A menudo se dice que sería injusto para Dios condenar a cualquiera de sus criaturas errantes a la perdición eterna.

Pero, ¿quiénes somos nosotros para juzgar la justicia de las decisiones del Sabio? ¿Quiénes somos nosotros para decir lo que es compatible o incompatible con la justicia de Dios? ¿Quiénes somos para determinar lo que ha de reivindicar mejor la benevolencia divina o equidad? El pecado ha debilitado así nuestra capacidad de juicio justo; oscurecido tanto nuestro entendimiento; embotado tanto nuestra conciencia; pervertido tanto nuestra voluntad; corrompido tanto nuestros corazones, que somos bastante incompetentes para decidir.

Nosotros mismos estamos tan infectados por el pecado que somos totalmente incapaces de estimar sus debidos méritos. ¡Imaginen una empresa de delincuentes que pasan juicio sobre la equidad y la bondad de la ley que les había condenado! La verdad del asunto es, y, ¡con cuánta frecuencia se pierde de vista! -que a Dios no se le mide usando estándares humanos. Pero, ¿Nos hemos dado cuenta de que negar la justicia del castigo eterno es también repudiar la gracia de Dios? Si la miseria sin fin fuese injusta, entonces la exención de ella debe ser el derecho del pecador, y de ser así, ¡su salvación no podría nunca atribuirse a la gracia, que es un favor inmerecido! Por otra parte, negar la justicia del castigo eterno es ir en contra de la conciencia cristiana, que universalmente da testimonio del hecho de que el castigo, y sólo el castigo, es todo lo que cada uno de nosotros merece.

Además, si el pecador ha despreciado y rechazado la felicidad eterna, ¿hay alguna razón por la que debe quejarse en contra de la justicia de la miseria eterna? Por último, si hay un mal infinito en el pecado, ya que existe, entonces el castigo infinito es su debida recompensa.

Sobre El Autor

A.W. Pink

Arthur Walkington Pink. Era un predicador y escritor de gran talento que ministró en Gran Bretaña, América y Australia. Fue un evangelista y erudito bíblico inglés, conocido por su firme postura calvinista y su gusto por las enseñanzas (doctrinas) puritanas en medio de una era dominada por la oposición a las tradiciones teológicas. Nació en Nottingham, Inglaterra el 1 de abril de 1886 y se convirtió al cristianismo en 1908, a la edad de 22 años. Aunque nació entre padres Cristianos, antes de convertirse emigró a una sociedad teosófica (de ocultismo gnóstico; grupo precursor del movimiento de la nueva era, popular en Inglaterra en aquel entonces), y rápidamente adquirió prominencia dentro de sus rangos. Su conversión tuvo lugar a partir de las pacientes amonestaciones de su padre a partir de las Escrituras. Fue el pasaje de Proverbios 14:12 -“Hay camino que al hombre le parece derecho;pero su fin es camino de muerte.”- el cual particularmente golpeó su corazón y le obligó a renunciar a la Teosofía y así seguir a Jesucristo. En 1934 Pink regresó a Inglaterra, y en unos pocos años hizo de su ministerio cristiano el escribir libros y panfletos. Mudándose luego a la Isla de Lewis, Escocia, en 1940, Pink murió de anemia en Stornoway, Escocia el 15 de julio de 1952.

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