Mi aliento vino a ser extraño a mi mujer, Aunque por los hijos de mis entrañas le rogaba. Aun los muchachos me menospreciaron; Al levantarme, hablaban contra mí. Todos mis íntimos amigos me aborrecieron, Y los que yo amaba se volvieron contra mí. Mi piel y mi carne se pegaron a mis huesos, Y he escapado con sólo la piel de mis dientes. ¡Oh, vosotros mis amigos, tened compasión de mí, tened compasión de mí! Porque la mano de Dios me ha tocado. ¿Por qué me perseguís como Dios, Y ni aun de mi carne os saciáis? ¡Quién diese ahora que mis palabras fuesen escritas! ¡Quién diese que se escribiesen en un libro; Que con cincel de hierro y con plomo Fuesen esculpidas en piedra para siempre! Yo sé que mi Redentor vive, Y al fin se levantará sobre el polvo… 

(Job 19:17-25)

Considerando que Dios ha unido a los hombres para que uno pueda sostener al otro, y que cada uno pueda tratar de ayudar a su prójimo, y que, cuando no podamos hacer ninguna otra cosa mejor, podamos tener piedad y compasión el uno para con el otro; si luego ocurre que quedamos desprovistos de toda ayuda, que somos molestados de todas partes, y que nadie muestra humildad hacia nosotros, sino que cada uno es cruel, semejante tentación es muy difícil de sobrellevar. Y es por eso que en este pasaje Job se queja de que no hubo ni esposa, ni amigos, ni sirvientes que se hubieran apiadado de Él, sino que todo el mundo lo había rechazado.

Ahora, viendo esto debiéramos aplicarlo a nosotros mismos; porque Dios permite que los hombres nos fallen, que cada uno se aparte de nosotros, para que cuanto antes podamos volver para verle a Él. En efecto, mientras tenemos algún sostén del lado del mundo no esperaremos en Dios como debiéramos; más bien mantendremos nuestra atención aquí abajo; porque también nuestra naturaleza está totalmente inclinada en ese sentido, y estamos demasiado dados a ello. Entonces algunas veces Dios, queriendo acercarnos a sí mismo, nos dejará desprovistos de toda ayuda humana. O quizá sea para humillarnos; porque nos parece que ciertamente tendría que acordarse de nosotros, y que somos dignos de ello y que todo el mundo se enceguece con semejante presunción. Entonces, nuestro Señor quiere instruirnos en la humildad usando ese medio; que cada uno nos odie, que seamos rechazados por grandes y chicos. Cuando ello ocurra tendremos que pensar que no somos como habíamos supuesto. Pero, aunque esto pueda ocurrir, si sucede, sepamos que todavía no hemos sido rechazados por Dios; porque vemos que Job todavía tiene acceso a Él, y que no es desengañado en su intento, puesto que Dios le extendió su mano, aunque los hombres lo habían rechazado y habían supuesto que seguramente no quedaba más esperanza para Él; fue entonces cuando Dios consideró mostrarle su misericordia. Entonces, confiemos en esto.

Además, seamos instruidos a cumplir con nuestro deber con aquellos que están afligidos, siguiendo lo que he dicho, que Él nos ha puesto juntos, y nos ha unido, a efectos de que tengamos una comunidad; porque los hombres no deben separarse enteramente entre ellos. Es cierto que nuestro Señor ha designado a la policía1 para que cada uno tenga su casa, que tenga su hogar, su esposa, hijos, y que cada uno esté en su lugar; no obstante, ninguno debiera eximirse de la vida común diciendo, “Voy a vivir la vida sólo para mí.” Esto sería vivir peor que una bestia bruta. ¿Qué entonces? Sepamos que Dios nos ha obligado a ayudarnos el uno al otro; y, al menos, viendo que alguno está necesitado, aunque no podamos hacerle el bien que quisiéramos, seamos humanitarios con Él. Si ni siquiera hacemos esto, separamos que en la persona de Job el Espíritu Santo pide aquí venganza contra nosotros; porque no hay ninguna duda de que Job (agitado por sufrimientos grandes y excesivos) todavía era gobernado por el Espíritu de Dios, y especialmente en cuanto a los principios generales, es decir, con respecto a las declaraciones que pronunció. Y ya hemos declarado que ellas implicaban doctrinas provechosas. Entonces, notemos aquí que el Señor declara que somos demasiado crueles si al ver a un hombre pobre y afligido, sin tratar de ayudarle nos alejamos de Él.

1. Francés: Pólice. 

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l'Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l'Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

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