1. Conociendo nuestra predisposición natural, el apóstol nos enseña a que no nos cansemos de hacer el bien, y además añade que «el amor es paciente,… no se irrita» (1 Cor 13:4-5). Dios nos manda hacer el bien a todos los hombres sin excepción, aunque la mayoría son muy inmerecedores, se les juzga, de acuerdo a sus propios méritos. También en esta ocasión la Escritura nos ayuda con un excelente argumento, enseñándonos a no pensar en el valor real del hombre, sino sólo en su creación, hecha conforme a la imagen de Dios: A Él debemos todo el honor y el amor de nuestro ser. Además, los que formamos parte de la familia de la fe somos los que más podemos apreciar la imagen de Dios, porque Él la ha renovado y restaurado en nosotros por medio del Espíritu de Dios.

2. De modo que si alguien aparece delante de vosotros necesitado de vuestro amable servicio, no tenéis razón alguna de rehusarle tal ayuda. Supongamos que es un extraño el que necesita nuestro auxilio; aun así el Señor ha puesto en él Su propio sello y le ha hecho como uno de vuestra familia; por lo tanto, os prohíbe que despreciéis vuestra propia carne y sangre. Supongamos que es vil e indigno; aun así el Señor le ha designado para ser adornado con Su propia imagen. Supongamos que no tenéis ninguna obligación hacia él de servirle; aun así el Señor le ha hecho como si fuera Su sustituto, de modo que os sintáis obligados por los numerosos e inolvidables beneficios recibidos. Supongamos que es indigno del más mínimo esfuerzo a su favor; pero la imagen de Dios en él es digna de que os rindáis vosotros mismos y vuestras posesiones a él. Si él no ha mostrado amabilidad, sino que, por el contrario, os ha maltratado con sus injurias e insultos, aun así no hay razón para que no podáis rodearle con vuestro afecto y hacerle objeto de toda clase de favores. Podríais decir que él se merece un trato muy diferente, pero ¿qué es lo que ordena el Señor, sino que perdonemos a todos los hombres sus ofensas y remitamos la causa a Él mismo?

3. Éste es el único camino para obtener aquello que no sólo es dificultoso, sino aun repugnante a la naturaleza humana: amar a quienes nos odian, corresponder a las injurias con amabilidad, y devolver bendiciones por insultos. Recordemos siempre que no hemos de pensar continuamente en las maldades del hombre, sino darnos cuenta de que él es portador de la imagen de Dios. Si con nuestro amor cubrimos y hacemos desaparecer las faltas del prójimo, considerando la belleza y dignidad de la imagen de Dios en él, seremos inducidos a amarle de corazón. Ver Heb. 12:16; Gál. 6:10; Is. 58:7; Mat. 5:44; Luc. 17:3 y 4.

Sobre El Autor

Juan Calvino

Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l'Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l'Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejor no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges estudió griego.  Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama. Fue ministro y profesor de teología en Ginebra en agosto de 1536. Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro y profesor. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogaban intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541. En 1539 Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable periodo. Irradio gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años.

Artículos Relacionados