Debemos darnos cuenta del estado tan peligroso en que se encuentran algunas personas que profesan ser cristianas. “Sin la santidad nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). ¡Cuánta religión hay, pues, que no sirve para nada! ¡Cuán grande es el número de personas que van a la iglesia, a las capillas, y que sin embargo andan por el camino que lleva a la destrucción! Esta reflexión es terrible, aplastante, abrumadora. ¡Oh, si los predicadores y los maestros abrieran sus ojos y se dieran cuenta de la condición de las almas a su alrededor! ¡Oh, si las almas pudieran ser persuadidas a “huir de la ira que vendrá” !Si las almas no santificadas pudieran ir al cielo, entonces la Biblia no sería verdadera. ¡Pero la Biblia es verdad y no puede mentir! Sin la santidad nadie verá al Señor.

Asegurémonos de nuestra propia condición, y no descansemos hasta que veamos en nosotros los frutos de la santificación. ¿Cuáles son nuestros gustos, nuestras preferencias, nuestras elecciones, nuestras inclinaciones? Esta es la gran pregunta. Poco valor tiene lo que podamos desear y esperar en la hora de la muerte; ahora es cuando debemos analizar nuestros deseos. ¿Qué somos ahora? ¿Qué hacemos? ¿Se ven en nosotros los frutos de la santificación? De no ser así, la culpa es nuestra.

Si deseamos verdaderamente la santificación, el curso a seguir es claro y sencillo: debemos empezar con Cristo. Debemos acudir a Él tal como somos, como pecadores. Debemos presentarle nuestra extrema necesidad; debemos abandonar nuestras almas a Él por la fe, para así poder obtener la paz y la reconciliación con Dios. Debemos ponernos en sus manos, tal como lo hacemos con el buen médico, y suplicar su gracia y su misericordia. No esperemos a traer nada en nuestras manos. El primer paso para la santificación, al igual que para la justificación, es el de ir por la fe a Cristo.

Si deseamos crecer en la santidad, debemos acudir continuamente a Cristo. Debemos ir a Él tal como hicimos al principio de nuestra vida espiritual. Él es la cabeza de la cual cada miembro recibe el alimento (Efesios 4:16). Debemos vivir diariamente la vida de fe en el Hijo de Dios, y proveernos diariamente de Su plenitud para nuestras necesidades de gracia y fortaleza. Aquí se encierra el gran secreto de una vida de santificación ascendente. Los creyentes que no hacen progreso alguno en la santificación y parecen haberse estancado, sin duda alguna es porque descuidan la comunión con Jesús, y en consecuencia contristan al Espíritu Santo. Aquél que en la noche antes de la crucifixión oró al Padre con aquellas palabras de “Santifícalos en tu verdad”, está infinitamente dispuesto a socorrer a todo creyente que por la fe acuda a Él por ayuda.

No esperemos demasiadas cosas de nuestros propios corazones. Aún en los mejores momentos, encontraremos en nosotros mismos motivos suficientes para una profunda humillación, y descubriremos que en todo momento somos deudores a la gracia y a la misericordia. A medida que aumenta nuestra visión espiritual más nos daremos cuenta de nuestra imperfección. Éramos pecadores cuando empezamos, y pecadores nos veremos a medida que vayamos adelante. Sí, pecadores regenerados, perdonados y justificados, pero pecadores hasta el último momento de nuestras vida. La perfección absoluta de nuestras almas todavía ha de venir, y la expectación de la misma habría de ser una gran razón para hacernos desear más y más el cielo.

En último lugar, nunca nos avergonzemos de dar demasiada importancia al tema de la santificación, y de nuestros deseos de conseguir una elevada santidad. Aunque algunos se contenten con unos logros muy pobres y miserables, y otros no se avergüencen de vivir vidas que no son santas, nosotros mantengámonos en las sendas antiguas y sigamos adelante en pos de una santidad eminente. He aquí la manera de ser realmente felices.

Por más que digan ciertas personas, debemos convencernos de que la santidad es felicidad; y la persona que vive más felizmente en esta tierra es la persona más santificada. Sin duda hay cristianos verdaderos que, como resultado de una salud débil, o de pruebas familiares, o alguna otra causa secreta, no parecen gozar de mucho consuelo, y con suspiros prosiguen su peregrinar al cielo; pero estos casos no son muy abundantes. Por regla general podemos decir que los creyentes santificados son las personas más felices de la tierra. Gozan de consuelos sólidos que el mundo no puede dar ni quitar. “Los caminos de la sabiduría son caminos deleitosos”. “Mucha paz tienen los que aman tu ley”. “Mi yugo es fácil y ligera mi carga”. “No hay paz para los malos, dijo el Señor” (Proverbios 3:17; Salmo 119:165; Mateo 11:30; Isaías 18:22).

Sobre El Autor

J. C. Ryle

John Charles Ryle, nació en Inglaterra en el año 1816. Sus padres fueron John y Susana Ryle. Terminó sus estudios en las Universidades de Eton y Oxford donde, además de adquirir una buena educación, Su conversión tuvo lugar en el año 1837 después de haber quedado fascinado por una lectura en público del capítulo dos de Efesios Esto es lo que Ryle oyó: “Porque por gracia habéis sido salvados — por medio de la fe — y esto no de vosotros — sino que es don de Dios”. La justificación por la fe, la verdad que transformó a Lutero tuvo el mismo efecto sobre Ryle. En el año 1880, después de cuarenta años en el ministerio, cuando ya tenía sesenta y cuatro años, fue nombrado primer obispo de la populosa ciudad de Liverpool. Allí, Ryle trabajó arduamente e hizo mucho bien hasta que no pudo más y renunció a la edad de ochenta y tres años, unos cuantos meses antes de su muerte, el diez de junio del año 1900.

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