Recuerde, sus oraciones deben siempre abrir sinceramente su corazón o alma a Dios. La sinceridad es una gracia que corre a través de todas las gracias de Dios en nosotros. La sinceridad debería controlar e impregnar todas las acciones de un cristiano. Si sus acciones no son sinceras, entonces usted no va a tener la aprobación de Dios.

Lo que debe ser cierto en cuanto a las acciones sinceras será igualmente verdad de la oración. David habla de esto cuando menciona sus propias oraciones: “A él clamé con mi boca, y fue exaltado con mi lengua. Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado. Mas ciertamente me escuchó Dios; atendió a la voz de mi súplica” (Sal. 66:17-19).

La sinceridad es un elemento crucial en la oración. A menos que seamos sinceros, Dios no va a considerar nuestras palabras como una oración en el mejor sentido:

“Oh alma mía, díjiste a Jehová: Tú eres mi Señor:
no hay para mí bien fuera de ti.
Para los santos que están en la tierra,
y para los íntegros, es toda mi complacencia.
Se multiplicarán los dolores de aquellos
que sirven diligentes a otro dios.
No ofreceré yo sus libaciones de sangre,
ni en mis labios tomaré sus nombres”.
(Sal. 16: 2-4)

Y Dios también nos dice: “Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:12, 13).

El Señor ha rechazado muchas oraciones por su falta de sinceridad. Dios dijo por medio de los profetas: “Y no clamaron a mí con su corazón“, es decir, con sinceridad, “cuando gritaban sobre sus camas” (Os. 7:14). Sus oraciones eran pretenciosas. Sus oraciones eran hipócritas, un espectáculo para que los vieran los demás. Oraban para ser aplaudidos por sus ruidosas oraciones.

Jesucristo elogió a Natanael por su sinceridad cuando estaba sentado bajo la higuera. Leemos: “Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño” (Jn. 1:47). Supongo que este buen hombre estaba abriendo su corazón a Dios en oración debajo de la higuera. Jesús sabía que oraba con un espíritu sincero y genuino delante del Señor. La sinceridad es uno de los principáles ingredientes en la oración que llevan a Dios a escucharla y considerarla. Así, pues, “el sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; mas la oración de los rectos es su gozo” (Pr. 15:8).

¿Por qué debe ser la sinceridad un elemento esencial de la oración que es aceptable para Dios? Porque la sinceridad le lleva a abrir su corazón a Dios con toda sencillez y a hablarle de su situación claramente y sin equívocos (evasivas). La sinceridad en la oración estimula su corazón a condenar su pecado sin rodeos, sin ocultar los hechos, intenciones o sentimientos bajo falsas excusas ni disimulos.

Cuando oramos de corazón, clamamos a Dios con ganas sin halagarnos a nosotros mismos o elogiar nuestra justicia. El Señor le declaró al profeta Jeremías:

“Escuchando, he oído a Efraín que se le lamentaba:
Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito;
conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios.
Porque después que me aparté tuve arrepentimiento,
y después que reconocí mi falta, herí mi muslo;
me avergoncé y me confundí,
porque llevé la afrenta de mi juventud”.
(Jer. 31:18, 19)

La sinceridad es siempre igual en una persona, ya sea que ore en un rincón a solas o delante de todo el mundo. La sinceridad no sabe cómo llevar dos máscaras diferentes, una para aparentar delante de los demás y otra en un rincón para un momento breve con Dios. Los cristianos sinceros deben tener a Dios. Deben estar con Él en lo que ellos conocen como el deber placentero de la oración del corazón.

La oración sincera no es de labios para afuera, porque Dios examina el corazón. La oración del corazón mira a Dios. La oración del corazón y del alma que Dios reconoce es aquella oración de sus hijos que va acompañada de sinceridad.

Oración:

Oh Señor mi Dios, deseo que tú me encuentres a mí como Jesús halló a Natanael a lo largo del camino: en oración de profunda sinceridad y devoción a ti. Confieso que algunos de mis motivos para orar han sido egoístas e interesados. Reconozco que a menudo no he dedicado tiempo a examinar mi corazón y a abrirlo completamente delante de ti en oración. Por el contrario, he acudido a ti buscando solo cosas que yo quería que tú hicieras por mí. Me inclino ante ti, oh Dios, en humilde sometimiento, y te pido que pongas en mí un corazón limpio y me des un espíritu recto. Al examinar mi propio corazón, acudo a ti en completa sinceridad de que seré conocido como tuyo y tú serás conocido como mío, para que tu Hijo pueda ensalzarme cuando nos encontremos, para que no haya nada falso en mí, para que me sienta libre de orar en el nombre del Salvador sabiendo que estoy limpio por su sangre expiatoria. Amén.

Sobre El Autor

John Bunyan

John Bunyan (1628-1688) era un predicador y escritor puritano que nació en Elstow, Inglaterra. Escribió El progreso del peregrino durante sus doce años de encarcelamiento en Bedford. Después de recuperar la libertad se convirtió en el pastor de una iglesia en Bedford, Inglaterra.

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