A veces lo creía con fuerza, y otras con debilidad; pero siempre creía que existes y que diriges la marcha de las cosas del mundo, aunque no sabía qué es lo que se debe pensar de tu sustancia o de los caminos que llevan a ti o apartan de ti.

Por eso, siendo yo débil e incapaz de encontrar la verdad con las solas fuerzas de mi razón, comprendí que debía apoyarme en la autoridad de las Escrituras, y que tú no habrías podido darle para todos los pueblos semejante autoridad si no quisieras que por ella te pudiéramos buscar y encontrar.

En los últimos días había yo oído explicaciones muy plausibles sobre aquellas necias objeciones que antes me habían perturbado; y me encontraba dispuesto a poner la oscuridad de ciertos pasos de la Escritura a la cuenta de la elevación de los misterios; y por eso mismo tanto más venerable y digna de fe me parecía la Escritura cuanto que, por una parte, quedaba accesible a todos y, por otra, reservaba la intelección de sus secretos a una interpretación más profunda.

A todos está abierta con la simplicidad de sus palabras y la humildad de su estilo, con el cual ejercita, sin embargo, el entendimiento de los que no son superficiales de corazón; a todos acoge en su amplio regazo, pero a pocos encamina a ti por angostas rendijas. Pocos, que serían muchos menos si ella no tuviera ese alto ápice de autoridad ni atrajera a las multitudes al seno de su santa humildad.

Tú estabas a mi vera cuando pensaba yo todo esto; yo suspiraba y tú me oías; yo andaba fluctuando y tú me gobernabas, sin abandonarme cuando iba yo por el ancho camino de este siglo.

(Conf. VI, 5.8)

Sobre El Autor

Agustin de Hipona

Agustín de Hipona (354-430), conocido también como San Agustín, fue, padre y doctor de la Iglesia. El «Doctor de la Gracia» fue el máximo pensador del cristianismo del primer milenio y uno de los más grandes genios de la humanidad. Autor prolífico, dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo Confesiones y La Ciudad de Dios sus obras más destacadas.

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