Sobre la cruz, en efecto, no se olvidó de quién era, antes nos mostró su paciencia y nos enseñó con su ejemplo cómo se ha de amar a los enemigos. Porque, viendo bramar en torno suyo a estos desgraciados, cuya enfermedad conocía, pues era su médico, y sabiendo les había su delirio furioso cegado el espíritu, comenzó por decirle al Padre: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

¿Pensáis vosotros no eran los judíos aquellos malvados, fieros, sanguinarios y turbulentos enemigos del Hijo de Dios? Y, ¿pensáis no tuvo efecto la súplica hecha al Padre: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen? Los veía él a todos, y veía entre ellos a los que habían de ser suyos.

Él murió, es verdad, pues había con su muerte de dar muerte a la muerte. Murió Dios para realizar un negocio enteramente celestial: el de lograr en compensación que no muriera jamás el hombre. Cristo es, en efecto, Dios; pero no murió en cuanto Dios. Es a la vez Dios y hombre; el mismo Cristo es al mismo tiempo hombre y Dios.

Se hizo hombre para trocarnos en mejores; mas Dios no se hizo peor. Porque al tomar lo que no era, no perdió lo que era. Siendo, pues, Dios y hombre, murió en nuestra naturaleza para hacernos vivir en la suya. No tenía él en su naturaleza el poder morir, ni facultad nosotros en la nuestra de vivir.

¿Quién era, pues, él si no podía morir? En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Busca en Dios cómo pueda morir, y no lo hallarás; pero nosotros morimos porque somos carne; hombres que llevan encima la carne de pecado.

¿Cómo puede vivir el pecado? ¡Imposible! Cristo, por ende, ni podía hallar en su naturaleza la muerte, ni nosotros vida en la nuestra; mas como nosotros tomamos la vida en la suya, tomó él la muerte en nosotros. ¡Oh, qué cambio! ¡Lo que dio y lo que recibió! Los comerciantes hacen cambios, y el comercio en la antigüedad fue trueque de mercancías. Daba uno lo que tenía, y recibía lo que necesitaba. Tenía, por ejemplo, trigo, pero no tenía cebada; tenía otro cebada y no tenía trigo; daba, pues, aquel su trigo y recibía la cebada, que no tenía. La diferencia de precio se igualaba con la mayor cantidad de la especie inferior.

Uno daba cebada para recibir trigo, otro daba plomo a cambio de plata: mucho plomo por escasa plata; otro, en fin, lanas por telas. ¿Cómo especificarlo todo? Nadie, sin embargo, da su vida para recibir la muerte. La oración del Médico en el lecho de la cruz no fue baldía. Como el Verbo no podía morir por nosotros, hízose, para lograrlo, carne, y moró entre nosotros. Estuvo colgado de la cruz, pero en su carne.

Allí –en la cruz–estaba la humilde naturaleza despreciada por los judíos, y allí la caridad liberadora de otros judíos. Que por estos fue dicho: Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen. Y este grito no fue vano. El Salvador, efectivamente, murió, fue sepultado, resucitó, subió al cielo después de haber pasado cuarenta días entre sus discípulos, y envió el Espíritu Santo que les había prometido a los que esperaban.

Después de haberle recibido con plenitud, comenzaron a expresarse en los idiomas de todas las naciones. Oyendo hablar en nombre de Cristo todas las lenguas a hombres zafios, sin instrucción, a quienes habían conocido de andar entre ellos sin conocimiento de otra lengua sino la única que habían mamado, los judíos allí presentes se maravillaron y llenaron de terror.

Pedro les habló e hizo saber de dónde procedía este don. Se lo había otorgado aquel que había estado pendiente del madero; se lo había otorgado aquel que sufrió ser ultrajado en la cruz a fin de enviarles el Espíritu Santo desde los cielos. Y aquellos por quienes había el Señor dicho: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen, oyeron a Pedro y creyeron. Creyeron, pues, y fueron bautizados y se convirtieron. Pero, ¡qué conversión! ¡Con qué fe bebían la sangre que, frenéticos, habían derramado!

(Serm. 80, 5)

Sobre El Autor

Agustin de Hipona

Agustín de Hipona (354-430), conocido también como San Agustín, fue, padre y doctor de la Iglesia. El «Doctor de la Gracia» fue el máximo pensador del cristianismo del primer milenio y uno de los más grandes genios de la humanidad. Autor prolífico, dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo Confesiones y La Ciudad de Dios sus obras más destacadas.

Artículos Relacionados