A esto se refiere Pablo cuando dice en Romanos 5:3-4: “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza.” Los cristianos experimentan por sí mismos que la promesa de Dios de ayudarles en sus tribulaciones es cierta, y así persisten en su paciencia apoyados en la fortaleza del Señor, y no en sus propios medios. La paciencia, por lo tanto, hace que los santos puedan soportar sus pruebas, sabiendo que Dios les dará el auxilio que ha prometido en cualquier momento que lo necesiten. Esto también confirma sus esperanzas, pues los cristianos seríamos desagradecidos si no confiáramos nuestro futuro a Dios, a quien conocemos que es firme e inmutable. Ahora vemos qué torrente inagotable de beneficios fluye desde la cruz. Si descartamos las falsas opiniones de nuestras propias virtudes y descubrimos la hipocresía que nos engaña con sus adulaciones, nuestro orgullo natural y pernicioso se derribará. Una vez derribados, y para que no tropecemos o nos hundamos en nuestra desesperación, el Señor nos enseña a confiar exclusivamente en Él. De esta victoria reuniremos nuevas esperanzas, pues cuando el Señor cumple Sus promesas, confirma Su verdad para el futuro.

Aunque éstas fueran las únicas razones, ya son suficientes para mostramos cuán necesarias son las aflicciones de la cruz. Ser arrebatados del amor a nuestro “ego” resulta sumamente provechoso, pues así nos damos cuenta de nuestra propia debilidad y, por lo tanto, dejamos de confiar en nosotros mismos para comenzar a poner toda nuestra confianza en Dios. Encomendandonos y dependiendo solamente del Señor, podremos perseverar victoriosamente hasta el fin, y continuar en Su gracia, sabiendo que Él es fiel y verdadero en todas Sus promesas. Así podremos experimentar la certeza de Su palabra, de manera que nuestra esperanza se afiance cada vez más.

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l’Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l’Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

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