“Este es el mensaje que oímos de Jesús y que ahora les declaramos a ustedes: Dios es luz y en él no hay nada de oscuridad. Por lo tanto, mentimos si afirmamos que tenemos comunión con Dios pero seguimos viviendo en oscuridad espiritual; no estamos practicando la verdad.

Si vivimos en la luz, así como Dios está en la luz, entonces tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado. Si afirmamos que no tenemos pecado, lo único que hacemos es engañarnos a nosotros mismos y no vivimos en la verdad; pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.

Si afirmamos que no hemos pecado, llamamos a Dios mentiroso y demostramos que no hay lugar para su palabra en nuestro corazón.”

1 Juan 1:5-10

Sabes que la gracia te ha visitado cuando dejas de estar a la defensiva y cuando te conviertes en alguien moldeable y humilde. 

Comenzó en el jardín del Edén y, desde entonces, todos lo hacemos. Todos señalamos a otros y tratamos de convencernos a nosotros mismos de que la culpa no es nuestra. Adán apuntó su dedo hacia Eva, y Eva el suyo hacia la serpiente; ninguno de los dos aceptó su culpa. Sí, es cierto, han existido generaciones y generaciones de ‘señaladores’ desde entonces.

Verás, cuando has hecho algo malo, no es natural que mires dentro de ti para encontrar su causa. El pecado nos convierte en santurrones. Nos da excusas de sobra. De alguna manera, de alguna forma, todos caemos en la ilusión de que el mayor de nuestros problemas está fuera de nosotros, no dentro. Todos tenemos abogados internos muy activos, quienes se levantan en nuestra defensa ante cualquier acusación. Todos somos muy habilidosos para argumentar que lo que hemos hecho habla más sobre los defectos de las personas y las cosas que nos rodean que de lo que hay en nosotros.

Cuando nuestras consciencias nos incomodan mediante la obra del Espíritu Santo, todos somos tentados a esquivar la culpa, escondiéndola en algún otro lugar. Todos tendemos a estar mucho más preocupados sobre el pecado de otros que lo que estamos sobre el nuestro, pero Juan dice: “Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad” (1 Juan 1:8). Ya que aceptar la culpa no es natural, necesitamos de la gracia redentora y transformadora que produzca en nosotros un corazón humilde, quebrantado, dispuesto, autocrítico y buscador de ayuda.

Solo la gracia divina puede ablandar el corazón de una persona.

Solo la gracia puede ayudar a que tus ojos vean lo que necesitan ver.

Solo la gracia puede derrumbar tus defensas y llevarte a confesar.

Solo la gracia puede hacer que dejes de señalar y acudas a tu Redentor, buscando Su perdón y poder libertador.

Solo la gracia puede capacitarte para renunciar a tu propia justicia y para encontrar tu esperanza y descanso en la justicia de otro.

Solo la gracia puede producirte más pesar por tu pecado que por el de los demás.

Solo la gracia puede hacer que reconozcas tu necesidad de ella. Solo la gracia puede hacer que abandonemos la confianza en nuestro propio desempeño y que depositemos nuestra confianza en la justicia perfecta de Jesucristo.

Solo la gracia puede hacer que pongamos nuestra esperanza en donde esta puede ser hallada: en Dios y solo en Dios.

Cada momento que vivimos a la defensiva demuestra cuánto necesitamos la gracia.

Sobre El Autor

Paul David Tripp

Paul David Tripp es pastor, autor y conferencistas. Él es el presidente de los Ministerios Paul Tripp y trabaja para conectar el poder transformador de Jesucristo a la vida cotidiana. Esta visión ha llevado a Paul a escribir 17 libros sobre la vida cristiana, producir 14 series de enseñanza y viajar alrededor del mundo hablando en eventos. La pasión motriz de Paul es ayudar a la gente a entender cómo el evangelio de Jesucristo habla con esperanza práctica en todas las cosas que la gente experimenta en este mundo roto.

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