1. Nuestro Señor no fue obligado a llevar la cruz excepto para mostrar y probar la obediencia a Su Padre. Pero hay muchas razones por las cuales nosotros debemos vivir bajo la continua influencia de la cruz. Primero, puesto que somos inclinados por naturaleza a atribuirlo todo a la carne, a menos que aprendamos lecciones de nuestra propia estupidez, nos formaríamos fácilmente una noción exagerada de nuestra fuerza, dando por sentado que, pase lo que pase, seguiríamos permaneciendo invencibles. Con esta clase de actitud nos henchiríamos como tontos con una confianza camal y vana que nos llenaría de orgullo contra Dios, como si nuestro poder fuera suficiente y pudiésemos prescindir de Su gracia. No hay ninguna forma mejor de reprimir esta vanidad que probando lo tontos que somos y lo frágil y vulnerable de nuestra naturaleza humana. En este caso, es necesario pasar por la experiencia de la aflicción. Por lo tanto, Él nos aflige con humillación, pobreza, pérdida de seres queridos, enfermedad u otras calamidades. Algunas veces, al ser incapaces de sobrellevar estas cargas, pronto somos sepultados por ellas. Así, siendo humillados, aprendemos a apelar a Su fortaleza, que es lo único que puede hacernos estar de pie ante tal cantidad de aflicciones.

2. Aun los más grandes santos, sabiendo que solamente pueden ser fuertes en la gracia del Señor, tienen un más profundo conocimiento de sí mismos una vez que han pasado por las muchas pruebas y dificultades de la vida. El mismo David tuvo que decir: “En mi prosperidad dije yo: No seré jamás zarandeado…” (Sal. 30:6). David confiesa que la prosperidad había nublado de tal manera sus sentidos, que dejó de poner sus ojos en la gracia de Dios de la cual debería haber dependido continuamente. En lugar de ello creyó que podía andar en sus fuerzas y se imaginó que no caería jamás.

3. Si esto le ocurrió a este gran profeta, ¿quién de nosotros no debería ser cuidadoso y temeroso? Si bien en medio de la prosperidad muchos santos se han congratulado con perseverancia y paciencia, cuando la adversidad quebró su resistencia vieron que se habían engañado a sí mismos. Advertidos de tales debilidades por tantas evidencias, los creyentes reciben una gran bendición por medio de la humillación. Despojados así de su necia confianza en la carne, se refugian en la gracia de Dios, y una vez que lo han hecho, experimentan la cercanía y la comunión de la divina protección, que es para ellos una fortaleza inexpugnable. 

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l’Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l’Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

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