“Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; en su palabra he esperado”.
Salmo 130:5

Soy una suplicante a la puerta de un palacio, un mendigo a la puerta de un Rey, pero con la refinada desemejanza entre los comunes peticionarios de que el Señor del palacio es mi Amigo personal y, aunque esté yo esperando fuera en este momento, poseo una invitación para entrar, y sé que la puerta se abrirá de par en par para mí algún día. No, más que todo eso si expreso todo lo que hay en mi corazón: diariamente espero que el Rey mismo venga y me invite a entrar, y me admita en su presencia como hija suya.

Bien, alma mía, ¡sin duda, este es un bendito estado de favor y privilegio! Bien puedes permitirte esperar con paciencia una esperanza tan gloriosa como esta. Tú sabes que esperar es mucho mejor que vagar, y que las manos levantadas en silencio ruegan con más elocuencia que un torrente de palabras. Mantén tu postura de quedarte y suplicar; y si la llamada no llega aún, debiera ser un gozo suficiente esperar y estar atenta al tiempo y la voluntad de Él, y prever la gloria venidera en la cual Él ha prometido que participarás.

¿Qué dices que estás esperando? ¿Limosnas? ¿Entrada? ¿Bienvenida? Tienes lo primero aun ahora, pues su abundancia llega hasta ti mientras esperas diariamente a su puertas; y las mejores bendiciones son seguras cuando Él haya perfeccionado aquello que te concierne, pues entonces conocerás con gran sorpresa “[lo] que Dios ha preparado para los que le aman” (1Co. 2:9).

Mientras tanto, ¿no percibes algunas maravillosas vislumbres de tu glorioso Amigo a través de las celosías? ¿Y no ha habido momentos en que escuchaste los dulces tonos de su voz cuando decía: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo” (Jn.14:3)?

“Esperé yo a Jehová”. Bendito Maestro, te doy gracias por mis tiempos de espera; son tiempos de amor y favor, y me acercan más y con mayor urgencia a tus pies. Tus retrasos no son rechazos. Tus demoras no hacen sino asegurar una provisión más abundante. Cuando parece que te tardas en responder a la oración es para hacerme sentir más anhelo de la misericordia, o para enseñarme a pedir con mayor confianza, o para que Tú puedas reunir tus bendiciones para otorgarlas “mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef. 3:20).

“Esperó mi alma”. ¡Oh Señor! Qué especial dicha de dulce contentamiento hallo en esperar delante de Ti cuando Tú llenas mi corazón de cariñoso amor y gratitud, cuando estoy en silencio porque no se necesitan palabras entre Tú y mi sorprendida alma, cuando soy humillada hasta el polvo mismo por tu amor y tu favor y, sin embargo, elevada hasta los lugares celestiales por medio de Cristo Jesús y, de esta manera, espero, y observo y adoro. Esta es la espera en Ti que renueva y fortalece mi vida espiritual. Esta es la espera que nunca se cansa, la expectación que nunca defrauda, la “esperanza [que] no avergüenza” (Ro.5:5). ¡Oh, ser hallada esperando de esta manera a Dios, y en Dios, hasta que Él venga!

“En su palabra he esperado”. ¿Qué es su Palabra para ti esta mañana, alma mía? ¿Has recogido ya tu maná diario y has gustado su dulzura? El alimento celestial está a tu alrededor en abundancia, porque el Señor ha esparcido en las páginas de su Palabra promesas de bienaventuranza para aquellos que le esperan. Y recuerda: su más pequeña Palabra permanece firme y segura; nunca podrá fallarte. Por tanto, alma mía, tienes una promesa que te sostiene, porque entonces tu espera será reposo, y un firme asidero para tu esperanza te dará confianza en Aquel que ha dicho “que no se avergonzarán los que esperan en mí” (Is. 49:23).

Sobre El Autor

Susannah Spurgeon

Susannah Spurgeon (1832–1903) —de soltera, Susannah Thompson— fue la esposa del famoso príncipe de los predicadores C.H. Spurgeon. Plenamente identificada con el ministerio de su marido, compartió su obra durante los treinta y seis años que duró su matrimonio. Tras la muerte de Spurgeon en 1892, escribió varias obritas de carácter devocional.

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