Además es necesario que nuestro misericordioso Padre no sólo prevenga nuestra debilidad futura, sino también que corrija nuestras ofensas pasadas para mantenemos en el sendero de la obediencia. Cuando nos llega la aflicción, debemos de examinar inmediatamente nuestra vida pasada, y, al hacerlo, ciertamente encontraremos que merecemos la disciplina que hemos recibido. Sin embargo. no deberíamos sacar la conclusión de que a todos se nos exhorta primeramente a la paciencia, porque necesitamos recordar nuestros pecados. La Escritura nos da mejores razones cuando nos dice que en la adversidad “somos sometidos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo“.

En consecuencia, aun en la más amarga de nuestras pruebas deberíamos disfrutar de la misericordia y bondad de nuestro Padre, pues ni aun en las circunstancias más duras deja de preocuparse por nuestro bienestar. Dios no nos aflige para destruimos o arruinarnos. sino más bien para libramos de la condenación del mundo. Este pensamiento nos lleva a otro versículo de la Escritura: “No menosprecies, hijo mío, la reprensión de Jehová, ni te fatigues de su corrección; porque Jehová al que ama reprende, como el padre al hijo a quien quiere.” Cuando reconocemos la vara de un padre, ¿no deberíamos mostramos dóciles antes que imitar la actitud de esos hombres desesperados que se han endurecido en sus mismas maldades? Si el Señor no nos atrajera hacia Él por medio de la corrección cuando le hemos fallado, nos dejaría perecer junto con el mundo. Como dice en la Epístola a los Hebreos: “Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.”

Si no estamos de acuerdo con Dios somos realmente perversos, pues Él nos muestra continuamente Su amor y benevolencia, y Su gran preocupación por nuestra salvación. La Escritura establece esta diferencia entre los creyentes y los que no lo son; los últimos, como viejos esclavos de su incurable perversidad, no pueden soportar la vara, pero los primeros, como auténticos hijos de noble cuna, proceden al arrepentimiento y aceptan la corrección. Ahora nos toca a nosotros decidir de qué lado queremos estar. Habiendo ya tratado este tema en otras muchas páginas, basta decir que lo he tocado aquí en forma breve. Ver 2 Cor. 11:32; Prov. 3:11-12; Heb. 12:8.

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l’Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l’Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

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