¡El verdadero cristianismo es una lucha! Notemos bien la palabra “verdadero”, pues hay mucha religión y profesión de fe en el mundo que de cristiana sólo tiene el nombre; en realidad no es un cristianismo verdadero y genuino. Es un cristianismo que satisface las conciencias de aquellos que espiritualmente duermen, y que tiene aspecto de validez pero en realidad es moneda falsa; no es aquello que hace veinte siglos se llamaba cristianismo. Elevado es el número de personas que en el día del domingo va a las iglesias y capillas, y que se llaman a sí mismas cristianas; sus nombres están escritos entre los bautizados; su ceremonia matrimonial tuvo lugar en la iglesia y desean morir cristianamente y ser enterrados de la misma manera; pasan como cristianos mientras viven pero en la religión que profesan el elemento de “lucha” brilla por su ausencia. No saben nada de lo que sea la contienda espiritual y el esfuerzo de una profesión de fe genuina. Tal “cristianismo” puede satisfacer al hombre carnal, pero no es el cristianismo de la Biblia por más que nos tilden de poco caritativos en nuestras aserciones. No es la religión que el Señor Jesús fundó y que sus Apóstoles predicaron. No es la religión que produce verdadera santidad. El verdadero cristianismo es una lucha.

El verdadero cristiano ha sido llamado a ser un soldado, y como tal debe comportarse desde el día de su conversión hasta el de su muerte. Su profesión religiosa está reñida con todo lo que sea fácil, indolente y proporcione seguridad terrena; no puede dormir tranquilamente junto al camino al cielo; si toma la Biblia seriamente y como regla de fe y conducta. se convencerá de que el curso de su peregrinar no admite otra alternativa: ha de luchar.

¿Y contra quiénes ha de luchar el soldado cristiano? No contra otros cristianos. ¡Cuán miserable es aquella noción de lucha que tienen tantas personas al suponer que la verdadera religión consiste en una controversia perpetua! ¡Qué poco sabe de lo que es la pelea cristiana aquel que, continuamente, se empeña en sembrar contienda entre iglesias, capillas, sectas, facciones, partidos y demás! Se contribuye a la causa del pecado cuando los cristianos desperdician sus energías en contiendas intestinas y pierden el tiempo en zipizapes pueriles. ¡No! La lucha principal del cristiano es contra el mundo, la carne y el diablo. Hasta la muerte éstos serán sus enemigos y contra éstos deberá pelear continuamente. A no ser que obtenga la victoria sobre estos enemigos, todas las demás victorias serán vanas e inútiles. Si el creyente tuviera la naturaleza de ángel y no fuera una criatura caída, la lucha no sería muy esencial; pero poseyendo como posee un corazón depravado, habiendo un diablo extremamente activo en torno suyo y un mundo lleno de trampas a sus pies, el cristiano debe luchar o perder. 

Debe luchar en contra de la carne. Aun después de la conversión, el creyente lleva consigo una naturaleza dispuesta al mal y un corazón débil e inestable como el agua. Este corazón nunca se verá libre de imperfección en este mundo, y sería vano por nuestra parte creer lo contrario. Y es precisamente para que nuestro corazón no se extravíe que el Señor Jesús nos exhortó a velar y a orar. El espíritu está presto, mas la carne es débil. El creyente ha de pelear y luchar diariamente en oración. Nos dice San Pablo: “Hiero mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre.” “Veo una ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi espíritu, y me lleva cautivo.” “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?” “Porque los que son de Cristo han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias.” “Amortiguad, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra.” (1 Corintios 9:27; Romanos 7:23-24; Gálatas 5:21; Colosenses 3:5).

Debe luchar contra el mundo. El creyente ha de resistir continuamente las influencias artificiosas de este enemigo tan poderoso, y de no batallar diariamente jamás podrá superarle. El amor a los deleites, el temor a las risas y reproches, el secreto deseo de conformación con el mundo y el escondido afán de hacer lo que la mayoría de la gente hace, constituyen poderosos enemigos que continuamente asedian al creyente en su camino al cielo. “La amistad del mundo es enemistad con Dios. Cualquiera pues que quisiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.” “Si alguno ama al mundo el amor del Padre no está en él.” ”El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” “Todo aquel que es nacido de Dios vence al mundo.” “No os conforméis a este mundo.” (Santiago 4:4; 1 Juan 2:15; Gálatas 6:14; 1 Juan 5:4; Romanos 12:2.) 

Debe luchar contra el diablo. Este viejo enemigo de la humanidad no está muerto. Desde la caída de Adán y Eva no ha cesado de “rodear la tierra y de andar por ella” ni desistido de conseguir su objeto: la ruina del alma del hombre. El diablo nunca duerme, nunca echa la siesta, sino que, “como león rugiente, ancla alrededor buscando a quién devore“. Este enemigo invisible siempre está cerca de nosotros, junto a nuestro camino, a la cabecera de nuestra cama, siempre espiándonos. Desde el principio ha sido “homicida y mentiroso” y trabaja noche y día para arrojarnos al infierno. Con tácticas y procedimientos distintos lleva a unos a la superstición y a otros los hace caer en la infidelidad; pero siempre busca la misma meta: la perdición de nuestras almas. “Satanás os ha pedido para zarandearos como trigo.” Debemos luchar diariamente contra este enemigo si deseamos ser salvos. “Este linaje no sale sino con oración y ayuno” y pertrechados con “toda la armadura de Dios“. Sin una batalla diaria no podremos alejar de nuestro corazón a este enemigo tan fuerte. (Job 1:7; 1 Pedro 5:8; Juan 8:44; Lucas 22:31; Mateo 17:21; Efesios 6:11.).

Quizá para algunas personas estas afirmaciones sean demasiado fuertes, y crean que me he extralimitado y que he pintado la vida cristiana con pinceladas demasiado recargadas. Tales personas están convencidas de que pueden obtener el cielo sin dificultades, luchas y guerras. Si tú eres uno de ellos, lector, escucha ahora lo que en nombre de Cristo voy a exponer. Recuerda aquella máxima del general más famoso que jamás haya vivido en Inglaterra: “En tiempo de guerra el peor error sería desestimar al enemigo y tratar de hacer una pequeña guerra“. La lucha del creyente no ha de tomarse a la ligera.

¿Qué dice la Escritura? “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna.” “Tú pues, sufre penalidades como fiel soldado de Jesucristo.” “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espiritua1es en los aires. Por tanto tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y estar firmes, habiendo acabado todo.” “Porfiad a entrar por la puerta angosta.” “Trabajad por la comida que a vida eterna permanece.” “No penséis que he venido para meter paz en la tierra. No he venido para meter paz, sino espada.” “El que no tiene espada, venda su cara, y compre una.” “Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos.” “Milita la buena milicia, manteniendo la fe y buena conciencia.” (1 Timoteo 6:12; 2 Timoteo 2:3; Efesios 6:11- 13; Lucas 13:24; Juan 6:27; Mateo 10:34; Lucas 22:36; 1 Corintios 16:13; 1 Timoteo 1:18-19.) Estas palabras de la Escritura son claras, sencillas y no se prestan a equívocos. Todos estos versículos coinciden en enseñar la misma cosa: el verdadero cristianismo es una lucha, una pelea, una batalla.

Sea cual fuere nuestra denominación cristiana, este hecho no admite controversia alguna: el verdadero cristianismo es una lucha. Nos es impuesta necesidad: debemos luchar. Las promesas del Señor Jesús para las Siete Iglesias del Apocalipsis son para los “que vencieren“. Allí donde hay gracia divina, allí hay conflicto. El creyente es un soldado. No hay santidad sin lucha. Las almas que se han salvado, son almas que han luchado. 

Sobre El Autor

J. C. Ryle

John Charles Ryle, nació en Inglaterra en el año 1816. Sus padres fueron John y Susana Ryle. Terminó sus estudios en las Universidades de Eton y Oxford donde, además de adquirir una buena educación, Su conversión tuvo lugar en el año 1837 después de haber quedado fascinado por una lectura en público del capítulo dos de Efesios Esto es lo que Ryle oyó: “Porque por gracia habéis sido salvados — por medio de la fe — y esto no de vosotros — sino que es don de Dios”. La justificación por la fe, la verdad que transformó a Lutero tuvo el mismo efecto sobre Ryle. En el año 1880, después de cuarenta años en el ministerio, cuando ya tenía sesenta y cuatro años, fue nombrado primer obispo de la populosa ciudad de Liverpool. Allí, Ryle trabajó arduamente e hizo mucho bien hasta que no pudo más y renunció a la edad de ochenta y tres años, unos cuantos meses antes de su muerte, el diez de junio del año 1900.

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