El día de reposo nos habla de descanso, de nuestro reposo en Dios hecho para él. No descansaremos hasta hallar nuestro reposo en él. Es un sosiego en Dios que es consagración, adoración y comunión con él. Es el día de reposo en que debemos aprender cómo dar gloria a nuestro Dios y gozar de él.

El día de reposo nos insta a recordar el pasado, la creación y al Dios creador que hizo todas las cosas bien; a rememorar el presente y al Dios que compró nuestra libertad con la preciosa sangre de Cristo; y a no olvidar el futuro, cuando le veremos y seremos como él. Ahora debemos esperar, vigilar y orar por el día de reposo, el día del Señor.

El Redentor también es Señor del día de reposo. Ya no era lo que fue antes de la caída. Cuando el hombre cayó, arrastró consigo hasta el fango el respeto por el día de reposo. Como su contentamiento ya no estaba en las cosas de Dios, tampoco se hallaba en el día de reposo. Sentía un placer perverso por destruir cualquier cosa que mencione el descanso y la redención en Dios, todo aquello que tenga que ver con la adoración del Dios Redentor, y sigue siendo así. El hombre, ese mismo ser que necesita descansar más que ningún otro, que fue creado expresamente para un ciclo de seis días de actividad y uno de descanso, es quien hará cualquier cosa para evitar ese día de descanso de Dios, para no «estar quieto, y saber que yo soy Dios».

Así como el ser humano mismo necesita con desesperación al Redentor, ocurre lo mismo con ese día hecho para el hombre. El día de reposo en sí precisa de quien lo redima de su total rechazo por parte de la gran mayoría, y del abuso fariseo, hipócrita y religioso de una justicia superficial.

El Redentor también es Señor del día de reposo: ese Redentor es Cristo y es el Señor. ¿Te atreverás a negarlo? Cristo es también Señor del sábado. Es suyo. Le pertenece, y puede hacer lo que le plazca con él. Y porque es de su propiedad, no puede ser de nadie más. No es un día del hombre: no entra dentro de su círculo de poder. Aceptar el señorío de Cristo sobre el día de reposo lo sustrae del control humano. Lo ponemos únicamente en las manos de aquel que puede dárnoslo; se lo devolvemos a quien lo dispuso para nuestro bien y para su gloria; se lo damos a Cristo que lo redimió para su pueblo: es un oasis en el desierto de este mundo que nos habla de la tierra del día eterno.

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