El favor del Señor es una fuente de singular consolación para todo aquel creyente que sufre “persecución por causa de la justicia”. En tales ocasiones deberíamos darnos cuenta de que Dios nos honra, haciéndonos objeto de la ministración de Su consuelo y misericordia.

Cuando hago mención de la “persecución por causa de la justicia”, no sólo me refiero a aquellas ocasiones en que sufrimos por causa del evangelio, sino también cuando la gente se nos opone ante nuestra defensa por cualquier causa justa. Al defender la verdad de Dios contra las mentiras de Satanás, o proteger a la gente buena e inocente contra las injusticias y las injurias, es posible que seamos presa del aborrecimiento y el odio del mundo, de manera que nuestras vidas, nuestras posesiones, o aun nuestra reputación, estén en peligro.

Sin embargo, no deberíamos afligirnos ni considerarnos miserables cuando estamos en el servicio de Dios, pues Él, de Su propia boca nos llama bienaventurados. Es verdad que la pobreza en sí misma es una miseria, e igualmente puede decirse del exilio, el desprecio, la vergüenza y la cárcel; y de todas las calamidades la muerte es la última y la peor. Pero cuando Dios nos cubre con Su favor, todas estas cosas obran para nuestra felicidad y nuestro bienestar.

Estemos, pues, contentos con la aprobación de Cristo, antes que con la falsa opinión de nuestra carne. Entonces nos regocijaremos como los apóstoles, que se consideraban “gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre”. ¿Qué hay de todo ello? Si siendo inocentes y teniendo una buena conciencia nos vemos despojados de nuestros bienes terrenales a causa de la maldad del mundo, debemos concentrarnos en el aumento de nuestras verdaderas riquezas con Dios en los cielos.

Si tenemos que salir de nuestro país, seremos recibidos en una íntima relación con Dios. Si somos atormentados y despreciados, seremos más arraigados en Cristo al acudir a Él. Si somos cubiertos de reproche y de vergüenza, recibiremos una mayor gloria en el Reino de Dios. Si somos masacrados, seremos recibidos en la gloria eterna. Deberíamos estar avergonzados de considerar los valores eternos de menos valor que las cosas corruptibles y los placeres pasajeros de la vida presente.

Ver Mat. 2:10; Hech. 5:41.

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l’Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l’Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

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