Se considera a la oración como un mecanismo diseñado para producir ciertos resultados. Necesitamos algo y creemos que todo lo que tenemos que hacer es pedirlo y Dios nos lo concederá. No nos detenemos a pensar cómo debemos acercamos a Dios y si tenemos el derecho de hacerlo. La idea de adorar a Dios y ofrecerle culto no se toma en cuenta. No consideramos nuestras respectivas posiciones ni hos acordamos de que El es “el Alto y Sublime, el que habita la eternidad” (Is. 57: 15) y que nosotros somos totalmente pecaminosos y que nuestra bondad y justicia son como “trapo de inmundicia” (Is. 64:6) en su presencia. Ni siquiera se nos ocurre escuchar a Dios y esperar en su presencia. Dios no es más que un agente a quien nos tomamos sólo cuando deseamos hacerlo, cuya función principal es concedernos nuestras peticiones. Cuando comparamos nuestras oraciones con las que encontramos registradas en la Biblia, como por ejemplo las pronunciadas por Moisés, Daniel, Isaías y los apóstoles, y especialmente cuando observamos el orden y el lugar dado a las peticiones en sí en la oración modelo enseñada a los discípulos por nuestro Señor, es evidente que tendemos a omitir lo que es más importante, lo primario, y concentramos sólo en peticiones y en la gratificación de nuestros deseos personales, y egoístas. Es por esto que la vida de oración de muchas personas es tan espasmódica e irregular en tiempos normales y se toma urgente y regular sólo en momentos de desesperante necesidad.

Otra tendencia íntimamente relacionada con ésta es pensar exageradamente sobre lo que Dios debiera hacer. Ya hemos visto que no nos detenemos a considerar la naturaleza de Dios con respecto a nuestro acceso a Él. Del mismo modo no consideramos su naturaleza e infinita sabiduría antes de decidir acerca de lo que Dios debiera hacer. No vacilamos en presumir que lo que nosotros pensamos que es correcto debe necesariamente estar bien, y que, por tanto, Dios debe concedernos nuestras peticiones precisamente en la forma en que se las presentamos. Lamentablemente, pocas veces nos detenemos a considerar cuál sería la voluntad de Dios con respecto a determinado asunto. ¿Con cuánta frecuencia procuramos realmente formamos una idea de la voluntad de Dios en determinada situación? ¿Cuántas veces procuramos descubrir y conocer la voluntad de Dios por medio de la oración? En lugar de pedirle que Él haga su voluntad, en lugar de decirle:

Tu voluntad, oh, Señor
por difícil que sea,”

Sencillamente le pedimos que El haga nuestra voluntad y cumpla nuestros deseos. En lugar de humillarnos ante Él pidiéndole que nos revele su voluntad, a menudo casi llegamos a ordenarle a Dios y dictarle lo que debe hacer. Es porque ya hemos decidido en nuestras mentes lo que debe suceder, que estamos tan mortificados y dispuestos a dudar de la bondad de Dios cuando no se cumple. Esto es cierto no sólo de nuestras oraciones personales sino también de las que ofrecemos por nuestra nación, y quizá también por la condición del mundo entero.

Sobre El Autor

Martyn Lloyd Jones

David Martyn Lloyd-Jones (20 diciembre de 1899 – 1 marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en el la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

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