“POR TANTO, NOSOTROS TODOS, MIRANDO A CARA DESCUBIERTA COMO EN UN ESPEJO LA GLORIA DEL SEÑOR, SOMOS TRANSFORMADOS DE GLORIA EN GLORIA EN LA MISMA IMAGEN, COMO POR  EL ESPÍRITU DEL SEÑOR” (2 Co. 3:18)

Hay un gran misterio en la santificación. Es un misterio por el amor que demuestra, el poder que manifiesta, el método que emplea y la labor que lleva a cabo. Cuando Moisés miraba sobre ese resplandor brillante en el monte, él gradualmente atrapaba algo de la misma gloria, y tanto que su rostro brillaba. Cuando contemplamos la imagen del Dios Invisible, como es mostrada en la persona y carácter de Cristo, nosotros también somos hechos como Él, y no precisamente por un efecto natural, sino “por el Espíritu del Señor.” La semejanza a Dios es la santidad. El crecimiento en esta semejanza es crecimiento en gracia. Es todo por Jesucristo.

Es verdad que “los mejores hombres son en el mejor de los casos hombres” y están tan lejos de ser tan perfectos como su Padre que está en los cielos es perfecto. No hay hombre que no peque. “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque (Ec. 7:20).” Pero el hombre piadoso no está dispuesto a ser prisionero del pecado, mientras que el hombre no renovado se regocija en la iniquidad. El Hijo de Dios se convierte más y más como Dios. El malvado crece de peor y peor. El santo desea la salvación de Dios. El pecador no puede dormir a no ser que él haya hecho alguna maldad.

El corazón de un creyente es la mejor parte acerca de él. Si él pudiera tener cosas como quisiera, él nunca pecaría ya más. La vida de un hombre inconverso comúnmente es casi tan malo como su corazón. El se está refrenando en diferente maneras del mal comportamiento lo más peor que hay en él. El hombre santo se avergüenza de un pensamiento pecaminoso. El hombre malvado ama tener pensamientos vanos alojándose dentro de él. Es el negocio de la vida del hombre piadoso agradar a Dios y perfeccionarse en santidad. Es el negocio de la vida del pecador agradarse el mismo y cometer pecado. El trabajo de la purificación de corazón será finalizado a su debido tiempo, y todo lo piadoso será satisfecho, cuando ellos se despierten, con el retrato de Dios, completamente dibujado sobre sus almas.

Si somos llamados a ser santos, no somos llamados a servir a ningún otro sino sólo al Señor Jesucristo. La santidad puede estar fuera de moda aquí en la tierra, pero no en el cielo. Es infinitamente más mejor ser “un pueblo peculiar, celoso de buenas obras” que “un pueblo cargado de iniquidad”. Cuando un príncipe estaba a punto de viajar, él preguntó a su tutor por algunas máximas, por el cual pudiera gobernar su comportamiento, y el recibió esto: “Recuerda que tu eres hijo de un rey”. Recordemos a todos los Cristianos que ellos son hijos e hijas de Jehová de los ejércitos, “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.” Con cuál fuerza y tamaño viene la exhortación de tal evangelio. La verdad nunca produce libertinaje. La participación actual en la Justicia de Cristo siempre se manifiesta por la posesión de Su imagen y carácter. Es un triste ejemplo de un corazón malvado cuando un profesor del Evangelio de Cristo trata de vivir tan cerca como es posible de la línea que separa el pecado de la santidad. Dejémosle evitar y aborrecer el mal. Exceso en muchas cosas es fácil, pero ningún hombre teme u odia al pecado demasiado. Hasta donde sabemos, el pecado es la única cosa que Dios odia. Hay muchos reptiles asquerosos, bestias inmundas y serpientes venenosas del cual instintivamente nos alejamos; y sin embargo las tiernas misericordias de Dios están sobre todo estos. El abre su mano y suple las necesidades de cada cosa viviente. El fin para el cual Él propuso en Su creación, ellos se adaptan bien. Pero el pecado es en su propia naturaleza y tendencia, solo el mal. Dios lo aborrece. El pecado le deshonra, le aflige, le irrita. Es la única cosa que le afrenta y le ofende. El está enojado con el impío todo los días. Cuando uno del pueblo de Cristo peca, esto está hiriendo a nuestro Salvador “en la casa de sus amigos.”

Una supuesta obra de gracia sobre el corazón, que no da signos externos y no abandona la vida malvada, no sirve para nada. La verdadera santidad no es inactiva sino activa, no es meramente una negación de la maldad, sino la efectividad de lo bueno. Por un rato, José y Nicodemo pudieron ser tímidos, pero cuando la gran pregunta se levantó por la crucifixión, los encontramos como discípulos abiertos y audaces. El fruto de una naturaleza santa es una vida santa.


Sermón Original: The Mystery of Sanctification
Fuente: Apuritansmind.com
Traducción: Elioth Fonseca
Edición: Nicole Valdés

Sobre El Autor

William Plumer

Ministro, Teólogo: William Swan Plumer, nació en Greensburg, Pennsylvania el 19 de Julio de 1802. Fue un Ministro Americano, teólogo y autor que fue reconocido como un líder intelectual de la Iglesia Presbiteriana del siglo XIX. Se graduó del Colegio de Washington (ahora Universidad de Washington y Lee en Virginia) en 1825, recibió su educación religiosa en el Seminario Teológico de Princeton en Nueva Jersey, y fue ordenado en la Iglesia Presbiteriana. El Presbiterio de Nueva Jersey autorizó a Plumer como ministro en 1826, y el Presbiterio del estado de Orange lo ordenó como un evangelista en 1827. Fue Pastor de varias Iglesias, más principalmente: La Primera Iglesia Presbiteriana, Richmond, Virginia (1834–1846); Iglesia Presbiteriana Franklin Street, Baltimore, Maryland (1847–1854); Iglesia Presbiteriana Central, Allegheny, Pennsylvania (1854–1862)... etc. Plumer murió en Baltimore el 12 de Octubre de 1880. Y fue sepultado en el cementerio de Hollywood en Richmond.

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