La pereza tiene su raíz en el amor propio. Es quitarnos la responsabilidad, optando por la comodidad en lugar de lo mejor. La gracia no es perezosa.

Es difícil escucharlo. Queremos pensar que aplica para los demás pero no para nosotros. Son malas noticias que necesitamos pero no nos gusta considerar. Aquí está —mientras el pecado viva dentro de nosotros, tendremos que lidiar con la pereza. Antes de que dejes de leer y sigas al siguiente devocional, déjame explicarte.

2 Corintios 5:15 dice que Jesús vino “para que los que vivan, ya no vivan para sí”. Inmersa en esta frase existe un diagnóstico que aplica para toda persona que ha vivido. Pablo argumenta que el sacrificio de Jesús fue necesario porque el ADN del pecado es el egoísmo.

El pecado hace que yo ignore la existencia de Dios y Su derecho a controlar cada área de mi vida. Debido a que Dios no tiene el lugar que le corresponde en mi vida, en el centro de todo, entonces me pongo a mí mismo en ese lugar. Mi vida se convierte en una donde todo gira a mi alrededor.

Los límites de mis preocupaciones van solamente un poco más allá de la preocupación por mí. Reduzco mi enfoque al pequeño espacio de mis deseos, mis necesidades y mis sentimientos. En formas que realmente moldean mi vivir, hago que todo se trate de mí.

Los deseos de mi corazón están engullidos por mi comodidad, mi placer y mi éxito. Quiero lo que quiero y cuando obtengo lo que quiero, entonces soy feliz. Ahora, debido a que como pecador acostumbro hacer que la vida gire a mi alrededor, trabajo para evitar todo lo que sea difícil o incómodo de hacer.

Acostumbro maldecir al trabajo duro, la necesidad de servir a los demás, el llamado a la perseverancia, la inescapable realidad del sufrimiento, la necesidad del trabajo diario, el llamado a comprometerme con el trabajo de un reino mayor que el mío o la necesidad moral de utilizar mis dones para alguien más.

Existen maneras en que el pecado provoca que evitemos el trabajo. Tiende a hacernos pensar que la buena vida es la vida libre de la necesidad del trabajo. Pero la verdad del asunto es que fuimos creados para trabajar y no solo para el beneficio de nuestras vidas, sino en voluntaria y gozosa sumisión a Aquel que nos creó.

El trabajo no es una maldición; es nuestra identidad desde la creación. Una de las razones por las que fuimos puestos en la tierra es para cuidar el mundo físico que Dios creó. Es verdad que el trabajo que estamos llamados a hacer en sumisión a Aquel que nos hizo ahora es más difícil debido a que trabajamos en un mundo severamente disfuncional; pero antes de la caída del mundo, Adán y Eva fueron instruidos a trabajar. Así que la pereza es otro argumento siempre presente de nuestra necesidad de la gracia.

Hasta que la gracia haya completado su obra, tendremos la tendencia a ver el trabajo como una carga y no como un llamado y un gozo. Solo la gracia es capaz de transformar a la gente perezosa en gente trabajadora para la gloria de Dios.

Para profundizar y ser alentado: Génesis 1-3

Sobre El Autor

Paul David Tripp

Paul David Tripp es pastor, autor y conferencistas. Él es el presidente de los Ministerios Paul Tripp y trabaja para conectar el poder transformador de Jesucristo a la vida cotidiana. Esta visión ha llevado a Paul a escribir 17 libros sobre la vida cristiana, producir 14 series de enseñanza y viajar alrededor del mundo hablando en eventos. La pasión motriz de Paul es ayudar a la gente a entender cómo el evangelio de Jesucristo habla con esperanza práctica en todas las cosas que la gente experimenta en este mundo roto.

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