguntará: “¿Qué más, Señor?” Pondrá su mano en cualquier obra, y su cuello para cualquier yugo de Cristo. Siempre pensará que lo que hace para el Señor es demasiado poco; y cuando haya hecho todo lo que podía hacer, se sentará y dirá: “Soy un siervo inútil.” —Thomas Brooks.

 

Sobre El Autor

J. C. Ryle

John Charles Ryle, nació en Inglaterra en el año 1816. Sus padres fueron John y Susana Ryle. Terminó sus estudios en las Universidades de Eton y Oxford donde, además de adquirir una buena educación, Su conversión tuvo lugar en el año 1837 después de haber quedado fascinado por una lectura en público del capítulo dos de Efesios Esto es lo que Ryle oyó: “Porque por gracia habéis sido salvados — por medio de la fe — y esto no de vosotros — sino que es don de Dios”. La justificación por la fe, la verdad que transformó a Lutero tuvo el mismo efecto sobre Ryle. En el año 1880, después de cuarenta años en el ministerio, cuando ya tenía sesenta y cuatro años, fue nombrado primer obispo de la populosa ciudad de Liverpool. Allí, Ryle trabajó arduamente e hizo mucho bien hasta que no pudo más y renunció a la edad de ochenta y tres años, unos cuantos meses antes de su muerte, el diez de junio del año 1900.

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