Querido Señor, esta mañana he encontrado uno de los secretos manantiales de dulces aguas; un antiguo y escondido pozo en el desierto que tu amor, por así decirlo, mantuvo tapado y oculto hasta que mi gran necesidad te movió a abrir mis ojos para descubrirlo. ¡Cuán precioso ha sido para mí ese pensamiento, oh Señor! ¡Qué fortalecedoras y refrescantes son esas frescas aguas para un alma sedienta, las cuales Tú has hecho brotar en un lugar extraño! Porque yo pensaba que estaba sufriendo un duro problema, Señor, en el trato y en la disciplina que Tú has visto necesarios para mí; y aunque tu gracia me guardó de murmurar y quejarme abiertamente, mi ser interior constantemente clamaba: Esto es duro, Señor; esto es muy duro.

Pero ahora Tú dices: No, hija mía, ni siquiera debe parecerte duro. Tu confianza en mí debiera ser tan perfecta, tu fe en mi amor tan fuerte, tu obediencia a mi voluntad tan completa, que nada que yo designo debería parecerte penoso, ninguna prueba que yo envío debería asustarte o abrumarte. ¿Acaso no he sido siempre para ti tu pronto auxilio en la tribulación (Sal.46:1)? Señor, mi corazón dice “¡Amén!” a tus misericordiosas palabras, y después confía en que Tú obres toda esa amorosa obediencia en mí mediante tu grandioso poder.

“No te parezca duro”. La peculiar prueba por la cual pueda estar pasando yo ahora es precisamente “lo que” no debe parecerme duro. El arco de Dios nunca está dirigido a la ventura; Él no comete errores, ni al contar el número de las estrellas ni en asignarme las tristezas que me enseñarán a glorificarle a Él. Y, querido lector, si quieres encontrar consuelo en las palabras que tanto me consolaron a mí, debes mirar tu problema actual, sea cual sea, y decir: Señor, esto no me parecerá duro porque he recibido mucha abundancia y bendición de Ti, he conocido tanto de tu misericordia y tu amor perdonador que no me atrevo a desconfiar de Ti o a cuestionar por un momento la sabiduría divina de tu trato conmigo.

¡Ah! Nuestros ojos están tan empañados por las nieblas y las sombras terrenales que no podemos ver con la suficiente claridad para distinguir el bien del mal; y si se nos deja que nos las arreglemos solos, podríamos aceptar una maldición en lugar de una bendición. Somos unos pobres y ciegos mortales, y es bueno para nosotros que nuestro Maestro escoja nuestras pruebas en lugar de hacerlo nosotros, aunque para nuestra imperfecta visión Él parezca a veces haber designado un duro problema.

El mal que Dios bendice es para bien,
mientras que el bien no bendecido es mal,
y lo más equivocado es correcto
si es que es esa su dulce voluntad.

Sí, es en la total y amorosa rendición a la voluntad del Señor donde se encuentra el secreto del verdadero descanso y la verdadera paz. Es esa la alquimia que transforma las tristezas terrenales en bendiciones celestiales; aquí está el antídoto para toda mordedura, el “curalotodo” de toda preocupación, el remedio infalible para toda inquietud. Querido Señor, si soy tu hija que te ama, confía en Ti y te obedece, ¿cómo puede parecerme “dura” tu voluntad para mí? No; en cambio debería afrontarla y acogerla con alegría, sabiendo bien que tu amor por mí solo podría enviar un mensaje de paz, a pesar de lo oscuro que pareciera ser el sobre que lo contenía.

Este consuelo no puede aplicarse a los problemas que nosotros mismos nos buscamos, los cuales algunas veces glorificamos convirtiéndolos en dificultades espirituales cuando en realidad son pecados egoístas; esas cosas no son voluntad de Dios para nosotros sino nuestro propio y perverso camino, y no nos traen nada mejor que amargura y lágrimas. Pero una carga o tristeza dada por Dios, llevada a la luz de su amor y puesta a sus benditos pies, de inmediato pierde toda su “dureza” y se transforma en bendición, por la cual nuestra alma alaba al Señor con tierna gratitud.

“No te parezca duro”. ¡Ah! Querido Maestro, cuán gravemente dolorido estará tu corazón cuando nosotros, tus redimidos, pensamos de cualquiera de tus tratos con nosotros que es duro o severo. Tú nos has amado desde la eternidad, y no escatimaste ni a tu propio Hijo cuando se requería un rescate por nuestras almas (Ro.8:32); Tú nos has guiado, nos has alimentado y has cuidado de nosotros toda nuestra vida, ¿y seremos tan malvados e ingratos para considerar “dura” alguna cosa que tu sabiduría y tu amor nos asignen?

“No te parezca duro”. Desde que este precioso texto hizo un murmullo en las páginas de la Palabra de Dios como un arroyo que bordea el sendero, he estado bebiendo de sus aguas con gran gozo; y cuando un problema, grande o pequeño, oprime mi alma y hace que mi corazón desmaye dentro de mí, tomo otro trago de este dulce manantial y estoy preparada para decir: Ya no es duro, Señor, porque estoy llena de consuelo y tengo por sumo gozo cuando me hallo en diversas pruebas (Stg.1:12).

Sobre El Autor

Susannah Spurgeon

Susannah Spurgeon (1832–1903) —de soltera, Susannah Thompson— fue la esposa del famoso príncipe de los predicadores C.H. Spurgeon. Plenamente identificada con el ministerio de su marido, compartió su obra durante los treinta y seis años que duró su matrimonio. Tras la muerte de Spurgeon en 1892, escribió varias obritas de carácter devocional.

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