“Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, pues tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado”.

Lucas 15:32

 

La escena es festiva. Se está preparando un banquete. Los sirvientes corren de aquí para allá arreglando los detalles de esta alegre celebración. Se ha preparado ropa nueva para el homenajeado, quien constituye el centro de atención. Una alegría desbordante hace palpitar el corazón del anfitrión.

Conocemos la historia del hijo pródigo, el joven que despilfarró su dinero, vivió disipadamente y regresó luego a la casa de su padre quebrantado y sin un céntimo. «Papá, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco que se me llame tu hijo» (Lucas 15:21). El padre no lo reprendió ni lo increpó; Por el contrario, convocó a una celebración.

La historia es en realidad. la narración del perdón de Dios para con cada uno de sus hijos. Constituye un eco del tema central del evangelio: el perdón de los pecados, la obra. que Cristo llevó a cabo en la cruz a favor de los hombres y mujeres que vivían malgastando su vida de manera egoísta. Dondequiera que haya perdón, allí hay mucho gozo. Donde no hay perdón reinan la ira y la separación.
Los cristianos deberíamos ser la gente más feliz del mundo porque el Padre de los cielos nos ha perdonado los pecados. El juez de las almas nos ha librado, a través de la justicia cumplida en la cruz, de la culpabilidad de nuestros pecados y de la severa penalidad que éstos merecen: La muerte eterna.

No tenemos que esforzarnos ni rogar para recibir el perdón de Dios; ya lo tenemos a través del sacrificio de Jesucristo en la cruz. En el mismo momento en que ponemos nuestra fe en Cristo como nuestro Salvador, recibimos el perdón de todo pecado: pasado, presente y futuro. No hay pecado en nuestra vida que Dios no pueda y no quiera perdonar, porque la muerte de Cristo nos libró de toda deuda relacionada con nuestros pecados.

♦ ¿Es necesaria la confesión? Absolutamente necesaria. El hijo pródigo reconoció su pecado y regresó con. un espíritu contrito y humilde. El expresó verbalmente ese sentimiento ante su padre. Sin embargo, el padre ya lo había. perdonado, aun antes de que se encontraran. «Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se compadeció de él» (Lucas 15:20). Confesamos nuestros pecados no para recibir el perdón sino para experimentar limpieza y restaurar la comunión perdida por causa de nuestra desobediencia.

♦ ¿Por qué se regocijan los ángeles del cielo cuando un pecador se salva? Porque un hombre o una mujer que estaban perdidos ha sido encontrado por la gracia y el amor de Dios, y sus pecados han sido perdonados. No hay nada ni en el cielo ni en la tierra que produzca tanto gozo corno el perdón.

Dios primero perdona nuestros pecados; éste es el punto de comienzo. Después debemos perdonarnos a nosotros mismos por el dolor y sufrimiento que les hemos causado a los demás. Luego tenemos que avanzar, perdonando a aquellos que nos han hecho daño o herido, porque debemos perdonar, así como Dios nos perdona: con libertad, completamente, y con prodigalidad.

El evangelio es la buena noticia de que Dios ha quitado nuestro pecado y delante de él ya no somos culpables. Somos personas perdonadas, llamadas a celebrar las maravillas del perdón y a extenderlo a aquellos que nos rodean, aunque no lo merezcan. ¡Haz que se propague el gozo celebrando el perdón!

Señor, estoy muy agradecido por el perdón de mis pecados. Nunca podré hacer lo suficiente como para merecer tu perdón. Simplemente es un regalo tuyo para mí. Me has perdonado porque me amaste y mandaste a tu hijo a morir por mí, en mi lugar. Por haber sido perdonado, tengo esperanza eterna y gozo en mi relación contigo. Quitaste mi culpa. Ahora que soy tu hijo por la fe en Cristo, no existe pecado que me pueda separar de tu amor.

Sobre El Autor

Charles Stanley

Charles Frazier Stanley (25 de septiembre de 1932, Virginia) es el pastor principal de la Primera Iglesia Bautista, en el norte de Atlanta, Georgia. Él es el fundador y presidente “Ministerios en Contacto”.
Stanley también sirvió dos períodos de un año como presidente de la Convención Bautista del Sur de 1984 a 1986.

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