Si deseamos crecer en la gracia, no nos sorprenda si nos visita la aflicción y la tribulación. Esta ha sido la experiencia de los creyentes más consagrados y santos. Al igual que el Maestro, ellos han sido “hombres despreciados, desechados, experimentados en quebranto” y “perfeccionados por las aflicciones“. (Isaias 53:3; Hebreos 2:10.) Las palabras del Señor Jesús son verdaderamente significativas: “Todo aquel que lleva fruto, mi Padre lo limpiará, para que lleve más fruto“. (Juan 15:2.) Para que nuestra espiritualidad se mantenga viva y en todo momento estemos alerta, nos son necesarias las enfermedades, las pérdidas, las cruces, las ansiedades, los desengaños y demás pruebas y aflicciones. Las necesitamos como la vid necesita el cuchillo de la poda, y el oro el horno. Ciertamente, no son agradables a la sangre y a la carne, pero son vitales para el alma. No nos agrada la prueba y la aflicción, y a menudo no podemos comprender el propósito y el porqué de las mismas. El Apóstol nos dice: “Es verdad que al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da frutos apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados“. (Hebreos 12:11.) Una vez estemos en el cielo comprenderemos que eran para nuestro bien.

Que permanezcan, pues, estos pensamientos continuamente con nosotros si en verdad deseamos crecer en la gracia. Cuando nos sobrevengan días oscuros y los nubarrones de la prueba se ciernan sobre nosotros, no pensemos que se trata de algo extraño, si no que, por el contrario, estemos convencidos de que en estos días oscuros se aprenden lecciones tan importantes que jamás en los días de sol podrían aprenderse. Digámonos, pues, cada uno de nosotros: “Es para mi provecho; para que sea hecho partícipe de la santidad de Dios. Me ha sido enviado en amor. Estoy en la mejor escuela de Dios. La corrección es instrucción. Esto es para que yo crezca en la gracia“. 

Sobre El Autor

J. C. Ryle

John Charles Ryle, nació en Inglaterra en el año 1816. Sus padres fueron John y Susana Ryle. Terminó sus estudios en las Universidades de Eton y Oxford donde, además de adquirir una buena educación, Su conversión tuvo lugar en el año 1837 después de haber quedado fascinado por una lectura en público del capítulo dos de Efesios Esto es lo que Ryle oyó: “Porque por gracia habéis sido salvados — por medio de la fe — y esto no de vosotros — sino que es don de Dios”. La justificación por la fe, la verdad que transformó a Lutero tuvo el mismo efecto sobre Ryle. En el año 1880, después de cuarenta años en el ministerio, cuando ya tenía sesenta y cuatro años, fue nombrado primer obispo de la populosa ciudad de Liverpool. Allí, Ryle trabajó arduamente e hizo mucho bien hasta que no pudo más y renunció a la edad de ochenta y tres años, unos cuantos meses antes de su muerte, el diez de junio del año 1900.

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