“No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”.
Juan 14:27

¿De qué labios salen esas tiernas palabras que caen como la lluvia sobre la hierba cortada? ¿A quién pertenece el corazón que tiene tan íntimo conocimiento de mi necesidad y tan profunda compasión por mi debilidad, de modo que sale al encuentro de ambas con la gracia de su abundante amor?

No podría ser otro sino “el mismo Jesucristo” (cf. 2 Ts. 2:16), mi misericordioso Señor y Maestro, quien así habla, y yo haré bien en meditar en cada frase cuando escuche su amorosa voz.

“No se turbe vuestro corazón”. Querido Señor, estas palabras tuyas aunque son tan dulces, son también imperativas. Son un mandato y debieran ser obedecidas al instante. Quizá nunca las haya considerado bajo esta luz, sin comprender que, al llevar en mi interior un espíritu turbado, ¡actúo en directa desobediencia a tu mandato!
“Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Sal. 119:18). ¡Dime las palabras una y otra vez, querido Señor! Habla “como quien tiene autoridad” (Mt. 7:29) y, con tu misericordioso mandato, dame también el inmenso poder que me capacitará para cumplirlo. ¡Cuántas veces te habré entristecido por mi falta de confianza en tu tierno amor y cuidado! ¡Cuántas veces te habrás maravillado ante mi necedad al intentar llevar cargas que podría haber echado a tus pies!

“No se turbe vuestro corazón”. Sin duda, oigo un serio tono de reprensión y decepción que se mezcla con la música de estas dulces palabras en labios de mi Señor. Bien puede ser así, querido Maestro, pues después de todo lo que Tú has hecho y has dicho, mi corazón nunca debería estar turbado; no debiera yo permitir que tenga temor. Y sin embargo, con qué rapidez el temor toma la delantera a los pasos de la alegre certeza; ¡con qué rapidez paso de la luz de tu presencia a la profunda sombra que proyecta la montaña de mi pecado!
Señor, ayúdame a razonar conmigo misma en esto por unos momentos, o si no, dime: “[Ven] luego, y estemos a cuenta” (cf. Is. 1:18), porque entonces sé que tu infinito amor acallará conclusivamente mis temores y hará aquietarse toda la inquietud de mi alma.

¿Por qué tendría que turbarse mi corazón? ¿Es a causa del abrumador sentimiento de pecado y de indignidad que a veces amenaza con aplastar toda la energía espiritual de mi vida? Entonces, lo que tengo que hacer es volver a acudir a la fuente de la sangre, y allí ver todas mis iniquidades perdonadas porque están sobre Aquel que llevó el pecado, y todas mis culpas perdonadas porque Él sufrió en mi lugar. ¿Puedo seguir teniendo un corazón turbado cuando Él murió para que yo pudiera tener paz mediante la fe? ¿Puedo haberle confiado a Él la salvación de mi alma y, sin embargo, permitirme a mí misma dudar de si Él realmente me ha salvado?
¿Por qué tendría que turbarse mi corazón? ¿Son las cosas que se ven, que son temporales (cf. 2 Co. 4:18), las que me angustian? ¿Las preocupaciones de esta vida, la lucha por el pan de cada día, quizá, y si no es eso, las miles de vejaciones y de desengaños que son la suerte de nuestra pobre Humanidad? Ven otra vez a tu querido Señor, alma mía, y pon ante sus pies todo lo que te confunde y te entristece; sin duda le oirás decir: No permitas que tu corazón se turbe, ni permitas que tenga miedo; yo conozco todas tus tristezas, y estoy guiando y dirigiendo todo lo que te concierne. ¿Es más difícil confiar en mi amor con respecto a los males terrenales que con respecto a los gozos eternos?

¿Por qué tendría que turbarse mi corazón o tener miedo? No hay nada en la Tierra o en el Infierno que pueda hacer daño a un alma que cree en Jesús. Su perfecto amor echa fuera todo temor (cf. 1 Jn. 4:18). Aun el temor a la muerte (una atadura tan grande en algunas vidas) se quita cuando “Dios […] nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 15:57).

Bendito Señor, ayúdame a ser obediente a tu mandato y a recibir con mansedumbre tu bien merecida reprensión, glorificándote a Ti de hoy en adelante en mi vida cotidiana mediante una reposada fe, a la que nada pueda turbar o consternar. El alma que se ha apoyado en Jesús para reposar nunca debiera conocer la turbación o el temor.

 

Sobre El Autor

Susannah Spurgeon

Susannah Spurgeon (1832–1903) —de soltera, Susannah Thompson— fue la esposa del famoso príncipe de los predicadores C.H. Spurgeon. Plenamente identificada con el ministerio de su marido, compartió su obra durante los treinta y seis años que duró su matrimonio. Tras la muerte de Spurgeon en 1892, escribió varias obritas de carácter devocional.

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