A menudo no entendemos cuán necesaria es esta obediencia para nosotros, a menos que también consideremos cuánto anhela nuestra carne quitarse de encima el yugo del Señor, tan pronto como somos tratados con algo de ternura e indulgencia. Con nosotros ocurre lo mismo que con los caballos rebeldes, que si al principio son mimados y consentidos, se vuelven ariscos e indomables y no tienen ninguna contemplación para con sus jinetes, a quienes deberían de estar sometidos. En otras palabras, aquellos defectos por los cuales el Señor se quejaba del pueblo de Israel, se ven continuamente en cada uno de nosotros: Cuando nos “llenamos de grosura“, nos volvemos contra Él, que nos ha cuidado y rodeado de cariño. La bondad del Señor debe llevarnos a considerar y amar su misericordia y benignidad, pero como somos tan ingratos, es muy necesario que seamos restringidos por alguna clase de disciplina que quiebre nuestra obstinada voluntad.

Dios no quiere que seamos altivos cuando adquirimos riquezas, ni que nos volvamos orgullosos cuando recibimos honores. Tampoco que seamos insolentes cuando somos bendecidos con prosperidad y salud, por lo cual el mismo Señor, cuando lo considera conveniente, hace uso de la cruz para frenar, restringir y someter la arrogancia de nuestra carne. Nuestro Padre procede a aplicarnos la disciplina por varios medios que resultan útiles y saludables para cada uno de nosotros. No todos somos afligidos con la misma enfermedad, ni todos tenemos necesidad de la misma cura rigurosa. Ésta es la razón por, la cual vemos a distintas personas disciplinadas con diferentes cruces. El Gran Médico celestial toma la responsabilidad de cuidar de todos Sus pacientes. A algunos Él les da una medicina más suave, y a otros les purifica por medio de tratamientos más drásticos, pero no deja a nadie sin disciplina, pues todo el mundo, sin excepción, está enfermo. (Deut. 32: 15). 

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l’Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l’Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

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