‘Grande es el SEÑOR y digno de alabanza, más respetado que todos los dioses. Porque los dioses de otras naciones no son más que ídolos, pero nuestro Dios hizo los cielos. Honra y majestad lo rodean; fortaleza y belleza hay en su templo.

Naciones del mundo, confiesen que sólo Dios es glorioso y fuerte. Denle la gloria que merece. Traigan sus ofrendas vengan y adórenlo. Alaben al SEÑOR en la majestad de su santuario; que tiemble delante de él la tierra. Digan a todas las naciones: ¡El SEÑOR es rey! Él ha formado el mundo con firmeza; jamás será removido. Él juzga a todos los pueblos con justicia.’

Salmos 96:4-10

 

 

Grande eres, Señor, e inmensamente digno de alabanza;
grande es tu poder y tu inteligencia no tiene límites.

Y ahora hay aquí un hombre que te quiere alabar.
Un hombre que es parte de tu creación y que, como todos,
lleva siempre consigo por todas partes su mortalidad y el testimonio de su pecado,
el testimonio de que tú siempre te resistes a la soberbia humana.

Así pues, no obstante su miseria, ese hombre te quiere alabar.
Y tú lo estimulas para que encuentre deleite en tu alabanza;
nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto
mientras no descanse en ti.

Y ahora, Señor, concédeme saber qué es primero:
si invocarte o alabarte; o si antes de invocarte es todavía preciso conocerte.
Pues, ¿quién te podría invocar cuando no te conoce?
Si no te conoce bien podría invocar a alguien que no eres tú.
¿O será, acaso, que nadie te puede conocer si no te invoca primero?
Mas por otra parte, ¿cómo te podría invocar quien todavía no cree en ti?
¿Y cómo podría creer en ti si nadie te predica?

Alabarán al Señor quienes lo buscan,
pues si lo buscan lo habrán de encontrar, y si lo encuentran lo habrán de alabar.
Haz pues, Señor, que yo te busque y te invoque;
y que te invoque creyendo en ti, pues ya he escuchado tu predicación.

Te invoca mi fe. Esa fe que tú me has dado,
que infundiste en mi alma por la humanidad de tu Hijo,
por el ministerio de aquel que tú nos enviaste para que nos hablara de ti.

Sobre El Autor

Agustin de Hipona

Agustín de Hipona (354-430), conocido también como San Agustín, fue, padre y doctor de la Iglesia. El «Doctor de la Gracia» fue el máximo pensador del cristianismo del primer milenio y uno de los más grandes genios de la humanidad. Autor prolífico, dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo Confesiones y La Ciudad de Dios sus obras más destacadas.

Artículos Relacionados