«Desde la eternidad y hasta la eternidad, tú eres Dios» (Sal.90:2). Los escolásticos distiguen entre aevun et aeternum, para explicar la idea de eternidad. Hay tres clases de ser:

a) El que no tuvo comienzo y tendrá un final, como todos las criaturas sensibles, los animales, las aves, los peces, que se destruyen con la muerte y regresan al polvo, y su ser termina cuando se acaba su vida.

b) El que tuvo un comienzo, pero no tendra un final, como los ángeles y las almas de los hombres, los cuales son eternos a parte post: permanecen para siempre. 

c) El que no tuvo comienzo, ni tendrá un final, algo solamente propio de Dios.

Él es semper existens, siempre existente, «desde la eternidad y hasta la eternidad».

Este es el título de Dios, una joya de su corona. A Él se le llama el «Rey eterno» (1 Ti.1:17). Jehová es un término que expresa adecuadamente la eternidad de Dios, una palabra tan terrible que los judíos temblaban al leerla o pronunciarla, y utilizaban Adonai, Señor, en su lugar, Jehová contiene en sí el tiempo pasado, presente y futuro. «El que es y que era y que ha de venir» (Ap.1:18). es una interpretación de la palabra «Jehová»: el que es ( él subsiste en sí mismo, y tiene un ser puro e independiente), el que era (solo Dios era antes del tiempo, no hay otro en los anales de la eternidad), y el que ha de venir (su Reino no tiene fin, ni su corona sucesor). «Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo» (He.1:8). La repetición de la palabra ratifica su certeza, como la repetición del sueño de Faraón.

Demostraré que solo Dios podía ser eterno, sin comienzo alguno. A los ángeles no les cabía tal posibilidad, porque aunque sean espíritus, son meras criaturas: fueron hechos y, por tanto, su comienzo puede conocerce, e investigarse su antigüedad. Si preguntas cuándo fueron creados, algunos creen que antes de que el mundo existiera; pero no es así, ya que lo que había antes del tiempo era eterno. El origen primero de los ángeles no se remonta más allá del comienzo del mundo. Los eruditos piensan que los ángeles fueron creados en el mismo día que los cielos: «¿Oh quién puso la piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?» (Job.38:6b-7). S. Jeronimo, Gregorio y Beda el Venerable entienden que, cuando Dios puso la piedra angular del mundo, los ángeles, siendo creados entonces, cantaban himnos de gozo y alabanza. Ser eterno, sin comienzo, es solo propio de Dios: Él es «el Alfa y la Omega, el primero y el último» (Ap.1:11). Ninguna criatura puede atribuirse el hecho de ser el Alfa, lo cual es una flor de la corona celestial solamente, «YO SOY EL QUE SOY» (Éx.3:14). es decir el que existe «desde la eternidad y hasta la eternidad».

PRIMERA APLICACIÓN: Esta es una pésima noticia para los malvados: Dios es eterno y, por tanto, los tormentos de ellos serán eternos. Dios vive para siempre, y mientras lo haga, estará castigando a los condenados. Esto debería ser como la escritura en la pared y hacer que se debilitaran sus lomos y sus rodillas chocaran una contra otra (cf.Dn.5:6). El pecador se toma la libertad de pecar; quebranta las leyes de Dios como un animal salvaje que salta por encima de la valla hasta los pastos prohibidos; peca con avidez, como si pensara que no puede hacerlo lo bastante aprisa (cf.Ef.4:19). Pero recuerda bien que uno de los nombres de Dios es el eterno; y mientras Dios sea eterno, tendrá tiempo de sobra para arreglar cuentas con todos sus enemigos. Que los pecadores tiemblen pensando en estas tres cosas, en que los tormentos de los condenados son:

  1. CONTINUOS. estos dolores serán fuertes y agudos, y no darán descanso . El fuego no se reducirá ni se mitigará: «No tienen reposo de día ni de noche» (Ap.14:11), como aquel cuyas coyunturas se ven continuamente estiradas en el potro, sin alivio alguno. La ira de Dios se compara con un «torrente de azufre» (Is.30:33). Y por quécon un torrente? Porque un torrente fluye sin interrupción; así sucede con la ira divina, que brota sin descanso. En los dolores de esta vida hay cierta mitigación y pausa: la fiebre baja; después de un cólico nefrítico, el paciente siente cierto alivio… Pero los dolores del Infierno son intensos y violentos, in summo gradu. El alma condenada jamás dice: «Ahora tengo más sosiego».
  2. SIN MEZCLA. El Infierno es un lugar de pura justicia. En esta vida, Dios aunque airado, se acuerda de la misericordia, y mezcla la compasión con el sufrimiento. El calzado de Aser era de hierro, pero él mojaba su pie en aceite (cf.Dt.33:24). Las aflicciones es el calzado de hierro, pero hay misericordia mezclada con ella, el pie se moja en aceite sin embargo, los tormentos de los condenados son sin mezcla: «Beberá [n] del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira» (Ap.14:10), sin combinación alguna de misericordia. ¡ Pero si se habla de que la copa de la ira está llena de mistura…! «Porque el cáliz está en la mano de Jehová, y el vino está fermentado, Lleno de mistura; y Él derrama del mismo; hasta el fondo lo apurarán, y lo beberán todos los impíos de la tierra» (Sal.75:8). sin embargo, en el Apocalipsis se nos dice que dicho cáliz no tiene mezcla. Esta lleno de mistura en el sentido de que contiene todos los ingredientes que pueden hacerlo amargo: el gusano . el fuego, la maldición de Dios (cf.Mr.9:44)… Todos ellos son amargos componentes de ese cáliz. Se trata de una copa mezclada y, sin embargo, pura. En la ofrenfda por los celos no se ponía aceite (cf.Nm.5:15); así tampoco en los tormentos de los condenados habrá aceite alguno de misericordia que disminuya sus sufrimientos.
  3. ETERNOS. Los placeres del pecado solo duran cierto tiempo, pero los tormentos de los malvados son para siempre. Los pecadores tiene una fiesta corta, pero un largo ajuste de cuentas. Orígenes pensaba, erróneamente, después de mil años los condenados serían liberados de su desgracia; pero el gusano, el fuego y la cárcel son todos ellos eternos: «El humo de su tormento sube por los siglos de los siglos» (Ap.14:11). Como dice Próspero: paenae geniales puniunt, non finiunt (Los tormentos del Infierno siguen castigando, no terminan nunca). La eternidad es un mar sin fondo y sin orillas. Después de millones de años no habrá ni un minuto de la eternidad malgastado, y los condenados deberán estar quemándose para siempre sin consumirse; siempre muriendo, pero sin morir: «Buscarán la muerte pero no la hallarán» (Ap.9:6). El fuego del Infierno es tal que las muchas lágrimas no pueden apagarlo, ni el mucho tiempo acabar con él. La copa de la ira de Dios siempre estará derramando sobre el pecador; mientras Dios sea eterno, vivirá para vengarse de los malvados. ¡Eternidad, eternidad! ¿Quien podrá sondearla? Los marineros cuentan con sus ondas para medir la profundidad del mar, ¿Pero qué sonda o plomada utilizaremos para sondear la hondura de la eternidad? El aliento del Señor enciende el lago de fuego (cf.Is.30:33). ¿De dónde sacaremos las bombas o los cubos para apagarlo? ¡Oh eternidad! Si la totalidad de la tierra y el mar se convirtiera en arena, y si todo el aire, hasta el cielo estrellado no fuera más que arena, y si un pajarillo llegara cada mil años y se llevara en el pico tan solo una décima parte de un grano de todo ese enorme montón ¡Qué innumerables años transcurrirían hasta que se quitara de en medio el mismo! Sin embargo, si al cabo de todo ese tiempo el pecador pudiera salir del Infierno, habría alguna esperanza; pero la idea de estar ahí «siempre» nos quebranta el corazón: «El humo de su tormento sube por los siglos de los siglos». ¡Qué aterrador resulta para los malvados pensar que, puesto que Dios es eterno, vivirá para siempre para tomar venganza sobre ellos! ¡Suficiente para producirles un sudor frio! ¿por qué el pecado cometido en un tiempo corto ha de ser castigado eternamente? Tenemos que sostener, con Agustín, que el juicio de Dios sobre los malvados occultu esse possunt, injusta esse non possunt, es decir,  «puede ser secreto, pero nunca injusto». La razón por que el pecado cometido en un tiempo breve se castiga eternamente es porque cada pecado se comete contra una esencia infinita, y nada más que un castigo eterno puede ser suficiente. ¿Por qué se castiga la traición con la confiscación de bienes y la muerte si no es porque se comete contra la persona del rey, que es sagrada? Mucho más, entonces, la ofensa contra la corona y la dignidad de Dios tendrá un carácter infame e infinito, y no podrá sastifacerse más que con el castigo eterno.  

SEGUNDA APLICACIÓN: Para consuelo de los piadosos. Dios es eterno y, por tanto, vive perpetuamente para recompensar a los que son piadosos, «a los que […] buscan la gloria y honra e inmortalidad» (Ro.2:7), al pueblo sufriente de Dios. «me esperan prisiones y tribulaciones» (Hch.20:23), dice Pablo. Los malvados están vestidos de púrpura, y se alimentan de cosas deliciosas, mientras que los piadosos sufren. Las cabras escalan altas montañas, en tanto que las ovejas de Cristo están en el «Valle de la Matanza» (Jer.7:32). Pero he aquí el consuelo: Dios es eterno, y ha designado recompensas eterna para los santos. En el cielo les esperan nuevas delicias, dulzura sin saciedad; y la corona y el cenit de la felicidad celestial consiste en que es «eterna» (1 Jn.3:15). si existiera la más mínima sospecha de que esta gloria había de cesar, ello la eclipsaría y hasta la haría amarga; pero dicha gloria es eterna. ¿Qué ángel puede medir la eternidad? Gozaremos de «un […] eterno peso de gloria» (2 Co.4:17). Los santos en los ríos del deleite divino, y esos ríos jamás se secarán: «Delicias a tu diestras para siempre» (Sal.16:11). Este es elah, la nota más alta y vibrante de la retórica del apóstol: «Siempre con el Señor» (1 Ts.4:17). Habrá paz sin inquietud, tranquilidad sin dolor, gloria sin fin, «siempre con el Señor». Que esto consuele a los santos en todas sus dificultades: sus sufrimientos son breves, pero sus recompensa eterna. La eternidad es lo que el cielo sea cielo, es el diamante en el anillo. ¡Bendito sea el día que no tendrá noche! ¡El sol de gloria saldrá sobre el alma y nunca más se pondra! ¡Bendita primavera que no tendrá otoño, ni caída de la hoja! Los emperadores romanos llevan tres coronas sobre sus cabezas: la primera, de hierro; la segunda, de plata; y la tercera, de oro. Así el Señor pone tres coronas sobres sus hijos: la gracia, el consuelo y la gloria; y esta última es eterna: «Recibiréis la corona incorruptible de gloria» (1 P.5:4). Los perversos tienen un gusano que nunca muere (cf. Mr.9:44), y los piadosos una corona incorruptible. ¡Qué acicate debería ser esto para la virtud! ¡Qué dispuestos deberíamos estar a trabajar para Dios! Aunque no recibiésemos nada a cambio aquí abajo, Dios cuenta con suficiente tiempo para recompensar a su pueblo: sobre sus cabezas se pondrá la corona de la eternidad.

TERCERA APLICACIÓN: Como exhortación. Estudia la eternidad. Nuestros pensamientos deberían ocuparse principalmente en la eternidad. Todos deseamos para el presente algo que deleite nuestros sentidos. Si hubiésemos podido vivir -como dice Agustín- a cunabulis mundi, desde la infancia del mundo hasta su ancianidad, ¿qué sería esto? ¿Qué  sería el tiempo comparado con la eternidad? Así como la tierra representa un pequeño punto en el universo, el tiempo no es nada más que un minuto, y un minuto escaso, de la eternidad. ¿Qué diríamos entonces de esta pobre vida que se desmorona tan aprisa? ¡Piensa en la eternida! Annos aeterno in mente habe. Hermanos, cada día estamos viajando hacia la eternidad; y ya sea que durmamos o que velemos, continuamos nuestro viaje. Algunos nos encontramos en las fronteras eternas. ¡Analisa la brevedad de la vida y la duración de esa eternidad! Piensa más concretamente en la eternidad de Dios y en la eternidad del alma. Medita en la eternidad de Dios: él es el «Anciano de días», que existía antes de todo tiempo. Hay una descripción metafórica de Dios en el libro del profeta Daniel: «Y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia» (Dn.7:9). El vestido blanco con que estaba vestido el Anciano representaba su majestad; su cabello blanco como la lana, su santidad; y la ancianidad de días su eternidad. La idea de que Dios es eterno debería hacernos albergar elevados pensamientos de adoración hacia Él. Es muy probable que tengamos ideas malas e irreverentes acerca de Dios: «Pensabas que de cierto sería yo como tú» (Sal.50:21), débil y mortal, dice el Señor. Pero, si pensásemos en su eternidad, en que, cuando toda nuestra capacidad cesa, Él sigue siendo el «Rey eterno» (1 Ti.1:17), en que su corona florece para siempre, y en que puede hacernos delices o desdichados perpetuamente, entonces esto nos haría tener pensamientos de adoración a Él. «Los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono» (Ap.4:10). Los santos «se postran», indicando con esa humilde postura que no son dignos de sentarse en la presencia de Dios. Sepostran, pues, y «adoran al que vive por los siglos de los siglos»; hacen como si fueran a besarles los pies. «Echan sus coronas delente del trono», poniendo todo su honor a los pies de Él, y brindando humilde adoración a la esencia eterna. Estudiar la eternidad de Dios te hará adorar cuando no puedas comprender. Piensa asimismo en la eternidad del alma: así como Él es eterno, nos ha hecho eterno también a nosotros. Somos criaturas inmortales, que pronto entraremos en un estado eterno de bienaventuranza o de desdicha. Piensa seriamente en ello, y di: Oh alma mía, ¿cuál de estas dos eternidades será probablemente tu porción? Pronto debo dejar esta tierra, ¿y a dónde iré entonces? ¿A cuál de estas dos eternidades: a la gloria o a la desdicha? La seria meditación sobre el estado eterno actuará eficazmente en nosotros. 

  1. El pensar en el tormento eterno es un buen antidoto contra el pecado. El pecado tienta con su placer; pero, cuando pensamos en la eternidad, ello puede enfriar el intemperante calor de la concupiscencia. ¿Soportaré el dolor eterno solo por disfrutar del placer temporal del pecado? El pecado, como aquellas langostas de Apocalipsis 9:7-10, parece tener en su cabeza una corona como de oro, pero su cola es como de escorpión, con un aguijón en ella: un aguijón que no se puede arrancar jamás. ¿Puedo indicar que dicho aguijón es la ira eterna? ?Es el pecado cometido tan dulce como amargo es el permanecer en el Infierno eternamente? Este nos haría huir del pecado como Moisés huyó de la serpiente.
  2. El pensar seriamente en la felicidad eterna nos apartaria bastante de las cosas mundanas. ¿Qué son esas cosas terrenales comparadas con la eternidad? Pronto se pasan: nos saludan, y se despiden de nosotros. Pero yo tengo que entrar en un estado eterno, espero vivir con aquel que vive para siempre; ¿qué es, pues, para mí el mundo? Para quienes están en la cumbre de los Alpes, las grandes ciudades de la Campania son poca cosa a sus ojos; así  también, para aquel que tiene la mente puesta en su estado eterno después de esta vida, todas esas cosas no son más que pequeñeces. ¿Qué es la gloria de este mundo? ¡Qué pobre y despreciable resulta comparada con un «eterno peso de gloria» (2 Co.4:17)!
  3. El pensar seriamente en un estado eterno, ya sea felicidad o desdicha, debería tener una gran influencia sobre todo aquello en que nos ocupamos. Cada obra que hacemos promueve ya sea una eternidad bendita o una maldita: cada buena acción nos acerca un paso más hacia una eternidad feliz, y cada acción mala nos aproxima un poco más a una eternidad desgraciada. ¡Cuánta influencia deberían tener los pensamientos acerca de la eternidad en el cumplimiento de nuestros deberes religiosos! Deberían hacer que los acometiéramos con todas nuestras fuerzas. El deber bien cumplido eleva al cristiano hacia el cielo y le coloca un paso más cerca de la eternidad bendita.     

Fuente: Tratado de Teología  [Pg.118-127]

 

Sobre El Autor

Thomas Watson

Thomas watson probablemente nació en Yorkshire. Él estudió en Emmanuel College, Cambridge, obtuvo un diplomado de licenciatura en Artes en 1639 y una Maestría en Artes en 1642. Durante su tiempo en Cambridge, Watson fue un especializado erudito. Después de completar sus estudios, Watson vivió por un tiempo con la familia puritana de Lady Mary Vere, la viuda de Sir Horace Vere, varón de Tilbury. En 1646, Watson fue a St. Stephen’s Walbrook, Londres, donde sirvió como profesor durante unos 10 años, y como rector por otros 6 años, cubriendo el lugar de Ralph Robinson. Alrededor de 1647. Watson se casó con Abigail Beadle, hija de John Beadle, un ministro de Essex de convicciones Puritanas. Ellos tuvieron por lo menos 7 hijos en los siguientes 30 años; de los cuales 4 de ellos murieron jóvenes. Durante la guerra Civil, Watson comenzó a expresar sus fuerte convicciones Presbiterianas. Watson fue formalmente reincorporado a su pastorado en Walbrook en 1652. Cuando el Acto de Inconformidad se aprobó en 1662, Watson fue expulsado de su pastorado. Él continuó predicando en privado -en graneros, casas, y bosques- siempre y cuando tuviera la oportunidad. Watson obtuvo una licencia para Crosby Hall, Bishopsgate, el cual perteneció a John Langham, un líder de los no-conformistas. Watson predicó allí por 3 años antes de que Stephen Charnock se le uniera. Ellos ministraban juntos hasta la muerte de Charnock en 1680. Watson siguió trabajando hasta que su salud se vio afectada. El entonces se retiró a Barnston, en Essex, donde murió repentinamente en 1686 mientras se dedicaba en privado a orar. La profundidad de Watson en doctrina, claridad de expresión, intensidad de espiritualidad, amor en la aplicación… hacen de su reputación como excelente predicador y escritor. Fue enterrado el 28 de julio 1686.

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