Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! 

Lucas 2:13-14

 

 

La Navidad, tal como se celebra hoy, necesita urgentemente una reforma radical. Lo que al principio fue una expresión espontánea de un deleite inocente se ha llevado a excesos desmesurados.

En una sección de Chicago, por ejemplo, la excitada ciudadanía compite cada año por el árbol de Navidad más grande, llamativo y vulgar; en el porche, en el césped, a lo largo de la calle; y un Papá Noel gigantesco, vestido de manera ostentosa y frío pero obligadamente sonriente, conduce una manada de renos completamente iluminada por el patio y la casa.

¡Cuán lejos hemos llegado en la corrupción de nuestros placeres, desde la reverencia a los simples pastores, el canto de los ángeles y la belleza de la hueste celestial!

La Estrella de Belén no podría llevar a un hombre sabio a Cristo hoy; no podría distinguirse entre los millones de luces artificiales colgadas en la calle principal por la Asociación de Comerciantes. Ningún ángel podría cantar tan fuerte como para hacerse oír por encima de la estridente y ensordecedora interpretación de “Noche de paz” destinada a atraer clientes a las tiendas del vecindario.

En nuestro materialismo loco hemos convertido la belleza en cenizas, prostituido todas los afectos normales y hecho mercadería del regalo más sagrado que el mundo haya conocido.

Cristo vino a traer la paz y nosotros celebramos su venida imposibilitando la paz durante seis semanas de cada año. No es paz sino tensión, fatiga e irritación lo que dominan la temporada navideña.

  • Él vino a liberarnos de las deudas y muchos responden hundiéndose cada año en deudas para comprar exagerados lujos para las personas que no los aprecian.
  • Él vino para ayudar a los pobres y nosotros amontonamos regalos para aquellos que no los necesitan. Los detalles simples dado por amor han sido desplazado por los regalos caros que damos porque hemos sido atrapados en un aprieto y no sabemos cómo echarnos para atrás.

¡No! la belleza del Señor nuestro Dios no se encuentra en tal situación, sino la fealdad y deformidad del pecado humano.

Reflexionemos: Hacer de Cristo el centro de la Navidad alivia la tensión de las compras y nos libera del pozo negro del mercantilismo en el que podemos sumergirnos. Tomemos tiempo para unirnos a las huestes celestiales y alabar a Dios cantando: “Gloria a Dios en las alturas”.

Sobre El Autor

A.W. Tozer

Nacido el 21 de abril de 1897, en Newburg, una diminuta comunidad agrícola en la región montañosa de Pennsylvania occidental, Aiden Wilson Tozer influyó en su generación como pocos. Fue pastor, predicador, autor, editor, expositor en conferencias bíblicas, y mentor espiritual.

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