Dios hizo el hombre a su propia imagen, y uno de los aspectos más nobles de la semejanza de Dios en el hombre es la capacidad de pensar. Es verdad que todas las criaturas infra-humanas tienen cerebro, algunos rudimentos, otros más desarrollados. El Sr. W.S. Anthony, del Instituto de Psicología Experimental de Oxford, presentó un trabajo ante la Asociación Británica, en septiembre de 1957, en lo cual describió algunas experiencias con ratones. Él obstaculizó a las entradas que contenían alimento y agua, frustrándoles las tentativas de encontrar el camino en aquel laberinto. Descubrió que, delante del laberinto más complicado, sus ratones demostraron lo que él denominó de dudas “¡intelectual primitiva!” Eso bien puede ser verdad. Sin embargo, aunque en algunas criaturas haya dudas, solamente el hombre tiene lo que la Biblia llama “comprensión”.

La Escritura asegura y evidencia eso a partir del momento de la creación del hombre. En Gênesis 2 y 3 vemos a Dios comunicándose con el hombre de un modo según lo cual Él no se comunica con los animales. Él espera que el hombre colabore consigo, consciente e inteligentemente, en el cultivo y en la conservación del jardín en que lo colocó, y que sepa diferenciar —tanto racional como moralmente— entre lo que le es permitido y lo que le prohibió de hacer. Aún más, Dios llama el hombre para dar nombres a los animales, simbolizando así el señorío que le hubo dado sobre esas criaturas. Y Dios creía la mujer de manera tal que el hombre inmediatamente la reconoce como compañera idónea de su vida, y entonces irrumpe espontáneamente en el primer poema de amor de la Historia.

Esta racionalidad básica del hombre, por creación, es admitida en toda la Escritura. En la realidad, sobre ese hecho se apoya el argumento normal que, siendo el hombre diferente de los animales, él debe comportarse también diferentemente, “No seáis como el caballo o la mula, sin comprensión (Salmos 32:9)”. En consecuencia, el hombre es escarnecido y reprendido cuando su comportamiento es más bestial que humano, (“yo estaba embrutecido e ignorante; era como un irracional a la tu presencia”), y cuando la conducta de animales es más humana que la de algunos hombres. Pues que a las veces los animales de hecho superan los hombres. Las hormigas son más trabajadoras. Los bueyes y jumentos muchas veces dan a sus dueños un reconocimiento más obediente que el pueblo de Dios al Señor. Y los pájaros migratorios son mejores en el arrepentimiento, ya que cuando parten en migración siempre retornan, mientras que muchos hombres que se desvían no consiguen volver.

El tema es claro y desafiante. Hay muchas semejanzas entre el hombre y los animales. Pero los animales fueron creados para que se conduzcan por instinto, mientras que los hombres (a pesar de los “behavioristas”), por elección racional. De esa forma los hombres, a lo que dejen de actuar racionalmente, procediendo por instinto a la semejanza de los animales, están contradiciéndose; contradiciendo su creación y su diferenciación como seres humanos, y deben tener vergüenza de sí mismos.

De hecho es verdad que la mente del hombre está afectada por las devastadoras consecuencias de la Caída. La depravación “total” del hombre significa que cada parte constituyente de su humanidad fue, hasta cierto punto, corrompida, inclusive su mente, la cual la Escritura describe como “obscurecida”. Con efecto, mientras más los hombres repriman la verdad de Dios se hacen “insensatos” en su pensar. Pueden declararse sabios, pero son tontos. La mente de ellos es la mente “de la carne”, la mentalidad de una criatura caída, y es básicamente hostil a Dios y a su ley.

Todo eso es verdad. Pero el hecho de que la mente del hombre esté caída no nos puede servir de disculpa para que batamos en retirada, pasando del pensamiento a la emoción, ya que el lado emocional de la naturaleza humana está igualmente decaído. De hecho, el pecado trae más efectos peligrosos a nuestra facultad de sentir que a nuestra facultad de pensar, porque nuestras opiniones son más fácilmente controladas y reguladas por la verdad revelada que nuestras experiencias.

Así, pues, a pesar del estado decaído de la mente humana, aún el hombre le es ordenado pensar y usar su mente, en la condición de criatura humana que es. Dios invita al Israel rebelde. “Venid, pues, y razonemos, dice el Señor (Isaías 1:18)”. Y Jesús acusó las multitudes descreidas, inclusive los fariseos y saduceos, porque a pesar que podían interpretar las condiciones meteorológicas y prever el tiempo, no podían interpretar “las señales de los tiempos” ni que prever el juicio de Dios. “¿Por qué?“, les pregunto. En otras palabras: ¿Por qué no usáis vuestros cerebros? ¿Por qué no aplicáis al campo moral y espiritual el sentido común que empleáis en el físico?

La sociedad secular, concuerda con la enseñanza de la Escritura acerca de la racionalidad básica del hombre, constituida en su creación y no del todo destruida en la Caída. Los propagandistas pueden dirigir sus llamamientos promocionales a nuestros apetitos más bajos, pero ellos no tienen ninguna duda de que tenemos la capacidad de distinguir entre productos: de hecho, muchas veces incluso llegan a lisonjear el consumidor que discrimina. Cuando sale la primera noticia de un crimen, generalmente ella viene con la frase, “el motivo aún no fue descubierto”. Se presupone, como se ve, que aún la acción criminal tiene una motivación, sea ella cual que sea. Y cuando nuestra conducta es más emocional que racional, aun así insistimos en “racionalizarla”. El propio proceso llamado “racionalización” es significativo. Indica que el hombre de tal forma se constituyó en un ser racional que cuando no tiene razones para su conducta él tiene que inventar alguna para satisfacerse.

Sobre El Autor

John Stott

John Stott (27 de abril 1921 - 27 Julio 2011) fue un inglés cristiano y pastor anglicano quien fue reconocido como importante líder del movimiento evangélico en el mundo. John Stott fue uno de los principales autores del Congreso Mundial de Evangelización de Lausana (Suiza) en 1974.

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