El Señor tiene aún otra razón para afligir a Sus hijos, y es la de probar su paciencia y enseñarles obediencia. Ciertamente, los cristianos no pueden mostrar a Dios otra obediencia que la recibida de Sus manos; pero Él se complace de esta manera en probar y exhibir las gracias que les ha conferido a Sus santos, pues de otro modo permanecerían ocultas y serían inútiles.

Cuando los siervos de Dios manifiestan abiertamente sus dones de fortaleza y firmeza en medio de sus sufrimientos, la Escritura les confirma que Dios les está probando en su paciencia. Veamos lo que dice Génesis 22:1: “Y aconteció después de estas cosas, que Dios puso a prueba a Abraham…”

El patriarca probó que su devoción era auténtica porque no rehusó sacrificar a su hijo Isaac. Por este motivo Pedro declara que nuestra fe es probada por medio de las tribulaciones, así como se prueba el oro por fuego.

2. ¿Quién puede negar la necesidad de que este precioso don de la paciencia, que el creyente ha recibido de Dios, sea desarrollado en la práctica de manera que el Señor pueda ver a los creyentes en el ejercicio del mismo? Además, si no fuera así, nunca llegaríamos a apreciarlo como es debido. Dios mismo actúa a tiempo para que estas virtudes no lleguen a ser oscuras e inútiles, ofreciéndonos una ocasión para ponerlas en práctica. Ésta es, sin duda, una de las mejores razones para probar a los santos, pues por medio de la aflicción aprenden a ejercitar la paciencia.

3. Los cristianos también son instruidos por medio de la cruz para la obediencia, porque de esta manera aprenden a seguir los deseos de Dios y no los suyos propios. Si todo fuera conforme a sus deseos, no entenderían lo que en realidad significa seguir a Dios. Séneca dijo que había una antigua costumbre por la cual se exhortaba a la gente a sobrellevar la adversidad recordando estas palabras: “Seguid a Dios.” Esto implica que el hombre se somete al yugo de Dios sólo cuando voluntariamente acepta la disciplina con la humildad de un niño. Por lo tanto, si es razonable que nos mostremos obedientes a nuestro Padre celestial en todas las cosas, no podemos negarle el derecho de usar el medio que Él escoja para acostumbrar a Sus hijos a practicar esta obediencia. 

Ver Gén. 22:1, 2 y 1Ped. 1:7.


 

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l’Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l’Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

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